Inmersos en la mentira
Colaboraciones - España
Escrito por Manuel Olmeda Carrasco   
viernes, 17 de diciembre de 2010

Por vez primera el tiempo se cobró su nómina en esa tesitura extraña, inquietante, de rebuscar el epígrafe preciso para instruir los renglones que dan vida a toda lucubración. El asunto presenta cierto escollo a la hora de plasmar pensamientos espinosos, evitando ronchas innecesarias -esa es mi porfía- en potenciales lectores acríticos, escasos de cautela o afectados por una sensibilidad micrométrica. Personalmente acepto cualquier reto al abrigo que proporciona una posición equidistante, alejada de radicalismos peyorativos desaconsejables en quien tiene por guía un objetivismo consciente; sin que ello entrañe rechazo a la franqueza.

Decía Ortega que mentir para un político era su oficio. Como es natural -dado mi escepticismo hacia semejante clase, evolucionada aquí y ahora en casta- estoy de acuerdo con él. Sin embargo, los hechos, tercos, demuestran que su apreciación queda en estos momentos algo mermada. Incontestable su determinación de implicar falacia y quehacer público, despreció la probabilidad de que algún prócer fuese tan diligente que su jornada laboral durara veinticuatro horas, haciendo lectiva incluso la tregua onírica. Este escenario se da, permanente y fructífero (se sospecha), en contados ejemplares. Mi tesis, expuesta con prodigalidad, mantiene que la socialdemocracia es una doctrina concebida bajo los auspicios o con la anuencia del capitalismo, pero con cobertura marxista. Contiene, por tanto, en su doctrina el virus del embaucamiento, la contradicción, el caos.

El socialismo español, un apéndice de la socialdemocracia europea, presenta rasgos propios, particulares, al socaire de la sociedad que lo alimenta, quizás acto recíproco en necesaria y útil simbiosis. Parece vital, en cualquier caso, su aporte por la existencia de una sociedad con poca formación política, más bien deformada. Desde los albores de la transición, especialmente cuando se encaramó al poder allá por los años ochenta, el PSOE con sus leyes de enseñanza ha realizado auténticos esfuerzos por forzar al analfabetismo, sobre todo con la LOGSE. El PP mientras gobernó, dos legislaturas hasta el dos mil cuatro, tampoco pugnó por respaldar un giro que evitara el fracaso escolar. La LOCE (dos mil dos) nunca se llegó a aplicar, aunque era un parche que marginaba la Educación Infantil y la Primaria, fundamentales en cualquier sistema educativo. El fraude, en este campo, es una proeza compartida.

Los políticos mienten, cierto; aunque no todos lo practican con el mismo ahínco, ni con la misma entraña. Unos, subordinados -al menos- por concluyentes posos morales, ponen tasa a la trola conteniendo el rasero de su conciencia  liberal, democrática. Otros, ayunos de prejuicios (a la chita callando), resumen su dogma en la patraña; no sólo para enterrar divergencias entre la teoría y la realidad apabullante, sino como impulso soterrado que les permite acoplar el idealismo típico de la decencia inicial con la carga viciosa que conlleva su desarrollo. Una vez acalladas las interrogantes éticas, cortocircuitadas las ansias de servicio, domesticada la rebeldía que les caracterizara en épocas ya postergadas, se dedican con provecho, desparpajo y desfachatez al cultivo generalizado de la apariencia como método casi exclusivo de hacer política.      

Empezaron -en la oposición- llenando el país de manifestaciones y marchas, desgañitados con aquel lema insistente, calabobos: "OTAN de entrada NO" para poco después, instalados en el poder, espetarnos sin consideración y con la fe del converso el enorme dividendo que obtendría España si ingresaba en la Alianza. Vinieron luego la corrupción completa (terrible gangrena nacional) y el Terrorismo de Estado; acallados, fementidos, incluso persiguiendo a los medios que osaban publicarlo, en una insólita caza de brujas. Una vergüenza. El clímax, no obstante, llegaría en 2004 con el advenimiento del "talante" y el concurso del sagaz y fructífero autor de "España no se merece un gobierno que mienta", aireado por quien bordea de continuo las pautas exigidas por los manuales más ordinarios de la práctica política. Ofenden la inteligencia cuando se autodenominan gobierno de España mientras la desvertebran; tachan a la oposición de desleal a la vez que gestionan la manera de aislarla; reparten carnets de demócrata o fascista, según convenga, dejando ver con frecuencia una patita alarmantemente totalitaria; nos empobrecen hasta la extenuación al tiempo que proclaman la inmediata "salida social de la crisis" (Elena Valenciano dixit); en fin, para qué seguir. Reflexione el amigo lector y encontrará materia para llenar unos cuantos folios.

Aunque se juzgue increíble, excepcional, vivimos en un país donde es corriente decir lo contrario de lo que se hace, incluso de lo que no se hace. Estamos inmersos en la farsa permanente.