Del 11-M, del miedo y del egoísmo PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - 11-M
Escrito por Víctor Llano   
martes, 25 de mayo de 2010

ImageSegún Gómez Bermúdez, fue un error destruir los trenes del 11-M. Sí. Han leído bien. El juez que -sólo él sabrá porqué- presume de saber de la masacre de Madrid, nos dice ahora que fue un error borrar las huellas de los crímenes. Cuando menos -y siempre desde el supuesto que acertara- estaría obligado a probar que lo que él califica de error no responde a la mala intención de los que no quisieron que supiéramos del explosivo que estalló en los trenes. 

No puede ser más grave lo que ahora asume Bermúdez. Fue él -siempre después de saber de El Gitanillo- quien primero cargó con la responsabilidad de juzgar el 11-M. Y jamás pidió responsabilidades a los que decidieron, autorizaron y consintieron que se destruyeran los trenes de la muerte. Entonces me contaron casi al momento que mostró su sorpresa -fingida o no- cuando informó a un abogado de la defensa de que los trenes se habían desguazado pocas horas después de que estallaran. Simulara o no su pasmo, lo cierto es que ni entonces ni seis años después ha pedido responsabilidades por lo que califa de error.  

¿En qué manos quedaron las víctimas del 11-M? ¿De cuántos errores nos podría hablar el juez Bermúdez? Es imposible que en la masacre de Madrid mediaran tantos y tan descomunales. No es cierto lo que ahora nos quiere vender su señoría. Los trenes no se destruyeron por error. Los destruyó el miedo a que supiéramos de lo que estalló. El terror a que conociéramos que lo que estalló no fue el mismo explosivo que alguien colocó en las dos bombas que no estallaron.  

Y Bermúdez nos habla de error. Él sí que lo fue. Aún lo es. El mayor de los errores. Lo sé. También yo confié en él. Ya me pesa. Nunca me arrepentiré lo suficiente. Y no porque me engañara -ya me consta que para engañarme no se necesita de un talento especial- porque en el curso de la vista pública no dudé, y ante más de una víctima, en expresar mi confianza en quien poco después nos contó una película que no la produciría ni la productora más sectaria del régimen más cobarde. Ni medió el error en la destrucción de los trenes ni media el error en todo lo que oculta la autoría de la masacre. Lo que medió y media es el miedo de los canallas que no están dispuestos a asumir que participaron en un pre 11-M español y golpista que responde a lo que no estalló.  

Lástima también que en todo lo que rodea a la investigación enrede el más absurdo de los egoísmos. Lo que hoy -lunes 24 de mayo anuncia el diario El Mundo en portada y que con más detalle pueden leer en una página interior- es lo que ya que conocimos este sábado gracias a Luis del Pino. Manuel Marraco -el periodista que firma la información- está obligado a reconocer el esfuerzo y el talento del que primero informó de lo que él, sin citarle, firmó. 

La investigación de la masacre que más sufrimiento causó en España no puede estar expuesta al afán de un protagonismo que sólo restará credibilidad a los que se supone que están por saber. Lo que hoy publica Marraco es de Luis del Pino. Y a cada uno lo suyo. Lo malo, sí; pero también lo bueno.

 
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