Toy Story 3: Utopía socialista y 'Gulag'
Colaboraciones - Piensa en Liberal
Escrito por Adolfo Ortega   
viernes, 15 de octubre de 2010

La tercera entrega de TOY STORY que está proyectándose en las pantallas cinematográficas, y también distribuyéndose inevitablemente en otros formatos, es una película excelente, de gran eficacia e interés, en la que no sólo hay que destacar una animación de calidad técnica apabullante. El nuevo episodio de PIXAR parte del momento en que Andy prepara su inminente partida a la Universidad, y sus viejos juguetes se enfrentan a la incertidumbre de un futuro que incluye la angustiosa posibilidad de acabar directamente en la basura. El grupo de muñecos asume su decadencia y el olvido al que parecen destinados, e intenta llegar a un consenso sobre el modo de actuar para conseguir la mera supervivencia. A lo largo de un guión muy cuidado se suceden situaciones dramáticas suavizadas con gran sentido del humor, en las que un final fatal siempre parece bordearse, y la película está teñida de un aire nostálgico y crepuscular especialmente emocionante. Después de verla creo que volver a abrir el cajón en que guardamos los juguetes de antaño puede tener otro sentido... si es que todavía existe ese cajón. Con independencia de los análisis estrictamente cinematográficos, la sección central de la película, que transcurre en una guardería llamada Sunnyside, permite una lectura complementaria de carácter sociológico con implicaciones políticas.

Tras algunas peripecias el grupo llega por fin como donación a la guardería, destino en principio deseado, y reciben la bienvenida de la mano de una especie de patriarca llamado Lotso, que les muestra las instalaciones. Parecen ingresar en un paraíso terrenal. Hasta la idea de eternidad se deja entrever en el anuncio de que la vida de los juguetes en Sunnyside es una sucesión de etapas sin aparente fin. Tras estos niños que ahora empezarán a jugar con ellos, vendrán otros, y más tarde otros. Así sucesivamente. Los juguetes van a cumplir su función, ahora y por siempre. La penosa perspectiva de la fecha de caducidad se esfuma.

El grupo de juguetes recibe un discurso convincente por parte de Lotso, que recuerda especialmente el ideario utópico socialista. El oso les anuncia que en Sunnyside no necesitan dueño. Somos nuestros propios amos y controlamos nuestro propio destino- afirma. La propiedad privada quedaría abolida, y la superación del dominio de unas clases sobre otras, vaticinada por Marx, se haría realidad. No más amos ni súbditos.

Pero tras las primeras horas empieza a percibirse que la situación no es tan idílica como parece, en primer lugar porque el "trabajo" a realizar es de una dureza tremenda. Al grupo recién llegado se le asigna la llamada 'habitación oruga', en la que se les deja en suerte frente a unos niños que son auténticos salvajes, capaces de destrozar cualquier objeto. Una de las máximas expresadas por Lotso se demuestra falsa. No tener dueño significa que no sufriréis . ¡Vaya que si sufren! Nada que ver con aquellos juegos compartidos con su verdadero dueño, Andy.

Después de esta primera experiencia comprueban que están en cautiverio, encerrados bajo llave, y también que existe otra habitación en la que las cosas no son tan desagradables, vedada a los nuevos inquilinos de Sunnyside: la 'habitación mariposa', en clara referencia a un estadio superior, destinada a un grupo selecto de juguetes. Ya hay, por tanto, dos clases establecidas. El control del propio destino al que hacía referencia Lotso es un nuevo engaño. Además Buzz consigue salir de la habitación y descubrir algunos detalles reveladores: en una oscura timba, la camarilla de Lotso comenta entre risas que los nuevos juguetes no aguantarán más de una semana. También elucubran sobre si alguno de ellos podrá unirse al grupo dominante. La perspectiva empieza a ser aterradora.


La realidad no tarda en ponerse de manifiesto cuando vemos la verdadera cara de Lotso. Tras e l discurso pausado y afable del oso de peluche se oculta un embaucador que dicta el auténtico destino de todos, encaramado en un camión que le sirve de trono. Valiéndose de promesas falsas y una retórica igualitaria, se aprovecha de la debilidad de sus víctimas, grupos de juguetes desechados que llegan a Sunnyside agarrándose a una tabla de salvación que los libre del vertedero. Se vale hasta de un perfume que exhala para hace más atractiva su presencia, no escatimando unos efusivos abrazos que recuerdan a los achuchones que solían dedicarse los dirigentes comunistas entre ellos (su bastón, ¿no es realmente un martillo?). Como bien decía Jean-François Revel en su ensayo LA GRAN MASCARADA: El totalitarismo más eficaz, el más duradero, no fue el que realizó el Mal en nombre del Mal, sino el que realizó el Mal en nombre del Bien.

Nuestros protagonistas se encuentran recluidos en una especie de 'gulag'. Un centro de internamiento destinado a trabajos forzados, en el que los recién llegados realizan las tareas más duras, mientras que una élite próxima al Comandante del campo se dedica a labores mucho más cómodas. Al servicio del máximo dirigente se encuentra una Guardia de Corps compuesta por una mezcla de fuerza bruta y estupidez. La presencia del bebé tullido, Peque, resulta especialmente turbadora. Los nuevos no tienen ninguna posibilidad- se comenta en un momento de la película, y se da por descontado que al cabo de poco tiempo pasarán a ser juguetes rotos, y una nueva donación les sustituirá. Pero esa circunstancia es tan irrelevante como lo era la alta mortalidad en el 'gulag' soviético debido a las condiciones extremas, puesto que eran reemplazados de manera continua, formando parte del mecanismo de terror inherente al régimen. 
 
El poder totalitario se basa en el control absoluto de la sociedad. En Sunnyside se lleva a cabo, como en la ficción de George Orwell, 1984, a través del "ojo que todo lo ve". Existe un 'Big Brother' que vigila los movimientos de todos los internos, para evitar que nadie pueda escapar. El centinela elegido es especialmente simbólico, puesto que se trata del "hermano mayor" del ser humano, nuestro ascendiente evolutivo: un primate. El mono controla permanentemente los movimientos de todo el "campo" desde su puesto, a través de decenas de cámaras de televisión, y da la voz de alarma si observa cualquier anomalía. 

Hannah Arendt apunta en LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO los métodos que la nomenklatura soviética empleó para intentar transformar la sociedad en una masa de individuos atomizados y aislados, con el fin de conseguir una lealtad individual total. Uno de ellos fue la destrucción de los lazos familiares. En una escena de la película, Lotso trata de ganar a Buzz para su causa, ya que lo considera un juguete válido, con dotes de mando, y le explica que sus compañeros deben aceptar el duro trabajo asignado. Buzz no admite el trato discriminatorio, ya que además se trata de su familia. Así que eres un hombre de familia- constata Lotso. Es en ese momento cuando decide recurrir a un mecanismo expeditivo y automático para acabar con ese vínculo: el interruptor de 'reset'. Devolver al juguete a su programación de serie, borrando su memoria y reduciéndolo a las funciones más elementales, dispuesto a obedecer cualquier orden. Nada hubiera deseado más el poder totalitario que contar con un sistema tan rápido de regresión. El bolchevismo recurrió a la purga sistemática para conseguir la liquidación de los grupos sociales.

En la escena antes mencionada, Lotso apela a un concepto aparentemente loable, bajo el que se esconde una peligrosa perversión: el Bien de la Comunidad. En cierto modo podríamos asimilarlo con la noción de sumisión a una entidad suprapersonal: el todo, la comunidad. Así lo identificaba Isaiah Berlin al analizar el pensamiento de Rousseau, en su espléndido libro LA TRAICIÓN DE LA LIBERTAD. El bien de la comunidad se antepone a cualquier otro derecho natural, y es la coartada que sirve para justificar toda acción, por dañina que resulte a ciertos individuos. En este caso se trata de la designación de estos viejos juguetes a los niños más "peligrosos", en lo que constituye casi un sacrificio para salvaguardar la integridad de unos privilegiados.

En la trastienda de la utopía socialista, de los intentos de desarrollo práctico, siempre se halla el terror, la coacción y la tortura. Estos elementos también aparecen en la película, aunque velados por el carácter infantil de la misma. Por ejemplo cuando Lotso elige un componente del grupo, en este caso Mr. Potato, para castigarle enviándolo a la "caja", una especie de celda de castigo, oscura y aislada, sin un pretexto muy convincente. También la existencia de tortura se adivina en algún momento. Woody recibe una confidencia por parte del juguete-teléfono que, como si de un 'garganta profunda' se tratara, le describe los sistemas de seguridad que deberían sortear para escapar de Sunnyside. Posteriormente vemos al pobre teléfono con la sonrisa borrada, maltrecho y roto, en poder de los secuaces de Lotso, en un plano que resultaría estremecedor si no se tratara de una película aparentemente ligera.

Por último hay que resaltar ese detalle, sorprendente y genial, que es poner en boca de Barbie una sentencia del filósofo inglés John Locke. La respuesta impetuosa que la muñeca le dedica a Lotso en su cara, al borde del abismo, y que sería válida para los muchos Lotsos que han intentado imponer su criterio a lo largo de la Historia. El argumento impecable frente a la pretensión de vulnerar la libertad del ser humano:

La autoridad emana del consentimiento de los gobernados, no de la amenaza de la fuerza