Investigar es una vocación sin horizontes, el sacerdocio de la ciencia. Un reducto que precisa inteligencia, imaginación, desprendimiento y enorme trabajo. Un investigador no se hace en un bazar, los iguales y sus hallazgos, asienten los méritos concedidos por la comunidad científica. Un mundo que suena tras las promesas de una vida mejor, el apunte tecnológico o un robot japonés. El tiempo marca el territorio del sabio, cinco años de carrera universitaria, dos de tesina y cinco de tesis doctoral, preceden a un periodo postdoctoral, dos más en general, en una lengua extranjera, se requieren para estructurar el esqueleto de un científico: ¡catorce años de formación! Después el trabajo definitivo, las líneas de investigación que han de mostrar la competencia, el azar y la visión de cada cual. No es posible abandonar la ciencia y retornar tiempo después, la transformación continua hace obsoleta cualquier posición existente cinco años atrás. Tras de ello sólo resta el llanto por el difunto.
El conspicuo ZP, en julio de 2007, rota los ministerios, sortea los candidatos y su índice, pretendiendo ser certero, señala a don Bernat Soria Escoms, ministro de la Salud. Cierta desazón intuye la pérdida de la ciencia española en favor de la esfera mediocre de la política. Los altavoces de la propaganda predican de oriente a occidente las bondades del neófito al tomar asiento en el Paseo del Prado, 18. La inocencia inicial se sacude sorprendida por los enredos, la ciencia maquilla a la política en la tarea de legitimar la estrategia del Gobierno. El señor Soria, y sus acólitos, pretenden adornarse de un prestigio académico para empolvar su nueva dedicación. Cada cosa en su terreno. La investigación se juzga por sus reglas: las contribuciones científicas impresas en la prensa especializada, las comisiones de expertos evaluando proyectos de investigación ó los tribunales que rigen el acceso a ciertos puestos académicos. Si el interés particular saca de contexto sus actividades, así lo ha hecho el ministro, ha de asumir la diatriba fuera de su medio natural. A ello dedicaré algunas líneas. Los barómetros de la ciencia miden la magnitud, en número de publicaciones, y el peso de la misma, a través del llamado índice de impacto, un estimador del interés sustentado entre colegas por el trabajo propio. Tal instrumento sufre de limitaciones, pero es lo que hay. ¡La champions league de quienes juegan en la ciencia! No aburriré al lector con sus complejidades, no vienen al caso. Este método, aplicado al profesor Soria, no produce resultados extraordinarios. Al menos tres docenas de asturianos, probablemente más, se hallan en mejor situación. En resumen, nos hallamos ante un buen investigador, a secas. Nada extraordinario a pesar de sus resultados publicitados en el campo de la diabetes. Quien quiera constatar lo afirmado tiene abiertas las puertas de la red para contrastar la información precisa. Los científicos de vocación no alejan el timón de su estrella polar, aún disponiendo de la conciencia social de todo ser humano. El primum movens de sus vidas es, en exclusiva, la ciencia que mantienen a resguardo del efecto contaminante de la política. El doctor Soria rompió su brújula con una apuesta andaluza, cuando saltó la trinchera del enfrentamiento político. La dirección del centro de Biología Molecular y Regenerativa de Andalucía es el arma que esgrimió frente al gobierno de la nación. No prejuzgo en mis últimas afirmaciones la conciencia, ni los principios morales, sujeto inviolable de las personas, ni siquiera emplearé como argumento la cuestión espinosa que juzga la bioética. ¡He de aseverar que nada tengo contra las células madre y los progresos de la Biología! Me circunscribo a la crítica que orienta Asturias Liberal. Nuestros grandes cerebros han de dedicarse a lo que saben: hacer ciencia. El ministro renunció a mejorar la vida de millones de diabéticos a cambio de deambular en el terreno acotado de una salud transferida, alejada de las manos del ejecutivo. Poco que hacer más allá de reuniones autonómicas de protocolo y el manejo escaso del BOE, dictando Leyes y procedimientos con destinatario ambiguo y respondón. Ahora ha de ingerir el jarabe que destiló en su alambique partidista. Los efluvios de la política parecen orientar definitivamente su interés hacia las próximas elecciones, la cabecera electoral de la provincia de Alicante. ¡Rompe sus amarres con la investigación! Prendido de los harapos de la glamour mediática se enreda en sus cordones, primero el umbilical, ahora el sanitario. ¡Todo por la causa del control del estado! Si es preciso se dilata el perfil del presidente, quien calienta en el banquillo a la espera de un Nóbel imposible ¿O no? Cosas peores arrojan ciertas políticas internacionales. Las perlas de su oratoria parecen transformar, al sanitario, en un sultán. Su sonrisa afrailada se muestra incapaz de suavizar el desvarío declarativo que sus propios hermanos de sangre atemperan con sofocos. Las modificaciones de <<la ley antitabaco>>, siempre sostenidas en la reflexión imprudente que adelanta intenciones, muestran su firmeza y autonomía. Mal asunto hablar de <<la eutanasia>>, el CIS evalúa las encuestas y preocupa a los calculadores de votos. Se trata de minimizar <<el aborto>> ante la chacinería catalana del doctor(?) Morín. Para ello se tapona la sangría levantando la Inquisición que el ministro asevera nacida en España ¡Un ejercicio para mantener en su nivel la preocupante abulia social! La inquisición, señor ministro, hunde más abajo sus raíces. El concilio de Letrán de 1215, no fue el único, entendió de asuntos de fe; también el papa Gregorio IX, dictó dieciocho años después su bula Inquisitio Hereticae Pravitatis-la investigación de la depravación herética-. Dos dominicos, de nombre nada español, Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, escribieron en 1486, un manual de procedimiento inquisitorial: El Malleus Maleficarum, el martillo de los brujos. Cierto es, que años después, el compromiso de la cruz y la espada recayó en el imperio español. Pero... aunque ésta es otra historia, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo, 22:15-21) Si el interés inquisitorial del ministro alcanza a la lectura de tal obra, la hallará en cierta editorial de Valladolid interesada en recuperar libros antiguos. Perdido, en este apunte histórico, he de retornar a los despropósitos ministeriales. Afirma que el PP privatiza hospitales en tanto <<ellos retienen para sí>> la custodia de lo público. Una falacia destinada a ingenuos y despistados. No pretende quien escribe, alejado de cualquier militancia política, irrogarse las funciones de la oposición, pero sí entiende que la defensa de las ideas no es suficiente para escatimar la verdad. ¡Si ello fuere cierto no habría alharacas suficientes para difundir la buena nueva proclamada por el gobierno! ¡Sombrío panorama representa la imaginaria pérdida de los hospitales públicos y el exiguo número de médicos disponibles debidos al PP! ¡Bien se ve que reduce su conocimiento a la ciencia! Una docena de años: seis de carrera, cinco de formación, y el interregno del MIR, se precisan para fabricar un especialista: Una planificación que precisa más de ocho años de gobierno popular, algo así como duplicar tal tiempo si se trata de solapar generaciones y experiencias. Ningún quejío ha roto el silencio, ni hubo parto de los montes de sus compañeros autonómicos durante estas décadas exigiendo solución a la previsible falta de galenos. Don Bernat Soria ha de ocuparse de sus escasas tareas. Cumplir y hacer cumplir las leyes que le son propias ó modificarlas, si las circunstancias lo permiten. ¡Ahí habrá de demostrar su coraje y empuje políticos! En tanto el déficit de recursos humanos halla solución, quizá don Fidel Castro Ruz pueda prestarle algunos miles de médicos cubanos. El acuerdo alfombrará las ásperas relaciones. En estas fechas navideñas le sugiero la lectura del Príncipe, de Nicolás Maquiavelo. De ésta guisa se iniciará en el arte de la ciencia (política) El capítulo XXII, <<sobre las cualidades de los secretarios del Príncipe y sus ministros>>, se muestra particularmente oportuno. |