Dogmatismo e imbecilidad PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - España
Escrito por Manuel Olmeda Carrasco   
lunes, 03 de enero de 2011

Que el hombre es el único animal que tropieza dos veces -al menos- en la misma piedra, configura una realidad hecha adagio. Resulta concurrente culpar al gobierno, sin mitigar grado ni porcentaje, de toda secuela deplorable, nociva. No nos falta razón; pero hay otras causas en los aledaños de nuestra propia solvencia. Una sociedad liberal se construye con la implicación permanente de todos sus miembros. Nadie debe ceder atribuciones inexcusables. Las consecuencias de la desidia practicada por algunos, las sufre el conjunto; es una constante histórica que explica criterios y actitudes. El individuo (junto a otros, quizás aislado) posee la fuerza precisa para legitimar el sistema democrático o deslegitimar el postizo.

Es verdad que los partidos conforman una estrategia encaminada al objetivo exclusivo de alcanzar el poder. Nadie puede oponer -en esa tesitura- proyectos, planes (simplemente ideas novedosas), que, a priori, introduzcan variables incómodas; portadoras ocasionales de un mensaje desviacionista. Enmendar la dinámica partidaria es imposible o casi. Convenir un nuevo camino, cuya meta permita a la sociedad deslindar sus justas ambiciones de aquellas bastardas que le presenta la élite gobernante, resulta espinoso. La revolución sólo puede encabezarla una minoría burguesa, aun intelectual, que utiliza exordios grandilocuentes -pero huecos, engañosos- como banderín de enganche. La masa, crédula, es arrastrada; apuesta su sangre generosa y luego se le escabulle el premio. Es el trance sempiterno al consumar los cambios de régimen. El hombre conlleva el egoísmo y la maldad. Por esto definimos la democracia como el sistema político menos malo. Su propia definición es concluyente: no existe ninguno bueno.

     El ciudadano -ese al que se califica, con cierto matiz humillante, de a pie- en esta ocasión ha superado con creces los diferentes tramos de inquietud. ¿Vivimos realmente en democracia? ¿Consigue homologarse nuestro sistema con cualquiera del "entorno", arquetipo cotidiano de comparación? La respuesta certera niega ambas interrogantes; se nos está vendiendo una burra lisiada. No esperemos ninguna medida reguladora automática. Tampoco creamos, asimismo, en la iniciativa redentora de político alguno. Sufrimos el azote del déficit democrático, de este espejismo generado al cruzar el desierto franquista durante casi cuarenta años, junto a otros tantos de incultura, de temeraria vertebración (política, administrativa, social) y maniobra. Desconfiemos en que azar conveniente ni destino providencial apliquen su impronta reparadora. Debemos coger al toro por  los cuernos -valga la expresión autóctona- o batirnos en retirada y apechugar las consecuencias vinculadas a todo proceso cobarde.

     El entorno se muestra adverso, abarrotado de maduros dogmáticos e infantes inconscientes atraídos por el paro y el botellón. El dogmatismo es el peor enemigo para realizar un análisis sosegado de los acontecimientos. El fundamentalismo intelectual, propio, arrastra a una visión parcial e imposibilita, así, extraer los problemas acuciantes que nos invaden; paso previo para su resolución. La presencia de esta lacra se reparte por igual en cualquier campo doctrinal. Decía Marx que la religión era el opio del pueblo, sin advertir la identidad entre doctrina religiosa y doctrina social. Por tanto, idealismo liberal y materialismo marxista presentan similar caldo de cultivo para que pueda desarrollarse el estigma más radical y sectario.

     España agoniza económicamente. Un gobierno inútil estimuló de forma alevosa el gasto disparatado; ese que nos llevaría a la quiebra atroz, para regodearse con el aumento del PIB en dígitos históricos y con parecido cinismo, después, hacer responsable al gobierno anterior de la debilidad estructural. Europa nos mantiene con respiración artificial en la UCI. La terapia obliga a tomar medidas excepcionales para activar la autonomía funcional. El cuerpo social está sin aliento, falto de alegría y confianza en su recuperación. Lo terrible, sin embargo, traspasa el aspecto económico. Estos dirigentes mendaces, estafadores y desaprensivos han emponzoñado al ciudadano en pequeñas dosis, confundiéndolo en su visión política y social. Víctima del discurso disgregador, se acentúa lo que nos separa en detrimento de lo que nos une. Han recuperado de manera consciente el enfrentamiento, tópico entre las gentes, por motivos nacionales e ideológicos; se ha instalado la insolidaridad y la violencia verbal, de momento.

     Salir de esta maraña se me antoja complejo, si consideramos las actitudes que despliegan quienes han de ejecutar la operación. El actor realiza una visión somera de los hechos en favor de las palabras; prioriza la prédica del mito sobre sus propios intereses; es un ciego intelectual; posee pautas inamovibles. Configura esa masa que se mueve al son aglutinador de la esquila.

     Con frecuencia oímos una frase que constituye un paradigma: "yo, como trabajador, jamás podré votar a un partido de la derecha". Es la expresión de un dogmático carente de apriorismos relativos a la izquierda o derecha. En un programa televisivo, apareció un sms con el siguiente texto: "aunque mis hijos pasen hambre, seguiré votando a Zapatero". Inquietante ejemplo de imbecilidad. ¡Qué el año venidero nos coja confesados!

 
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