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La integridad, una estrategia vencedora PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Piensa en Liberal
Escrito por Joaquín Santiago Rubio   
miércoles, 10 de octubre de 2007

Si una familia, los López, que tiene un estándar de vida productivo, pacífico y amigable, pretende que esa amigabilidad y propensión a la paz es connatural también a sus vecinos pendencieros y “free riders”, los Ulianov o los de Mahmud, acabará permitiéndoles que invadan su salón, después su cocina y acaben totalmente con su felicidad. ¿Qué falló en esta familia?

Las ideas son herramientas indispensables para que los seres humanos abordemos la tarea de vivir. Según piensen, así acaban viviendo. Si los conceptos que desarrollan son esencialmente racionales y cumplen la premisa de Francis Bacon de que “para dominar la naturaleza, antes hay que obedecerla” es evidente que la prosperidad material, la supervivencia, están facilitadas. Contrariamente, al profesar conceptos esencialmente místicos sin componente de racionalidad, los resultados son, siempre, la perpetuación de la miseria originaria que caracteriza al “estado de naturaleza”.

Pero vamos algo más allá. Si una sociedad, es decir, la mayoría los individuos que la componen mediante sus diferentes formas de asociarse, y la mayoría de sus élites conciben sus ideas y el modo de vida que es congruente con ellas como algo más valioso que otras ideologías y modos de vida, su deber es defenderlas. No es coherente profesar un ideario, vivir de acuerdo a él y dejarse morir cuando es agredido. Una ideología así se muestra, como los viejos dioses, falsa, contradictoria en su núcleo e incapaz de dar vida a sus profesantes.

Si una familia, los López, que tiene un estándar de vida productivo, pacífico y amigable, pretende que esa amigabilidad y propensión a la paz es connatural también a sus vecinos pendencieros y “free riders”, los Ulianov o los de Mahmud, acabará permitiéndoles que invadan su salón, después su cocina y acaben totalmente con su felicidad. ¿Qué falló en esta familia?. Pues que introdujeron una premisa, en sus valores, contradictoria con las demás y actuaron, en consecuencia, erróneamente. ¿Piensan y actúan, por otra parte, de manera correcta los vecinos gorrones y agresivos?. Tampoco, porque, aunque parezca que salen adelante con sus “valores” y acciones, realmente están decididos a actuar así dado que viven bajo presupuestos morales con los que no son capaces de prosperar y crear climas cómodos por y para sí mismos y, lo que es peor, justifican con falacias su comportamiento gamberro. De ser unos incapaces pasan a tener que actuar como imperialistas “free riders”.Image

Esto ocurre en cualquier modelo de convivencia, sea entre individuos, grupos, estados y culturas. Dos son, por tanto, las premisas para juzgar una ideología: que lleve al éxito y que cumpla la prosperidad que promete mediante sus propios medios, sin agresiones. Estos requisitos son, en estos momentos, cumplidos exclusivamente por Occidente y por la ideología liberal-conservadora. Y podemos afirmar taxativamente que Occidente seguirá perviviendo sólo si adoptan sus ciudadanos y sus dirigentes estos valores de manera suficientemente mayoritaria.

La diferencia entre un liberal conservador y un “progre” o cualquier partidario de la distensión es que estos actúan como la familia inicialmente próspera del ejemplo y aquél penalizaría como fuese menester el comportamiento de su vecino. Supongamos que el “progre” o el “dialogante” está, de partida, de acuerdo con el valor de una vida productiva, respetuosa y serena, pero que introducen la premisa de que su estilo será compatible con los ajenos y que diligencia y pereza, respeto y abuso, democracia y dictadura pueden convivir. Su ideología está destinada a fracasar y desaparecer porque, al igual que el falso dios, se demuestra falsa. En un detalle solamente, pero falsa a fin de cuentas.

De esto colegimos que no es suficiente con manejar ideas correctas sobre cómo elevar el modo de vida y dignificarlo, sino que, de manera imprescindible, hay que introducir la total coherencia de todas sus premisas. Especialmente sensible es la premisa estratégica, es decir, aquella que define con claridad qué es admisible en los vecinos y qué no, qué ideas podemos asumir y cuáles son contradictorias con nuestro modelo.

Por todo ello hay que completar la afirmación inicial sobre que “las ideas son herramientas” añadiendo “...y armas”. Las ideas son, también, una modalidad de combate y la prevalencia de unas ideas determinadas deviene en el mantenimiento del modo de vida que se asienta en ellas. Parafraseando, por consiguiente, a Von Clausewitz, la guerra llega a ser la lucha ideológica a través de otros medios cuando sólo así se detiene al vecino abusón y caradura. Como nexo de unión entre ideas y guerra está la política, la cual debe ser coherente, siempre, con las primeras y no hacer ascos a la segunda.

Durante años, muchos conservadores norteamericanos, otrora en el poder, y la mayor parte de los europeos actuaron como los López, creyendo que las esencias del sistema político demoliberal y capitalista podrían difundir su ideal de paz haciendo fluir oleadas de dinero generado por ciudadanos productivos en sus países hacia dirigentes-Ulianov cuyas poblaciones estaban desoladas por la imposibilidad del socialismo de cumplir con su prometido paraíso. Esta “realpolitik” se mostró como lo que era, un falso dios, apoyándose no en la racionalidad del análisis sino en si mistificación. No era posible que el comunismo se diluyera si, en vez de refutarlo con nuestro planteamiento ideológico, político y militar, se satisfacía su “premisa pandillera” de sobrevivir a costa de los demás mintiendo a los suyos sobre el verdadero origen de los recursos que Occidente le enviaba más como pago a una “protección” mafiosa que como utilidad para un desarrollo autónomo de la población del Imperio Soviético. La consecuencia de esta impotencia occidental fue el reajuste de su ideología, la liberal-conservadora, hacia una mayor coherencia interna en la época Reagan-Thatcher.

La integridad del liberal-conservadurismo se muestra, como posición racional que es y por comprobación empírica, la única posibilidad de obtener doble éxito

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. Primero porque sus ideas económicas comprenden mejor la naturaleza de la acción humana, segundo, porque sus ideas políticas tienden un puente entre el pasado y el presente de las sociedades occidentales preservando las tradiciones que la sostienen e innovando en aquello que cumple con la prosperidad esperada. Segundo porque no ve el mundo irracionalmente sino que percibe la realidad exterior como lo que es, un mundo donde las premisas de la libertad no se cumplen y sobre el que, en caso necesario para la seguridad propia como para la liberación de los pueblos, le es legítimo moral y filosóficamente intervenir mediante la fuerza.

Ningún sátrapa, ningún “líder máximo”, ninguna pandilla revolucionaria tiene el más mínimo derecho a permanecer en el poder de sus países. Ningún gobierno occidental tiene, por contra, la obligación de intervenir ni de arruinarse en ese empeño pero, en caso de justicia ante un pueblo perseguido hasta el genocidio, de seguridad propia y de posibilidad cierta de no morir en el intento, un gobierno occidental debe intervenir.
Hoy la batalla es ideológica, política y militar, afecta a las fuentes energéticas, al modo de vida, a los valores y al liderazgo en esos asuntos.

Hoy el comunismo aún no está muerto pues pervive en Asia, aunque entrando en autocontradicciones, y es creciente en Latinoamérica, el islamofascismo surgió como ideología depredadora y se alía coyunturalmente a la izquierda mundial. El combate es el mismo de siempre y sólo si consideramos a nuestros valores tanto como una forma de vida como un modo de defensa, únicamente si aunamos principios morales y políticos por un lado, con los militares entendidos como extensión de aquellos, podrán las generaciones futuras disfrutar de los estándares de libertad que aún tenemos.

La concepción estratégica de las ideas no es una corrupción de las mismas, sino el asentamiento de sus pilares en el requisito de la máxima coherencia. Y, de todas las ideologías presentes en el mercado occidental, sólo las antedichas que aúnan la tradición conservadora occidental con la liberal –de verdad, no bajo la acepción anglosajona de “liberals”- son capaces de pasar la prueba.


Joaquín Santiago Rubio
Acerca del Autor:
Joaquín Santiago Rubio es maestro, Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
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