Federalismo PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Piensa en Liberal
Escrito por Fernando Álvarez Balbuena   
jueves, 18 de marzo de 2010

ImageEl federalismo es un sistema político ya superado en España, cuya unidad territorial, conservadora de fueros y costumbres, data nada menos que de los Reyes Católicos. El Estado de las Autonomías no es sino una organización vacía y una reduplicación de las funciones administrativas del Estado. Carece de sentido práctico. La monarquía integradora y valedora de la unidad nacional, se ve amenazada por un republicanismo insensato que amenaza con repetir por tercera vez los desastres de las dos primeras.

La antigua y genuina Monarquía Española, en cuanto a libertades y franquicias,

no ha sido superada, ni siquiera igualada, por la Revolución Francesa.

Julio Nombela

   Desde el reinado de los Reyes Católicos, cuyo matrimonio supuso la unión de los reinos de Castilla y de Aragón, ensanchados con la conquista de Granada, última taifa musulmana, y completados gracias a la posterior anexión del Reino de Navarra en 1513, toda España2 deja de ser un mosaico de “Estados” o “Reinos”, para convertirse en una unidad super territorial, regida por un solo rey, cuyo gobierno, aunque conservando y respetando costumbres, fueros y tradiciones, se impone a toda la Nación para armonizar y encauzar las diversas energías y peculiaridades de las distintas regiones, en beneficio de un concepto de Estado nuevo y más extenso, a la vez que más fuerte, más racional y más potente. Así se forma una poderosa entidad que es la nueva estructura política de España como Estado Moderno, realidad que suscitó la envidia de muchos reyes y políticos europeos, divididos en pequeños reinos atomizados y, muchos de ellos, aún con estructuras feudales.

  Entre los admiradores y envidiosos de la grandeza de España  estaba el gran maestro de la política, el florentino Nicolás Maquiavelo, quien deseaba para Italia una unidad similar a la alcanzada por Fernando el Católico, modelo según él de Príncipe racional, frío, competente y eficaz, constructor del concepto político de Nación, por encima del étnico, cultural y/o regional, que adolece de una enorme falta de proyección social y posee un elevado componente de pueblerinismo al que necesariamente habremos de referirnos, aunque no es nuestro propósito estudiarlo con profundidad en éste artículo.

   De cualquier manera, todos los tratadistas importantes de Ciencia Política que conozco, están de acuerdo en que la Nación no es un concepto ni territorial, ni cultural ni, menos aún, étnico-racial, sino político; esencial y radicalmente político, ya que la política es por definición el arte de lograr la convivencia humana3 y ésta no se basa ni en la raza, ni en la cultura, ni en otras causas que no sean el pacto y las conveniencias y, sobre todo, en que el tipo de convivencia que es necesario para la construcción política de la Nación, no le sea dado gratuitamente, sino que tenga que ser conquistado, aún a costa de sacrificios colectivos.

   Así pues, los postulados que informan el nacimiento de la Nación son la conveniencia, el devenir de las circunstancias, la defensa del territorio en que se asienta,4 los intercambios comerciales y, en una palabra, el fortalecimiento de la estructura del Estado que necesita, con necesidad de medio, de la cohesión y de la fortaleza que representa la unidad de unos ciudadanos con intereses comunes frente a las amenazas de todo tipo de quienes les rodean, sean militares, expansionistas, industriales o comerciales. Así pues, el concepto de Nación tiene poco que ver con una realidad cultural o biológica; la Nación es una construcción ideológica y, desde luego, pragmática, que ayuda a hacer más fácil la vida del Estado el cual, lejos de ser la consecuencia de una realidad nacional preexistente, es una creación política,5 buena muestra de lo cual son los grandes Estados multiculturales y multirraciales, e incluso multilinguistas como La India o La China, países en los que conviven más de cuarenta etnias y, por lo menos, un centenar de idiomas. Además, como es el caso de los Estados Unidos de América, la conciencia de expansión (of coast to coast) va pareja a la formación del Estado-Nación, pues el englobar recursos, añadir territorios e integrar poblaciones, es inherente a un mayor bienestar así como a la prosperidad y a la seguridad.

  De todas éstas premisas se sigue fácilmente la conclusión inevitable que ya estableció el viejo proverbio francés: “L´union fait la force”.

   Sin embargo, asistimos hoy a las afirmaciones de algunos –a quienes no sé si calificar de descerebrados- los cuales en territorios minúsculos como Vascongadas y Cataluña, insisten, unos en el llamado hecho diferencial (rh. negativo), los otros en el principio nacional, basado en una lengua y en una cultura propias. Ambas afirmaciones son falacias en cuya refutación no merece la pena gastar una línea más del presente trabajo.

   El concepto de Federación política se basa, pues, en una unión de diversos Estados que ceden parte de su propia soberanía en beneficio de una gran alianza corporativa, de una autoridad superior y común a todos ellos que, al disponer de unos recursos multiplicados por el agrupamiento, es capaz de acometer empresas políticas, comerciales, militares y de toda índole que la anterior situación de atomización y de aislamiento haría muy difícil permitir.

   Así pues, nos encontramos con que España, ya muy a principios del siglo XVI, cuando aún la mayor parte de Europa era un mosaico de pequeñas naciones,  terminada la Reconquista del último reducto musulmán e incorporada Navarra a los reinos de Castilla y Aragón, era un verdadero Estado Federal que fue, con bastante celeridad, transformándose en una fuerte unidad política capaz de expandir su poder e influencia a Europa, desde Valencia hasta Turquía, donde los almogávares combatieron en el Imperio Bizantino. Y también en Grecia, donde instauraron los Ducados de Atenas y Neopatria, proa avante de la armada aragonesa por un Mar Mediterráneo, auténtico Mare Nostrum, en el que, al decir del proverbio aragonés-catalán, “Hasta los peces llevaban en sus flancos grabadas las barras de Aragón”.

  Posteriormente, en 1494 el expansionismo aragonés, continuó su proyección exterior en las campañas de Italia, donde el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, se quejaba amargamente de que su rey (Fernando el Católico) le tomara cuentas por haberle ganado un reino. Mientras tanto, por su parte, la otra gran potencia española, Castilla, era capaz de emprender con medios escasos y heroísmo infinito, la gigantesca aventura americana, continente en el que se fundaron otros reinos a imagen y semejanza de la gran Nación que ya era España. Estos reinos tuvieron exactamente las mismas instituciones políticas y administrativas que España y en ellos el rey ejercía su autoridad a través de las Reales Audiencias, Reales Chancillerías, Capitanías Generales, etc. etc., exactamente igual que lo hacía en Sevilla o en Valladolid.

   La Monarquía, pues, representó el fuerte lazo de unión entre los distintos reinos españoles, fortaleciendo sus peculiaridades y conformado entre todos ellos una nueva concepción de la política más amplia y más potente y, sobre todo, más expansiva pues, aunque parezca un lugar común, toda política que genera fortaleza es expansionista y tiene vocación de imperio, sin que alcance a esta afirmación –y menos al imperio español- el sentido peyorativo que en estos extraños tiempos se da al vocablo “imperialista”. Porque el imperio español no fue un referente de esclavitud para los territorios conquistados, como lo fue para otras naciones, ni siquiera fue una inmensa fuente de riqueza para la corona de España. Gozó, desde sus inicios de un potente contenido teórico de humanismo y de legalidad pues los más importantes sabios, teólogos y letrados de la época, consultados por los reyes en estricta conciencia,  exoneraron con sus profundos conocimientos y sus leales saberes de toda intención avasalladora y torcida al espíritu de la conquista y al gobierno de la Monarquía. Como dice Salvador de Madariaga:

El imperio más rico y majestuoso que el mundo vio en trescientos años, fue cantera de donde Francia, Inglaterra y Holanda sacaron los materiales para los suyos. Estas tres naciones tenían que justificarse (…) España tenía que ser culpable para que Francia, Holanda e Inglaterra, y luego los Estados Unidos, salvaran su conciencia. Y como, desde luego, España cometió todos los errores y faltas que eran de esperar en una nación humana,  las otras tres no tuvieron otra cosa que hacer que generalizar y multiplicar los errores que España daba de si, mientras dejaban caer bajo la mesa los que ellos cometían de suyo. Y así se ha venido escribiendo la Historia de España.6

  La independencia de las veinte naciones americanas, andando el tiempo, no fue obra de los indios oprimidos, sino de los propios hijos y herederos de los españoles afincados en aquellas tierras, los criollos, que creyeron llegado el momento de su mayoría de edad y que prefirieron su propio autogobierno, lo que habrá de considerarse, menos que como pasos hacia la libertad, dados por Bolivar, San Martín y los demás líderes independentistas, más como claras fases de descomposición del cuerpo político que las había creado, pues el verdadero federalismo cooperativo y unificador español, nacido de la unión de los reinos peninsulares, empezó a decaer –y con él el imperio- cuando la monarquía tradicional española se descompuso por razones que no son de considerar en éste trabajo.

  Hablar, pues de federalismo y volver los ojos con la típica bobaliconeria española hacia naciones como Los Estados Unidos, Suiza, o Alemania, me parece absolutamente  inútil. Nuestro incomprensible complejo de inferioridad, labrado por un infausto siglo XIX, nos impide mirar a nuestro interior y buscar las fuentes de nuestra organización política en los anales de nuestra propia historia, bastante más rica y bastante más didáctica que la de los países a que acabamos de referirnos. Un hombre tan poco dado al narcisismo como Julián Marías decía en una memorable tercera de ABC que, “a pesar de nuestras miserias y a pesar de todos nuestros complejos, España es un gran país, con una gran tradición”.  Por lo tanto, es hacia esa tradición y hacia las enseñanzas de nuestra historia a donde tenemos que volver nuestros ojos y, examinando con atención lo que otros tratan de minusvalorar, o incluso de ignorar, aprender, revivir y establecer los principios de lo que debiera de ser nuestra verdadera y genuina organización política.


 
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