Al margen de la estúpida polémica que ha levantado el libro de Pilar Urbano sobre la Reina doña Sofía, a quien los mediocres quieren amordazar, o sea, obligarla a ser “políticamente correcta” (mi amigo Emilio García-Merás solía advertirnos del peligro de los mediocres), estamos en tiempos de difuntos, asistiendo, pasivos, a una imposición de la cultura sajona sobre la nuestra. Tal vez no tenga mucha antigüedad, pues el romanticismo es una corriente del primer tercio del siglo XIX, pero unas cuantas generaciones de españoles solían celebrar, por esta época, la clásica visita a los cementerios, para decorar con flores, los lechos de los familiares y amigos que ya no están con nosotros, como testimonio-homenaje de nuestro recuerdo y de nuestro cariño imperdurable. Es cierto que esta práctica ha tenido también sus excepciones, lo que la ha convertido por ello en general.
El culto a los muertos es una tradición de nuestra cultura. Hace años, una prestigiosa revista francesa publicó un buen reportaje sobre los monumentos funerarios de los cementerios de París, con excelentes fotografías. También en España, y no es de ahora, se han publicado algunos reportajes semejantes, dejando constancia del lujo que, en ocasiones, acompaña a los difuntos en la otra vida. Nada comparable, en cualquier caso, al respeto que significó para los egipcios, pero sí valorable para una sociedad que tiene en el espacio físico, una de sus grandes demandas. Leo en un periódico nacional que, solamente en la región de Madrid, existen 260 cementerios. Tal vez, el principal, atendiendo a su tamaño, sea el de La Almudena, popularmente llamado “del Este”, en el que parece ser que ya no es posible hacerse con una sepultura. Inaugurado en 1925, los primeros restos humanos que recogió procedían, a su vez, de otros camposantos cuyos terrenos fueron absorbidos por la propia ciudad, en su crecimiento imparable. Mesonero Romanos hijo reflejó, en un libro curioso, la existencia de algunos de aquellos viejos cementerios, desaparecidos por el ensanchamiento de la ciudad, como La Patriarcal, que ocupaba los terrenos de lo que hoy es la Plaza del Conde del Valle Suchil, que durante un tiempo, se conoció, popularmente, como el “campo de las calaveras”. De épocas más recientes, el de Chamartín de la Rosa, terminada ya la Guerra Civil de 1936-1939, que ocupaba los terrenos situados en pleno Paseo de la Castellana, frente a lo que fue la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Ahora, son tiempos de Halloween. La flojera ha conseguido que una fiesta dedicada a los difuntos, se haya convertido en un jolgorio británico, con calabazas, caramelos, algarabía, disfraces y mofa de la muerte y del más allá. Así empezó, de alguna manera, el romanticismo como corriente cultural, haciendo mofa de la muerte, aunque la creencia popular lo identifique más bien con el sentimentalismo. Nuestra vocación a una integración cultural internacional, que prioritariamente representa el idioma inglés, nos sirve como vehículo para una adopción cultural del mundo anglo sajón, alejándonos de nuestra tradición. No digo que sea bueno ni malo. Digo que mis colegas periodistas, reporteros, cronistas y demás especialidades, se van dando cuenta de la coexistencia de dos prácticas: la tradicional de llevar flores a los cementerios, tomarse los buñuelos y los huesos de santo y asistir a alguna de las distintas representaciones de Don Juan Tenorio, frente a la nueva tendencia, cada día más implantada en las prácticas juveniles, de celebrar esta fiesta de origen celta, cuyo significado, según Wikipedia, procede de la expresión inglesa All Hallow´s Eve (víspera del día de todos los santos), introducida por los emigrantes irlandeses en los Estados Unidos (país capaz de internacionalizar, por ejemplo, hasta las elecciones de los candidatos aspirantes a su presidencia), y que, cómo no, un director de cine, John Carpenter, elevó al podium del máximo interés con la película que es referencia del cine de terror de serie B, titulada, precisamente, «La Noche de Halloween», estrenada en 1978. Por si fuera poco, esa familia de extravagantes personajes amarillos, que nuestros jóvenes y niños conocen como “Los Simpson”, también vienen dedicando a Halloween el interés que ya no despierta nuestro Don Juan. No resulta difícil, con estos argumentos, adivinar cuál será el futuro de este tiempo de difuntos. |