Un loro, un "pirao" y un ocurrente PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - España
Escrito por Manuel Olmeda Carrasco   
domingo, 26 de junio de 2011

Lejos de mi intención cualquier lectura lesiva o exégesis injuriosa, el epígrafe que antecede contiene una carga alegórica sin más. A lo sumo constituye el ejercicio democrático de la censura obligada al prócer cuando su gestión, o sus manifestaciones, se enmarcan en la torpeza. Ambos hechos son actos donde el decoro queda maltrecho e incluso puede advertirse cierto tufo mordaz, dominador, consecuencia directa de ese supuesto, en ocasiones cimentado, de la idiocia generalizada del pueblo español. Nuestros prohombres, por indoctos e inútiles que se revelen, deben ver el monte plagado de orégano. Con toda su "jeta" (que es nutrida), con todo su afane (que no es escaso), me recuerdan ¡pobrecillos! a aquel personaje televisivo que, tras diversas peripecias, admitía por medio de gigantesca pizarra: "el tonto soy yo".

Reitero el tenor inocuo de estos renglones. El vocablo "pirao" (según el habla habitual de mi pueblo) pudiera arrastrar una servidumbre turbia. Su acepción coloquial (tomada para la oportunidad) se refiere a persona alocada, aturdida; carente de destreza en el buen juicio. Cuando diserta provoca en quien lo escucha un  extraño proceder risible, maquinal y penoso. Caídas, piruetas, lapsus o alucinaciones (aun histriónicas) traen consigo fatalmente la hilaridad, a veces, poco aséptica.

La presente situación (espeluznante) no es origen, por insólito que pudiera parecer, de comportamientos agresivos, ni tan siquiera de virulencia dialéctica. Antes bien, la sociedad practica una conducta cercana al hartazgo, a la tensa calma, mientras otea acontecimientos temibles. Al ciudadano, exhausto, maltrecho, empobrecido, le produce náuseas el escamoteo impúdico, ilimitado, de quienes deberían contribuir a ejemplarizar la gerencia pública y, sin embargo, ahogan enseguida cualquier impulso ético o de austeridad.

Días atrás la prensa se hizo eco de que Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta extremeña, ocupaba una imponente oficina; predio imputable al gobierno autonómico. También tenía a su disposición -al menos- dos automóviles, chofer, secretaria, gastos, dietas y prebendas varias incluidas. Ello al amparo de una ley que él mismo promulgó en dos mil siete. Sacar a la luz esta circunstancia privilegiada, más ahora, obligó a suspender temporalmente tal prerrogativa, tan extemporánea como ilegítima. No quedó desnudo el ex, pues de inmediato se le nombró vocal del Consejo de Estado; una concesión dorada (hecha al amigote) que conlleva coche oficial, chofer, secretaria y emolumentos cercanos a los noventa mil euros anuales. El exceso transfigura al señor Ibarra en loro, ese animal con bello plumaje capaz de atiborrarse de chocolate, al decir de comunicadores unidireccionales. Otra afrentosa desvergüenza.

La palma de frases lapidarias en la histórica colección del disparate, haciendo añicos récords anteriores, lleva el nombre de Zapatero al manifestar hueco: "adelantaré el final de la crisis porque lo exige el pueblo español. Así mismo, priorizaré la economía productiva sobre la financiera". ¿Merece o no ese epíteto de "pirao" en el mejor y caritativo sentido? Hay, sin embargo, otra probabilidad que mantendría el mismo nivel de ligereza. Se refiere al hecho factible de que nuestro presidente atribuya a las autoridades de Kazajistán (mandatarios y financieros en general) un grado de indigencia intelectual semejante al de la sociedad española.

 Rubalcaba, el candidato, pone un broche de atrevida evacuación como acostumbra. Padre de la LOGSE y de sus funestas secuelas, reivindica ahora el cambio del sistema educativo como elemento dinamizador de la economía. A buenas horas mangas verdes. Propone además un MIR para profesores. Como enseñante jubilado, la última ocurrencia me parece una broma; sí, pero de mal gusto. Dudo que Alfredo atesore la aureola precisa para teorizar sobre educación, menos para reformarla. Las ocurrencias insípidas son evanescentes, auténticos brindis al sol.

Los escuetos ejemplos conforman sólo la punta del iceberg. En este contexto, pedir socorro sirve para poco. Hace tiempo opté por la indignación contestataria, al margen de toda mesura que preconicen políticos y satélites.

 
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