Quedarse en casa
Colaboraciones - España
Escrito por Cesáreo Jarabo Jordán   
domingo, 01 de febrero de 2009

Sí, dan ganas de quedarse en casa, por supuesto sin intoxicarse con los medios de manipulación social del sistema, pero la vida es la vida y sales a la calle, topas con gente de todo tipo y color... y todos, inequívocamente, exponen sus quejas sobre la situación social y económica a la que nos tienen sometidos. 

Lo curioso es que esa misma gente, tan sólo seis meses atrás manifestaba su confianza y participaba en el juego que les era impuesto con la misma energía que ahora siguen participando; la diferencia es que la confianza de hace seis meses se ha convertido en una agria desconfianza, sí hacia los políticos, que esa es la vertiente positiva, pero desgraciadamente también desconfianza en el porvenir, sin darse cuenta que el hecho de desconfiar de los políticos posibilita mirar el futuro con cierta esperanza. Esa es la vertiente positiva.  

Alguien podrá pensar que el núcleo de personas a que tengo acceso es limitado, y por supuesto no anda errado. El hombre es una limitación en sí mismo. Pero la verdad es que mi círculo de relaciones abarca un amplio espectro social del que, por supuesto, están excluidos los parásitos, sean políticos, sindicalistas o periodistas. Con estas limitaciones que yo mismo me impongo y que por supuesto también se imponen ellos, queda limitada mi relación a lo que podemos calificar de pura realidad sociológica, y de ahí viene lo que creo es un contacto directo con la realidad, que me permite sacar conclusiones libres y actitudes firmes.  

El contacto con la realidad social que me encuentro en la calle viene a afirmar mi creencia, abonada por espectadores cualificados de aquí y de allí, por la cual auguro que la crisis en la que estamos sumidos, recientísimamente reconocida por los parásitos, no es sino el estallido de la burbuja que paulatinamente ha ido hinchándose durante décadas, y ahora, sin lugar a dudas, arrastrará a la hecatombe a la sociedad capitalista, materialista y antihumana que nos viene oprimiendo. Y eso no es malo... Lo malo es que somos nosotros quienes pagaremos las juergas ajenas.  

En esa calle que los parásitos eluden, cualquiera puede encontrarse con personas suficientemente cualificadas que se han visto abocadas al paro y las penurias económicas; personas que poco tiempo atrás fueron animadas a endeudarse en la compra de una vivienda especulativamente encarecida y que hoy, cuando quieren hacer frente a los pagos, no tienen medios para ello, dándose la circunstancia que tampoco pueden liberarse de la deuda porque no hay nadie que pague por esa vivienda, no ya el importe comprometido en la compra, sino tan siquiera el importe pendiente de la hipoteca, y que, sencillamente, es mayor que el valor de la vivienda. En este caso, ¿puede hablarse de fraude?, y en tal caso, ¿quién ha cometido el delito?.  

También, en esa calle, nos podemos encontrar con empresarios honestos (puedo asegurar que conozco más de éstos que de los otros), que en tiempos de bonanza han creado mucha riqueza; que en esos mismos tiempos de bonanza han reinvertido sus beneficios en sus empresas, y que hoy las tienen saneadas y capacitadas para competir limpiamente... Y sin embargo, se están viendo abocados al abandono del negocio, a dejar en la calle a un colectivo de trabajadores, no por su actuación, que sigue siendo correctísima, sino por la negativa de los bancos a facilitar líneas operativas que les permitan materializar lo que sus clientes se han obligado a pagar en los meses sucesivos. En una palabra: los bancos se niegan a cumplir con su función; con la misma función que durante décadas han impuesto como necesaria, y con la que han inflado sus beneficios a costa de todos, y se niegan a facilitar créditos, no ya con sus fondos, sino incluso con los que el estado títere les ha facilitado últimamente, para tal fin, con cargo al endeudamiento de nuestros tataranietos.  

Esto llevará, lógicamente, a una espiral que no sabemos exactamente dónde va a acabar, porque si las empresas cierran, los trabajadores se quedarán en la calle y no podrán pagar sus obligaciones... Y los bancos, que tienen hipotecadas sus viviendas, ejecutarán el contrato y dejarán al deudor en la calle, con una mano delante y otra detrás.  

No nos esperan buenos tiempos; las expectativas son más bien tristes, pero esta realidad, que como digo ya es detectada por un amplísimo espectro de la sociedad, tiene sus cosas positivas, y a ellas es a las que debemos agarrarnos.  

¿Qué cosas son positivas cuando la economía va cayendo en picado?, ¿qué hay de bueno en que la banca, una vez más atornille a la sociedad, y lejos de eliminar la usura en su actuación haga acopio de miles de millones de euros que su estado títere les facilita con cargo a un endeudamiento perpetuo?. Lo único bueno que tiene la medida es que la gente, finalmente, acabe dándose cuenta de su postración ante un sistema inicuo cuya base argumental se limita a afirmar que cada cuatro años todos somos libres de escoger al tirano que nos resulte más simpático, el cual podrá ejercer su función otros cuatro años, así hasta que el sufrido parasitado acabe rellenando un hueco en el suelo... o si la especulación lo exige, acabe convertido en humo... o aprovechada económicamente cada parte de su cuerpo.  

Lo bueno, sí, es que cada parasitado se dé cuenta de su situación real... y que actúe en consecuencia. Tal vez entonces lo único que no hagamos sea quedarnos en casa... 

Cesáreo Jarabo Jordán
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