Concepción Arenal y la educación popular
Colaboraciones - Historia
Escrito por Ana Martínez Arancón   
jueves, 04 de junio de 2009

ImageLa figura de Concepción Arenal tiene especial interés, no sólo por la lucidez de sus análisis, o por el hecho de ser una mujer que escribe de asuntos sociales en un tiempo y, sobre todo, en un tono, en que no era habitual hacerlo, sino también por uno de los rasgos más originales de su obra, que es el sentido práctico. Son muchas las virtudes de esta mujer excepcional: su sinceridad, su curiosidad intelectual, su amplitud de miras, su elegancia espiritual, su elevación moral y su generosidad sin límites, pero esto del sentido práctico es mercancía que ha escaseado bastante por estos lares, donde siempre se ha admirado tanto, en cambio, a los oradores, y se manifestó en ella como un rasgo particular de su carácter, pues, según nos cuenta la Condesa de Campo Alange, ya desde el colegio “prefería un zurcido bien hecho a un bordado inútil”1, lo que, pese a ser una alumna brillante, debió de atraerle más de una mirada de extrañeza por parte de sus maestras y compañeras.
Nació en El Ferrol, y muy pronto conoció la tristeza, ya que a los nueve años quedó huérfana de padre. A los quince se traslada con su familia a Madrid. Aunque no hay prueba documental, se cree que asistió a la Universidad como oyente, vestida de hombre para no llamar la atención, y que allí conoció a su futuro marido, unos años mayor que ella. El traje masculino, que utilizó sin alardes, le permitiría también acompañarlo a reuniones y cafés sin provocar escándalo. Los novios se casan en 1848 y tienen tres hijos: una niña, que muere muy pequeña, y dos chicos. Con su marido comparte ideales políticos y sociales, y con él colabora en diversas publicaciones. Carmen Díaz Castañón trascribe algunos párrafos de sus cartas, donde se percibe el cariño y la compenetración de la pareja2. Desgraciadamente, el idilio se ve interrumpido por la enfermedad y temprana muerte del esposo.

      Viuda desde 1857, se traslada a Asturias y, posteriormente, a Potes, en Cantabria. Sigue escribiendo artículos y, en 1860, aparece su primera obra importante: La Beneficencia, la Filantropía y la Caridad. Aunque le falta su marido, su vida no está vacía de sentimientos, pues no sólo es una madre cariñosa y muy orgullosa de la inteligencia de sus retoños, sino que tiene un profundo y cálido sentido de la amistad, y un afecto duradero la unirá, por ejemplo, al músico Jesús de Monasterio, a la Condesa de Mina o a Giner de los Ríos, por poner tres ejemplos muy distintos.

     En 1863 es nombrada visitadora de prisiones y se traslada a La Coruña, donde autores de la época la recuerdan con su sencillo vestido negro a la inglesa, incansable en la visita y el consuelo de presos, enfermos y necesitados. Con el Sexenio revolucionario su actividad pública crece. Recibe el encargo de redactar una ley de Beneficencia, colabora en la organización de la Cruz Roja y, durante la guerra carlista, dirige un hospital de sangre. Sin embargo, sus desencuentros con el gobierno son cada vez más profundos. Cansada y enferma, se establece en Gijón, donde su hijo trabaja como ingeniero. Sigue escribiendo y continúa siempre entregada a su labor asistencial. Siguiendo los traslados de su familia, se establece en Pontevedra, y más adelante en Vigo, donde muere el cuatro de febrero de 1893. Los años y los sufrimientos no habían debilitado su carácter ni le habían hecho perder el humor ni el buen gusto, pues en su lecho de muerte suplica a una monjita que no vuelva a recitarle unos versos muy piadosos, pero muy malos, sobre la resignación cristiana, eso sí, suavizando amablemente su petición con la promesa de que, si sanaba, ya le compondría ella  “otros más bonitos con el mismo asunto”3.

      Sus escritos nos muestran la variedad de sus intereses: la cuestión social, el pauperismo, la situación de las prisiones, el papel de la mujer, la educación...Siempre combina sus lecturas con una reflexión lúcida y serena, y con un conocimiento directo de las realidades a las que trata de poner remedio, nacido de su constante ejercicio de la caridad. En ella, la actividad caritativa despierta la reflexión y la necesidad de más amplios estudios, mientras que éstos la llevan a buscar soluciones viables y prácticas y nuevos modos de actuación, estando dotada, además, de una firme voluntad que le impedía abandonar la empresa que le parecía justa, por largas que fueran las dilaciones o muchos los obstáculos. Nunca fue una revolucionaria, pues detestaba la violencia. Era, en cambio,  partidaria de reformas pacíficas conseguidas mediante el acuerdo, la comprensión y la buena voluntad; además, tampoco tenía una idea demasiado elevada de la política, que le parecía, en la mayoría de los casos, un terreno poco limpio moralmente, lleno de componendas oscuras y a menudo vergonzosas. Pero siempre se mantuvo firme y nunca tuvo pelos en la lengua para denunciar cualquier abuso y poner de relieve la pobreza, la injusticia, las desigualdades, la ignorancia, que ponían en tela de juicio la pretendida modernización de España. Como señala alguien que la conoció bien, su compasión ante el dolor humano es el punto de partida de todos sus estudios; una compasión que no se embotaba, porque su sensibilidad, a pesar de tantas miserias contempladas, se mantenía siempre fresca y alerta ante cada nuevo sufrimiento, “impresionable como la balanza de un químico”4.

      Casi no hay título, entre los muchos de esta autora, donde no se haga alguna alusión a la educación y su importancia, hasta tal punto fue un motivo central de sus preocupaciones y un objeto de constante reflexión y empeño, que ambas cosas iban en ella unidas. Y en cada una de sus obras se pone de manifiesto un aspecto diferente de la educación. Por ejemplo, en una obra bastante temprana, aunque volvería sobre ella en diversas ocasiones y estaba corrigiéndola en sus últimos meses de vida, como La igualdad social y política y sus relaciones con la libertad, alude en diferentes ocasiones a la necesidad urgente de extender los bienes de la educación a todos los estamentos sociales, y ello por diferentes motivos. En primer lugar, porque las diferencias que separan a las clases son cada día más profundas y, siendo la educación el mejor agente  nivelador, nadie se cuida de extenderla al pueblo, de manera que la ignorancia y el analfabetismo van embruteciendo cada vez más a quienes los padecen, haciendo más difícil que salgan de ese abismo. La inteligencia, si no se cultiva, se atrofia y no puede desarrollarse. Pero, “¿qué medios tiene de cultivarla el que no dispone de otro patrimonio que un trabajo material abrumador, ni puede ver en ella un medio de romper el círculo de hierro que le encadena a su clase?”5. Y el problema se va agrandando con el tiempo, presagiando un futuro aún menos esperanzador. Sin instrucción, las injustas desigualdades se perpetúan, agravándose hasta el punto de causar una cierta degeneración en las facultades intelectuales de los abrumados por la miseria y por un trabajo excesivo, mecánico y agotador, que vienen a convertirse casi en una raza, ya que “cuando pasan una y otra y muchas generaciones de hombres que no han pensado, sus descendientes tienen menos actividad intelectual, menos inclinación y disposición para pensar”6, por lo que sacarlos de la ignorancia se va haciendo más y más difícil, imposibilitando con ello su progreso. En cambio, los más favorecidos por la fortuna, “la clase que se instruye, no sólo tiene la ventaja de instruirse, sino la de tener mayor aptitud natural para aprender”7, y lo peor es que llegan a preciarse de ello y menospreciar a los que no han gozado de sus privilegios, como si su torpeza en el aprendizaje se debiera a una deficiencia de la naturaleza o a una decisión de la Divina Providencia.

      Sin conocimientos, sólo se puede acceder a los trabajos más rudos, y esto ocasiona un fuerte desgaste de las fuerzas y, muchas veces, obliga a pasar el día en lugares insalubres, en contacto con sustancias peligrosas o con vapores mefíticos. Como, por si fuera poco, tales puestos de trabajo suelen estar muy mal pagados, el desdichado obrero se verá reducido a habitar con su familia en uno de esos agujeros mal iluminados y peor ventilados que la autora conocía perfectamente, porque los visitaba a menudo en su incansable ejercicio de la caridad, y la comida habitual no pasaría de un mal caldo con pan o unas legumbres sin otra sustancia que algún hueso o un pedazo de tocino rancio, y todo ello guisado a veces con aguas dudosas y comido en vajillas de escasa limpieza. Así a la ignorancia se añade la enfermedad.

      Además de esto, sólo gracias a la educación podrán los obreros ganar en consideración social, merecer el respeto de todos y formular de manera más coherente y razonable sus reivindicaciones, lo que será mucha parte para que sean atendidas. Pero, sobre todo, es el camino que les permite su plena integración como ciudadanos. Porque Concepción Arenal, que rechaza el sufragio censitario por parecerle una injusticia más, otro agravio que se añade a los ya soportados por la pobreza, opina, sin embargo, que es preciso limitar el ejercicio del voto a los que sepan leer y escribir. Según ella,  esto preserva el verdadero espíritu de la democracia, ya que, con la miseria e ignorancia tan generalizadas, “¿qué resultado dará el sufragio universal?¿qué es el voto del que no puede tener opinión?”8. Y no la tiene quien carece de los medios de informarse adecuadamente o de formar su criterio. Dejar los destinos del país en manos de iletrados es tanto como entregarlos al arbitrio de personajes de la peor calaña, demagogos sin escrúpulos, capaces de engañar a los desdichados cuya inteligencia, embotada, no sabe percibir su falsedad. De modo que el progreso sólo será posible  y la libertad sólo será duradera si la educación popular deja de ser un buen deseo para convertirse en un hecho.

     Otra obra donde la educación ocupa un papel central es  La mujer del porvenir. En ella, parte del reconocimiento de un hecho sangrante, que resume en una frase teñida de cierto humor negro: la mujer está excluida de trabajos dignos. Sólo “se le reconoce aptitud para reina y para estanquera”9, de forma que la desprecian y desconfían los mismos que deciden por ella. Y esa valoración negativa de la mujer se debe, principalmente, a su deficiente o nula educación.

      La falta de educación limita a la mujer, empobrece su mundo, la hace vulnerable moralmente y la mantiene en una perpetua minoría de edad, sin que pueda alcanzar su plenitud como ciudadana. Y limitándonos a lo más básico, a ganar su pan, la deja expuesta a la explotación, sometida a los oficios peor pagados. Si a su escasa formación se unen los obstáculos legales que impiden a las escasas mujeres que sí poseen la formación adecuada acceder a los puestos de trabajo mejor retribuidos, nos encontramos con que “en ninguna clase de la sociedad puede proveer a su subsistencia y la de su familia”10. Esto acaba empujando a muchas a la prostitución, e induciendo a otras a matrimonios dictados por el interés, con las desastrosas consecuencias que pueden esperarse.

      Pero aun suponiendo que un buen matrimonio o una situación familiar acomodada la pongan al abrigo de la pobreza y le aseguren el pan, la ignorancia esclaviza a la mujer en muchos otros sentidos. La falta de estímulo intelectual embota su inteligencia y agría su carácter; si es devota, cae fácilmente en la beatería; si es frívola, en el gasto inútil. Además, el hombre, con una vida mucho más rica, no podrá dejar de percatarse de la inferioridad intelectual de su compañera, por lo que no la considerará su igual, su compañera, no buscará su opinión ni  su consejo, y es previsible que el tedio acabe debilitando muy pronto al amor que pudo sentir por ella. Por si fuera poco, una madre “poco ilustrada, acaso fanática o supersticiosa”11, no puede educar bien a sus hijos ni hacerse respetar por ellos, no es capaz de inculcar en ellos rectos principios morales, y a menudo los perjudica y extravía.

      La ignorancia aparece también como una de las causas de la pobreza y de la imposibilidad de salir de ella. Así lo y explica Concepción Arenal en El pauperismo 12, libro muy extenso y meditado. Comienza reconociendo que la pobreza es un asunto muy complejo, y cuya solución no depende sólo de decretos, sino que implica un cambio de las mentalidades, un encauzar rectamente las voluntades.

      Para atacar adecuadamente un problema, lo mejor es ver cuál es su causa principal, y aquí nuestra autora no tiene dudas: la ignorancia, que afecta tanto a la salud, pues se desconocen las normas básicas de higiene, como a la economía, pues se ignora cómo obtener mejor  calidad de vida por el mismo o menor precio. Además, educando se previene la holgazanería. Porque es preciso enseñar hábitos de trabajo. Los niños, en genera muy activos, de por sí no son laboriosos: eso se aprende y, por fortuna, en edades tan tiernas no es difícil inculcarlo.

      También para el desarrollo industrial se necesita la extensión y mejora de la educación, y ello afecta tanto a patronos como a obreros. Los dueños de las fábricas a menudo están mal preparados y desconocen las novedades técnicas que pueden aplicar, y para aprovecharlas, es preciso también “que los operarios se instruyan y discurran”13, que no sean meros autómatas. Para ello recomienda que se fomenten las Escuelas de Artes y Oficios, y que, una vez establecidas, se modernicen sus programas, haciéndolos más prácticos e  incorporando las novedades científicas y tecnológicas.

      Por último, un obrero instruido puede salir de la pobreza porque obtendrá mejores salarios. Además el hábito de pensar le permitirán comprender mejor la realidad. Tendrá nociones de justicia, y podrá reclamar sus derechos de una forma eficaz y coherente, pero entenderá también la necesidad de cumplir satisfactoriamente sus obligaciones y compromisos, habiéndose desarrollado en él el sentido del deber. Por todo ello,  será consciente de hasta donde pueden llegar en sus reivindicaciones.  La pobreza de ideas es la madre del fanatismo  y de la violencia. “Ella es el eco de las voces falaces, el arsenal donde se proveen las manos impías”, y así hace brotar esos “ejércitos de hombres armados con hierro o con mentira”14 que sólo conocen la destrucción. Por todo ello, concluye que  si en la sociedad se pudiera realizar tan solo una reforma,  debería optarse sin duda por una educación popular, que no sólo enseñase a leer y escribir malamente, sino a entender lo que se lee y a formar el criterio.

      En el mismo sentido insiste en la necesidad de que las clases populares se instruyan en sus Cartas a un obrero y Cartas a un señor, que aparecieron primero en su revista La voz de la caridad. Pero en su opinión, además de redimir de la pobreza, la educación también contribuye a la regeneración de los delincuentes, y por eso en sus obras dedicadas a las prisiones se insiste en la instrucción de los penados, tanto en conocimientos básicos como en formación moral, e incluyendo así mismo el aprendizaje de algún oficio, ya que “esto les proporcionará mayores recursos cuando recobren la libertad”15.Además, solamente si se les educa podrán reconocer su delito y, por lo tanto, ponerse en camino de arrepentirse y corregirse.

      La obra donde más extensamente se trata el problema de la educación popular es La instrucción del pueblo,  donde analiza este problema de una manera seria y meditada, pero sin quedarse en el terreno teórico, sino tratando de buscar salidas concretas, prácticas y viables. Es un ejemplo perfecto de su estilo, tan cálido, conciso y elegante, que contrasta con las hinchazones retóricas que ella tanto detestaba por ocultar bajo su hojarasca una total ausencia de planes para poner en ejecución lo que tan vagamente se predicaba. Esta falta de decisión, de efectividad, la sacaba de quicio. Y es que, aunque la enseñanza primaria era, en teoría obligatoria y gratuita desde la Ley Moyano de 1857, su cumplimiento se veía entorpecido y obstaculizado porque dicha ley había sido arrinconada en varias ocasiones, y aun en los periodos en que no había sido así, ni se había desarrollado plenamente, ni se había asignado presupuesto, ni se velaba excesivamente por su cumplimiento, ya que una educación obligatoria y controlada por el Estado era una idea que parecía herir la delicada sensibilidad liberal de muchos políticos y escritores. Así que desde el principio nos advierte de sus intenciones: no quiere soltar una rociada de buenas palabras, sino ofrecer soluciones factibles para algo muy urgente. Los problemas sociales son complejos y no podemos esperar que tengan un remedio fácil, pero uno de los caminos que de manera más efectiva nos llevan a su solución es la instrucción. Gracias a ella se favorece la búsqueda de salidas racionales, no violentas, para la desigualdad, pues los tiempos han cambiado: no basta ya con ordenar y esperar ser obedecido sin rechistar: hay que  convencer para obtener buenos resultados.

      Dado que los hombres no son perfectos, y por lo tanto no siempre desean lo que más les conviene, aquello que es necesario, como la educación, es preciso hacerlo obligatorio mediante la ley. La enseñanza obligatoria es, pues, justa y legítima. Pero una ley no solamente tiene que ser justa: para ser cumplida necesita ser, además, posible, realizable. Por eso es necesario y urgente decretar la enseñanza obligatoria. Pero como no se puede ir contra la conciencia de nadie, en la escuela obligatoria hay que hacer gala de la mayor neutralidad posible, para quitar pretextos a los que se nieguen a llevar a ella a sus hijos por motivos de conciencia. Nada, pues, de política, salvo los principios generales de organización de la sociedad, y nada tampoco de religión, excepto tal vez en un sentido muy lato, hablando de lo absoluto, pero sin particularizar en ningún dogma o culto determinados. Y hay que pensar en que quien escribe estas líneas era una mujer de muy profundas convicciones cristianas y que siempre encontró en la religión fuerza y consuelo.

      Como hablamos de un derecho que, como tal, debe ser accesible a todos, abierto a las grandes mayorías, la única solución es hacer general y obligatoria la enseñanza.  Por los mismos motivos, o sea, para que todos los niños puedan ir a la escuela, la enseñanza primaria no sólo tiene que ser obligatoria, sino también gratuita. Porque no puede haber deberes imposibles, y el de instruirse lo sería para el pobre si la escuela no fuese totalmente gratuita. Así que la reforma educativa tiene que hacerse de arriba abajo, tiene que imponerse, sin buscar el acuerdo de los beneficiarios, y eso aumentará, por parte de éstos, la resistencia y el recelo. Por ello hay que proceder con prisa, sí, pero sin atropellos, obrando siempre con sensatez y cuidado.

      Uno de los principales obstáculos es la resistencia de algunos padres a enviar a sus hijos a la escuela, no porque no deseen para ellos lo mejor, sino porque tienen muchos problemas. A veces, los dos padres trabajan y no pueden ocuparse de sus hijos que, dejados a su arbitrio, hacen novillos. O no se atreven a llevarlos porque las pobres criaturas carecen de zapatos y de ropa y  se helarían de frío si salieran a la calle. Otros niños no van porque mendigan, y eso sí que es imperdonable y exige que se tomen medidas adecuadas  y severas que castiguen semejante explotación infantil. También están los que no pueden ir a la escuela porque trabajan, y aunque el trabajo de los niños es espantoso y repugna nuestros sentimientos, lo cierto es que los salarios tan bajos hacen que muchas familias necesiten para subsistir el aporte de todos sus miembros, sin poder prescindir ni siquiera de las escasas monedas que ganan los más pequeños. Así que, si se quiere que la ley de enseñanza obligatoria se cumpla realmente y sea eficaz, no se pueden desconocer estas realidades; no basta con darles la espalda y pensar que no existen: hay que afrontarlas y darles respuestas.. Por eso, la ley de enseñanza obligatoria quedará en papel mojado si no se complementa con otras medidas sociales y con mucho tacto.

      Hasta la fecha., los niños pobres que van a la escuela aprenden muy poco: a leer y escribir, unas nociones de aritmética y el catecismo. Con esto, no se puede decir que estén realmente instruidos, aunque sí se les han proporcionado los instrumentos básicos para llegar a estarlo. Pero, como no se les ha enseñado a discurrir, a usar correctamente su razón, a tener criterio, si caen en sus manos libros inconvenientes, y desde luego, proliferan, quedarán inermes ante ellos. Se podría alegar que tal inconveniente desaparece si se les deja permanecer en el analfabetismo, pero Concepción Arenal lo tiene claro: “El peligro no está en saber, sino en ignorar”, y de lo que se trata es de proporcionar unos instrumentos más sólidos, unos valores y criterios que permitan defenderse de las influencias nocivas haciendo uso de la razón.  Por eso hay que mejorar la educación popular y, a la vez, “combatir los malos libros con libros buenos”.

      La posición social no tiene nada que ver con la inteligencia. Las clases populares son aptas intelectualmente para adquirir cualquier género de conocimientos. Lo que hay que estimular es su voluntad de aprender, mostrando sus ventajas, y proporcionar los medios, es decir, tiempo libre, maestros y material didáctico. Y hacer compatible todo ello con la necesaria búsqueda de la subsistencia. A Concepción Arenal, la única salida viable para conciliarlo todo es reducir las horas de escuela, para que su horario se pueda compaginar con el trabajo y, en cambio, prolongar la instrucción obligatoria durante más años, extendiéndola a lo largo de toda la juventud. En vez de tener a los niños en la escuela seis o siete horas durante dos o tres años,  será mejor que las clases ocupen sólo un par de horas, pero durante catorce o dieciséis años. Así, no sólo niños y jóvenes podrán estudiar y trabajar, sino que se profundizará más la instrucción, será más eficaz y completa, se irá adaptando a la progresiva madurez de las inteligencias y conseguirá además mantener durante más tiempo el hábito de leer y de pensar.

     La enseñanza tendrá contenidos variados, prácticos y actualizados y será idéntica para ambos sexos y se extenderá a lo largo de varios años, pero no ocupará mucho tiempo de la jornada. Bastaría con una hora y media diaria, bien aprovechada, lo que permitiría compaginar el estudio con el trabajo o las obligaciones domésticas. A este fin, debería solicitarse a todos aquellos que empleasen a menores de veinticuatro años que les dejasen libre ese espacio de tiempo, para que pudieran completar su educación. También ayudaría mucho que en las grandes fábricas hubiera locales destinados a este fin. Por último, y para completar la tarea, estaría bien estimular el deseo de aprender de los alumnos y mantener su interés con mejores libros de texto y buenos libros de lectura, bien escritos  y amenos, que podrían, así mismo, repartirse por las bibliotecas y salones de lectura populares, poniéndolos al alcance de aquellos adultos que quieran aumentar sus conocimientos o recordar las ya casi del todo olvidadas nociones que adquirieron en la escuela.

     Habla también de las escuelas de adultos, que considera una medida útil, tanto para enseñar a los que no saben, como para prevenir delitos, conflictos sociales y políticos, huelgas y motines, pues no sólo son un factor de integración y socialización, sino que allí se enseña a debatir distintas ideas de forma tranquila e inteligente y a solucionar las cosas por la razón y los argumentos, no por la fuerza. Además, ofrecen una alternativa de ocio provechoso a las tabernas y el juego.  Pero, para que verdaderamente atraigan a la gente, no hay que olvidar que su fin es educar adultos, no niños, y que, aunque haya que tener en cuenta la ignorancia de los alumnos, es preciso tratarlos como a hombres, no como a criaturas. Lo mejor es ir muy despacio, con palabras sencillas; explicando las cosas de manera clara y sencilla, introduciendo algo de variedad para conseguir así a la vez grabar lo aprendido en las mentes de los alumnos y no aburrirlos. Según estas normas, se lograrán mejores resultados tanto en el aprendizaje como en la motivación de estos especiales alumnos.

      Tampoco olvida Concepción Arenal  hablar de los libros que resultarían más adecuados para la educación elemental. Piensa que han de ser ante todo claros, breves, pero sin descuidar  la amenidad, el interés y la belleza. El pensamiento ha de ser diáfano, lógico, preciso, y la expresión correcta y sencilla, sin rebuscamientos retóricos, pero con una prosa bella y cuidada, pues la facultad estética popular permanece viva, es fácil de refinar y constituye un poderoso auxiliar para aumentar los atractivos del estudio. Con libros así, se despierta y mantiene el deseo de aprender.

      Terminamos así este breve recorrido por las ideas de Concepción Arenal respecto a  la urgencia y la importancia de la educación, que es  para ella una verdadera obra redentora sin la que no es posible la libertad y el progreso.


Ana Martínez Arancón
Acerca del Autor:
Doctora en Filosofía, es profesora titular de Historia de las Ideas y Formas Políticas en la UNED.
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