A vueltas con el concepto -y medida- de sociedad abierta en los partidos políticos. Quizá sea este uno de los conceptos que más demuestran la puridad de un sistema democrático, y por definición liberal. Quizá no como concepto, pero sí como método para la determinación de la existencia auténtica de democracia en cualquier sistema social medianamente organizado. No sólo la sociedad misma, sino un partido, comunidad de vecinos, peña gastronómica o hasta un grupo de amigos. Allí donde todos opinan libremente, donde todos participan de las decisiones en el día a día, se constituye un grupo fuerte y cohesionado. La clave no está en opinar, sino en poder hacerlo, y sin dificultad.
Esta organización abierta, aunque parezca una evidencia precisa reafirmación, es la que sustenta y justifica la democracia. Nuestro día a día pasa por ahí y ello independientemente del carácter de cada uno. Si uno participa está cómodo, sino, poco a poco irá desligándose del grupo, de la sociedad, o incluso del propio estado. Y dentro de cada grupo existen personas que participan más y otras que participan menos, seres que tienden a ocupar el espacio de los demás, y otros que dejan espacio, que no se mueven. Y son estos últimos, consciente o inconscientemente, los importantes; bien por carácter o porque un tipo de decisiones les preocupa más o menos. Porque tarde o temprano querrán participar y si no se les permite, el grupo terminará por desaparecer. Y es aquí donde se encuentra la clave, una sociedad es democrática, partido político o peña gastronómica, cada uno con sus peculiaridades, deben dotarse de formas –o normas- que permitan participar a todos cuando tengan interés. Y es en ese encauzamiento de la participación, donde una sociedad, y por ende un partido político demuestra su vigor decidiendo ser abierta o cerrada. Porque la apertura, hacia los propios miembros, es básica para estructurarse con la suficiente cohesión que permita evitar que al primer envite exterior quiebre el grupo, como los embates del mar rompen los diques que no están firmemente anclados en el fondo. Así, los partidos políticos deben abrirse a la participación de los suyos, para evitar que los ataques exteriores arrasen, no ya los muros sino los cimientos. Y es así, sin necesidad de demasiados símiles constructivos, que para que un muro aguante, amén de sólidas piedras, uniformemente talladas, se exige una masa que la compacte. Es necesario el arquitecto y los aparejadores, pero no son nada sin toda una tropa de personal, desde maestros, oficiales, canteros, peones, albañiles, etc. Por eso es preciso que exista un sistema adecuado para que cada uno progrese dentro de la organización, para que cada miembro pueda seguir su cursus honorum, que le permita ir haciendo méritos.

Por eso es preciso que exista un sistema adecuado para que cada uno progrese dentro de la organización, para que cada miembro pueda seguir su cursus honorum, que le permita ir haciendo méritos.
Y no es bueno, que sin explicitar esas normas, los partidos establezcan formas desiguales de ascenso, caminos fáciles o alternativos, no suficientemente explícitos para todos, que puedan generar malestar, agravios e incluso motines. Y menos aún, que organizaciones democráticas se permitan juegos florales alternativos a un cursus honorum no claro. Un cursus honorum no claro es lo mismo que inexistente. Pues no se conoce, no se ha establecido de forma democrática, no se consensúa con las bases, y al final el no permitir la promoción vertical no existe. Y no es bueno, por el simple motivo de que tal cierre es contrario a la esencia del sistema, es contrario a los principios de apertura liberal de nuestras democracias, y porque finalmente es un sistema igual al que ya fracasó, no solo en Bulgaria, sino en otros muchos sitios. Y la historia, incluso la reciente, más que ninguna la reciente, está para aprender de ella, no para ser ignorada. Con esta forma de actuar, se termina por impedir que esa mayoría silenciosa encuentre el cauce que necesita y cuando lo necesita. No se impide al activo participar, porque ese siempre encontrará un camino. Sencillamente se condena a muerte al grupo, dejándolo a merced del audaz que no siempre es el más sabio. Se condena así a la sociedad entera, y se impide que con lo mejor del audaz el grupo progrese, porque sólo tendrá al audaz, aislado, y en una sucesión de audacias, al final el precipicio sin remedio, porque el audaz no tendrá una voz que le avise de que se termina el camino y es precisa la marcha atrás, o de lado. O por el contrario, se consagra un sistema de castas endogámico, inmovilista, que sólo conducirá, tarde o temprano, a la perversión de la naturaleza del ser mismo en que se integra. Al final, la naturaleza lo enseña todo, es un perfecto laboratorio que explica porqué la mezcla de hermanos con hermanos sin solución de continuidad extingue las especies. Por ello, el gran reto democrático, y liberal de nuestros partidos es dotarse de las formas –y normas- adecuadas para que la savia nueva –vivificadora- encuentre un cauce fácil por el que circular y permita crecer por encima de sus propios límites. Pero como quiera que esa savia está compuesta aquí por seres autónomos e independientes, ese cauce debe ser no uno y rígido como en un árbol, sino muchos, flexibles y accesibles como el hormiguero que es nuestra sociedad. Y como quiera que somos seres racionales y libres, los caminos deberán ser de tal variedad que permitan a cada uno encontrar su sitio y sentirse, a su manera, parte de un proyecto común que integre y aúne voluntades. |