No entiendo la inquina que despierta Al Gore por sus advertencias sobre el cambio climático. Hace mil años hacía más calor y Groenlandia era verde, como su nombre indica; la Naturaleza hacía lo que le daba la gana, pero los hombres no tenían opciones para estudiarla, porque no existía nada parecido a la ciencia moderna; ni las Etimologías de San Isidoro ni el Beato de Liébana permiten dibujar mapas de isobaras. Luego vinieron los siglos de lo que se ha llamado la Pequeña Edad de Hielo, y en Europa y América del Norte avanzaron los glaciares. Las cosechas se perdían, la gente pasaba calamidades, pero nadie sabía el porqué; ahora, como siempre, la Naturaleza sigue haciendo lo que le da la gana, pero por lo menos podemos estudiarla un poquito, sacar conclusiones acerca de la inferencia humana en el medio natural y hasta intentar hacer previsiones para el futuro. ¿Pensar es malo? ¿Investigar es acaso antiliberal? Yo creía que, hasta nueva orden, lo de “lejos de nosotros, Señor, la funesta manía de pensar” era patrimonio de los carcas, no de los liberales.
Tampoco veo nada malo en que un señor se lucre y se haga famoso diciéndonos que procuremos no cargarnos el planeta en el que vivimos. Hay otros que se lucran enladrillando nuestras costas y nuestras sierras, y no llaman la atención. ¿Que Gore hace demagogia? ¡Pues claro que la hace! La demagogia no es ningún defecto, es la capacidad para sintonizar con amplias capas de la población.

La demagogia no es ningún defecto, es la capacidad para sintonizar con amplias capas de la población.
Ya quisiera yo que muchos políticos razonables que merecen mi simpatía y cuentan con mi voto, supieran sacrificar a la demagogia en lugar de aislarse con esa amojamada virtud que preside todas las derrotas. ¿Que a lo mejor Al Gore y las casandras del milenarismo termológico están totalmente equivocados? Pues es muy posible, ¿y qué? Ni opinar es pecado ni equivocarse es un delito. Tarde o temprano las teorías desacertadas acaban en el inmenso Baúl de las Ideas Chungas donde están a buen recaudo las teorías de Lombroso, el marxismo, la frenología, la energía de las pirámides, el efecto 2000, la eugenesia, la fusión fría, la conspiración judeomasónica, las virtudes de la lobotomía y otras falacias notables en las que alguna vez creyó la Humanidad. ¿Qué nos dice Gore? Que seamos prudentes. Nadie puede negar que suele ser menos gravoso equivocarse por prudencia que por inconsciencia, y ya lo sentenció Don Mendo: “si te pasas, es peor”.
Los únicos críticos de Al Gore que me parecen coherentes y hasta inteligentes son los representantes de países que, obviamente, se beneficiarían en caso de que aumentara la temperatura global, y especialmente la del Ártico: Canadá, Rusia y los países escandinavos. Cuando disfrutas de veinte grados bajo cero durante varias semanas del año, no sueles considerar el calentamiento global como una amenaza.
Puestos a hacer demagogia, no dejemos solo al Sr. Gore. Les propongo a Vds. que se sumen a la campaña “Lee libros, salva el Planeta”.
Si 30 millones de españoles adquieren un kilo de libros cada uno, entonces acumularán en sus casas 30.000 toneladas de libros. Cada kilo de papel representa 700 gramos de pasta de celulosa, así que estaríamos hablando de 21.000 toneladas de pasta de celulosa. Una tonelada de pasta de celulosa exige tres toneladas de madera, así que esos libros representan nada menos que 63.000 toneladas de madera o biomasa.
Del pinar de Valsaín, por ejemplo, que cubre 7.217 hectáreas, se extraen un promedio de 19.563 toneladas de biomasa cada año, o sea, una media de 2,7 toneladas por hectárea. En consecuencia, la suma de esos libros representaría la producción de un pinar que fuera tres veces más extenso que Valsaín, es decir la producción anual de madera de un cuadrilátero con 15 Km. de lado.
Ahora bien, si es cierto que el proceso de fabricación de papel destruye bosques enteros y exige cantidades absurdas de agua, no es menos cierto que el papel es un sumidero de CO2: en efecto, el carbono presente en el papel supone que por cada tonelada de papel se retiene el equivalente a 1,63 toneladas de dióxido de carbono. En cierto modo, esto implica que los libros que conservamos son una solución cultísima al cambio climático y que gracias a ese kilo de libros por español, se retendrían nada menos que 48.900 toneladas de CO2, efecto desde luego inesperado y muy rentable para nuestro país: el año pasado, con una cotización de veinte euros por tonelada de dióxido de carbono, España hubiese tenido que pagar casi un millón de euros por ese CO2. Hoy sólo tendría que pagar diez mil euros, porque el mercado se ha desplomado; mañana, ya veremos…
Lo esencial, en este caso, es la conservación del libro, que tarda por lo general muchos años en ser destruido y en devolver al ciclo natural su dióxido de carbono. En cambio el papel de los periódicos rápidamente se degrada o se quema, y su CO2 regresa a la atmósfera; además, la tinta contiene elementos muy contaminantes.
Por otro lado, el atril y las estanterías que acompañan a los libros suelen ser de madera, o sea, otro sumidero de CO2.
Añadamos, que los libros ni son especialmente cancerígenos ni al abrirlos liberan gases con efecto invernadero. Según algunas teorías revolucionarias, leer incluso puede resultar útil,

Según algunas teorías revolucionarias, leer incluso puede resultar útil,
y la hora en que lees no ves la televisión, así que ahorras energía y salvas las ballenas.
Me dirán Vds.: Sr. Español, eso que dice Vd. es la mayor falacia al Este de Ribadeo, la fabricación de papel genera más contaminación de la que Vd. cree, etc. Sin duda tendrán Vds. razón, pero, vamos a ver, Vds. de verdad, ¿qué prefieren? ¿Que la gente compre libros y los lea, o que se gasten la pensión en el bingo? Si consiguiéramos que los cenutrios que nunca leen un libro por lo menos compren alguno por motivos ecológicos, habremos dado un paso positivo. Teniendo un libro en casa, ¡a lo mejor van y lo abren! ¡A lo mejor incluso lo leen! ¡A lo mejor hasta lo entienden!
Una feliz conclusión, es que por malo que sea un libro, siempre tendrá una utilidad ecológica, a condición de conservarlo, y que en términos de CO2 tan valioso es el Quijote como la guía telefónica. ¡Qué consuelo para los autores de obras invendidas!