Novelas de la misma estirpe PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Historia
Escrito por José María Fernández Gutiérrez   
martes, 21 de abril de 2009

ImageLa reivindicación del Conde don Julián, Las máscaras del héroe y Fabulosas narraciones por historias.

¿Qué hay en España para que aparezcan este tipo de novelas? Sin duda, mucho necio, mucho resentido, mucho muerto de hambre jugando a bohemio, mucho político analfabeto, mucha ley de educación de mierda, mucho truhán, mucha gente hasta las narices de su país, mucho farsante, mucha hipocresía, mucho señorito y mucho engolado.

Reivindicación del Conde Don Julián (1970), junto con Señas de identidad (1966) y Juan sin tierra 1975), forma una trilogía de novelas de Goytisolo que se centran en la crítica de España a lo largo de toda su historia, pero principalmente en la época de Franco. Goytisolo siente fascinación por el mundo árabe y por eso su héroe es un nuevo Conde don Julián, trasunto de aquel que, en el año 711, abrió las puertas de España a las huestes de Tariq. Es una novela que se encuadra dentro del realismo crítico. Es una novela maniquea que presenta como “buenos” el mundo árabe, la libertad sexual, la ausencia de normas morales y como “malos” religión, la castidad, "la España sagrada", el régimen de Franco, la generación del 98, los hombres y los hechos admitidos por Occidente como notables… es una novela demoledora. Goytisolo abomina de España porque en España hay un dictador, un personaje que él tiene como siniestro.

En 1996 Juan Manuel de Prada escribe Las máscaras del héroe, una novela apasionante, una recreación de la época y la literatura que escribían sobre todo los autores “secundarios” y bohemios en el primer tercio del siglo XX. De Prada escribe con un estilo propio, apasionante; con riqueza léxica y con metáforas deslumbrantes y a lo largo de su extensa novela “despliega una galería de bohemios santificados por el anarquismo, aprendices de mesías que juegan alevosamente al envilecimiento como personas, espectros que habitan el museo del olvido y figurones sorprendidos en su vida doméstica y nos ofrece un libro que es a la vez novela coral y crónica literaria de toda una época, episodio nacional y esperpento, tapiz sangriento y epopeya íntima de unos hombres que vivieron en medio de la sordidez y murieron desangrados de tinta o de sangre. Sobre el aguafuerte de la Historia, Juan Manuel de Prada entreteje las existencias atormentadas y sonámbulas de sus mil y un personajes, entre los que destacan Fernando Navales, nihilista y canalla, y su alter ego, Pedro Luis de Gálvez, bohemio que prefirió enmascarar su heroísmo con los disfraces del desgarro y la truhanería, antes de habitar el cielo de las mitologías”. Y con Las máscaras del héroe tenemos una segunda novela en el tiempo que hace un retrato de personajes desgarrados y desgarradores de una España, anterior a la de Goytisolo –aunque la novela esté escrita después- también negra y siniestra.

El mismo año que de Prada, 1996, Orejudo escribe Fabulosas narraciones por historias que es más de lo mismo. Más de lo mismo de las anteriores. En la segunda década del siglo XX la Residencia de Estudiantes era un proyecto pedagógico que intentaba modernizar y europeizar España. En la Residencia se reunían su Director, Alberto Jiménez Fraud, el Jefe de estudios, José Moreno Villa, el poeta Juan Ramón Jiménez y muchos y muchos más reputados intelectuales y escritores. Pero todo esto era, viene a decir Orejudo, un espejismo porque allí estudiaban también jóvenes exaltados, activistas de ideas radicales y subversivas con lo que resultaba que la Residencia y su proyección madrileña era un guirigay intelectual y un cruce de intereses que llegaban a defenderse con bajos golpes de desprestigio de los contrarios, con asesinatos minuciosamente preparados. Algo muy sucio, sin duda; y nada pedagógico, ni edificante.

Uno de los estudiantes que vivían en la residencia era Martiniano, sobrino de Azórín. Al tal personaje se le presenta en la novela con una descripción escatológica que en el leguaje y en la sintaxis imita el estilo de Azorín. Se trata, sin duda, de un ardid para poner en tela de juicio los escritores y los valores admitidos normalmente como señeros. El texto aludido es el siguiente: “Martiniano Martínez, sobrino no del gran Pereda, sino de ese otro gran maestro del habla española, de ese artífice genial de un estilo que refleja la diversidad y profundidad del alma española, de ese escritor sensible a los más imperceptibles matices de la observación que es Azorín, reposa su espalda poderosa, brillante, cubierta de una película grasa en el tabique blanco, desinfectado, aséptico. Hace tanta fuerza que a punto está de sentir el fatal estallido de los tímpanos. Nada. Silencio. Ella no quiere salir, deslizarse, surgir. Está congestionado y siente en las sienes el vigoroso latir de la sangre. Recupera el resuello y lo intenta de nuevo. Toma aire y aprieta con fuerza. Tiene las manos con las palmas hacia abajo. En los muslos. Esta vez está seguro de que sus globos oculares saldrán despedidos, disparados, como sale alegre el pus en el momento de reventar un grano, una espinilla, un quiste. Qué come en la Residencia. En Monóvar, piensa, no tiene estos problemas. Alimentos británicos, exactos, protestantes. Se caga en su tío. En su madre joven, viuda, alegre. Otro intento. Nada. Silencio. Brilla. Transpira. Suda. Qué hace allí, si él no quiere estudiar. Ni ser culto. Ni leer. Ni escribir. Ni pensar. Sólo quiere irse a su pueblo y ayudar a su madre en la zapatería. Se conocía. Se iba a poner nervioso. Y mataría poetas, cultos, demás. Hace un último intento. Se concentra. Toma aire. Sabe que va a sentir cómo se abren las junturas del cráneo. Pero seguirá haciendo fuerza. Uno. Dos. Y tres. Hace un esfuerzo sobrenatural. Se le abren las junturas del cráneo. Se le revientan todos los órganos internos. La yugular estallará, piensa. La vena empezará a escupir sangre como una tubería agujereada. Siente la dilatación del esfínter y sale la hez.”.

Ahora, como se ve, la trama se centra, sobre todo, en la ruindad de los intelectuales, en su soberbia, en su mezquindad de intereses; en la casta y las castas de hombres mediocres, humanamente deleznables, que han dirigido España. Y Orejudo y Juan Manuel de Prada ponen nombres y apellidos reales a sus personajes de novela por lo que concluyo y vaticino que no dentro de muchos años habrá otro novelista genial que escriba la suya con personajes protagonistas como José Luis Rodríguez Zapatero o Baltasar Garzón. Se lo merecen. Se tienen ganado a pulso un protagonismo en la España zaragatera y triste de la primera década del siglo XXI. Y lo que te rondaré, morena. 

José María Fernández Gutiérrez
Acerca del Autor:
Catedrático de Lengua Española de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona
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