Democracia, egoísmo y moralidad PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Piensa en Liberal
Escrito por Sebastián Urbina Tortella   
jueves, 29 de enero de 2009

ImageLa idea central de este artículo se refiere a si el interés propio como guía de la conducta de los ciudadanos, hablando en general, es suficiente para que una sociedad democrática funcione de forma adecuada y esté defendida por sus ciudadanos frente a sus potenciales enemigos. ¿Por qué esta referencia al interés propio, al egoísmo personal? Porque los análisis y estudios sobre la sociedad, en sentido amplio, no pueden ignorar, ni ignoran, la importancia del llamado ‘homo economicus’.

Como es sabido, con el ‘homo economicus’ se hace referencia a un tipo de comportamiento que se supone que es el habitual. Al menos en las personas que viven en Occidente, como nosotros. He dicho ‘Occidente’ porque no está claro que podamos aplicar este tipo ideal a todos los habitantes del planeta y a todas las culturas. Resumiendo, en el análisis social se suele asumir que los seres humanos actuamos en un entorno de escasez y perseguimos racionalmente nuestro propio interés. 

¿Cómo se supone que actúa este homo economicus, es decir, nosotros? Al hablar de homo economicus parece conveniente decir algo, también, de la acción humana, porque lo que nos interesa del homo economicus es su conducta, sus acciones. Este es precisamente el título  (‘La acción humana’) de la obra más relevante del gran economista, Ludwig von Mises (1881/1973). Su punto de partida es el axioma de que el hombre actúa. Ahora bien, no se refiere a cualquier actuación sino a los actos deliberados para pasar de una situación insatisfactoria a otra situación más satisfactoria. Esto sólo tiene sentido, según Mises, en un determinado lugar y tiempo, criticando así los análisis intemporales. Por tanto, la acción humana, así considerada, sería racional porque pretende salir de una situación insatisfactoria a otra más satisfactoria. 

Uno de los artífices actuales de la teoría de la acción racional es el economista y premio Nobel, Gary Becker. Según este economista, de tendencia liberal, actuamos de forma que tratamos de maximizar nuestros intereses, o beneficios, o ventajas materiales. Esto no significa que todos y cada uno de los miembros de la sociedad actúe de esta manera durante todo el tiempo. Lo que significa es que, en general, actuamos tratando de optimizar nuestros intereses. 

Ahora bien ¿es cierto que el homo economicus, tal como lo hemos descrito, se comporta racionalmente? Hay motivos para dudarlo. Por ejemplo, es relativamente habitual que muchas personas prefieran la gratificación inmediata aunque sepan que, a medio o largo plazo, su conducta (inicialmente gratificadora) les será perjudicial. Fumar sería un caso típico. Puede darme satisfacción inmediata pero yo sé que, a más largo plazo, perjudica mi salud. Lo que sería racional si no me importara perder mi salud, pero no suele ser el caso. 

Con otras palabras, el ser humano está dividido (en un mismo instante) entre deseos o preferencias que pueden estar en conflicto. Fumar o no fumar, preferir mis propios intereses o apoyar los intereses de otras personas, gastar mi dinero en francachelas o ahorrar, etcétera. Es decir, conviven en cada persona, un yo racional y calculador y un yo pasional e inconsecuente, conviven intereses propios y, también, la preocupación por los demás. Pero la convivencia entre ambas personalidades, entre ambos yoes, es a menudo conflictiva. 

Frente a la idea de racionalidad entendida como optimización de mis intereses o preferencias, vamos a recordar el concepto de ‘racionalidad limitada’ elaborado por el premio Nobel de Economía Herbert Simon (1916/2001). Según Simon, los seres humanos somos parcialmente racionales. Por tanto, frente a la idea del homo economicus, maximizador de sus intereses o preferencias, Simon defiende que los seres humanos persiguen solamente la obtención de resultados suficientemente satisfactorios, no necesariamente óptimos. 

Esto sería así por las limitaciones que los seres humanos tenemos para alcanzar soluciones óptimas, especialmente en situaciones de incertidumbre, que es lo habitual. O sea, los agentes económicos no conocen toda la información que es necesaria para alcanzar estos resultados óptimos.  

Dicho esto, recordemos dos ideas centrales de otro economista, Adam Smith. Decía el gran economista y filósofo moral escocés que una “mano invisible” guiaba al mercado hacia la eficiencia. De ahí su famosa y conocida frase en su obra, ‘La Riqueza de las Naciones’: ‘No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena sino de su preocupación por sus intereses’. Por tanto, según esta línea de pensamiento, el mercado determinaría los precios y asignaría recursos y bienes de manera eficiente cuando todos los actores defiendan, egoístamente, sus propios intereses. 
 
Sin embargo, Adam Smith había dicho en su obra, ‘Teoría de los Sentimientos Morales’ que: ‘... por muy egoísta que se suponga a las personas hay algo en su naturaleza que los insta a preocuparse por la ventura y la felicidad de los demás, no obteniendo de ello otro beneficio más que el placer de observarlas’. 

Hemos visto que Adam Smith destaca, por una parte, el propio interés egoísta de cada ciudadano y, por otra parte, destaca la simpatía altruista que sentimos hacia los demás. Pero ahora me interesa dar otro paso y preguntar por el problema del adecuado funcionamiento de la democracia. ¿Puede la democracia funcionar adecuadamente si los ciudadanos somos egoístas racionales que sólo, o preferentemente, nos ocupamos de nuestros propios intereses? 

Es decir, voy a suponer que la democracia necesita motivaciones movilizadoras, dado que las reglas y los procedimientos democráticos, por sí solos, no son suficientes para motivar el comportamiento político democrático de los ciudadanos y defender la democracia de sus potenciales enemigos.  

Antes de seguir, quisiera hacer una referencia al egoísmo racional y no racional. Hasta ahora hemos hablado de ‘egoísmo racional’. Esto parece suponer que hay otro tipo de egoísmo, el egoísmo irracional o no racional. Una escritora de origen ruso, afincada en Estados Unidos, Ayn Rand (1905/1982) decía que ‘cada hombre es un fin en sí mismo y debe existir por sí mismo y para sí mismo. Sin sacrificarse por los demás, ni sacrificando a otros para sí mismo’. Es más, consideraba que el altruismo es un vicio ya que condena a los hombres a satisfacer las necesidades de los demás en vez de satisfacer las necesidades propias.

 

Por otra parte, opinaba que el altruismo suele terminar en un colectivismo, porque para las personas altruistas, los egoístas racionales son una especie de delincuentes morales que sólo piensan en sí mismos. Y por supuesto, los delincuentes morales merecen algún tipo de castigo. Este planteamiento de Ayn Rand es interesante pero plantea algunas dificultades. 

Suele suceder que el énfasis en el altruismo obligatorio (en forma de ley o de presión social) tiende al colectivismo y el colectivismo, como algo opuesto al individualismo, supone una pérdida, mayor o menor, de la libertad individual. Esto parece correcto y seguramente se entenderá mejor si distingo entre perfeccionismo personal y perfeccionismo social. Mientras que es bueno que las personas, voluntariamente, se propongan metas de perfeccionamiento personal, es malo que alguien establezca algún tipo de perfeccionismo social, porque vulnera la libertad de las personas. Por cierto, los perfeccionismos sociales son típicos de las sociedades totalitarias. 

El interés propio puede ser, paradójicamente, perjudicial para nuestros intereses. Dicho de otro modo, un énfasis excesivo en mi propio interés puede perjudicarme. Decía John Stuart Mill: ‘Jamás había dudado sobre la convicción de que la felicidad constituye el punto crucial para todas las reglas de conducta y sobre el fin de la vida... Pero entonces pensé que tal fin sólo podía esperarse si no se lo convertía en un fin directo... Sólo son felices (pensé) quienes tienen las mentes fijas en algún otro objetivo diferente de la felicidad propia... Cuando se apunta de esta manera hacia algo distinto se encuentra la felicidad en el camino’. Esto es lo que significa que pensar demasiado en uno mismo puede perjudicar nuestro propio interés. Si es que estamos interesados en ser felices. Esta cita también nos recuerda que la felicidad es un subproducto. Es decir, no es algo que pueda alcanzar a golpes de voluntad. 

Bien, dejemos aquí este inacabado problema del egoísmo y la felicidad y volvamos a nuestro problema inicial.  

¿Cuál es el fondo del problema que estamos tratando? El problema de fondo es que la sociedad europea sufrió, especialmente desde los siglos XVII y XVIII (en que se produce la llamada revolución científico-técnica) un intenso proceso de secularización. Dicho de otro modo, la religión dejó de ser el fundamento explicativo y justificador de las instituciones y de la propia sociedad. La religión se trasladó del ámbito público y privado, al ámbito privado de las conciencias individuales. Por utilizar una metáfora, se rompió el cordón umbilical entre Dios y el hombre. A partir de entonces, el hombre busca explicaciones y justificaciones terrenales para la sociedad y sus instituciones. No trascendentes. Tal vez una anécdota ayude a entender mejor el clima intelectual y moral de la época que estoy comentando. 

El llamado Newton francés, Pierre-Simon Laplace, físico, astrónomo y matemático, (1749/1827) escribió un famoso compendio de astronomía titulado ‘Mecánica celeste’. Cuando lo presentó a Napoleón, éste le preguntó: ¿Cómo habéis escrito este libro de astronomía sin haber mencionado a Dios ni una sola vez’. A lo que Laplace respondió: ‘No he tenido necesidad de esta hipótesis’. 

El problema que nos ocupa es que las sociedades democráticas actuales, para funcionar adecuadamente, necesitan una fuerza motivadora y movilizadora. Y esta fuerza motivadora era, en el pasado, la religión. Una vez que la religión se traslada al ámbito privado y ya no sirve como justificación de la vida pública, nos preguntamos si basta el egoísmo individual, el interés propio, para el buen funcionamiento de la sociedad. Parece que no basta. 

Así lo vieron importantes pensadores como Henri de Saint-Simon (1760-1825). Se dio cuenta de que la nueva sociedad industrial del siglo XIX no se bastaba a sí misma en ausencia de algún tipo de religión. Percibió que la ciencia, la técnica, la industrialización, no eran suficiente fuerza motivadora para conseguir una buena conducta ciudadana. Había que buscar algún tipo de utopía que pudiera sustituir a la religión, que había sido trasladada al cuarto trastero.  

Algo parecido sucedió con el fundador de la sociología, Augusto Comte (1798-1857). Se dio cuenta de que la nueva sociedad industrial y científica no podría prosperar sin un marco ideológico motivador. A este respecto, Comte propuso ‘la religión positiva de la humanidad’ que estaría basada en el culto a la ingeniería, que viene a ser el culto al progreso de la mano de la técnica. Algo parecido sucedió con el sociólogo alemán Ferdinand Tönnies, o el socíólogo francés Emile Durkheim. Este último sugirió que los ciudadanos debían interiorizar la búsqueda de la verdad, la claridad y el rigor en la argumentación y otras virtudes propias de los científicos, que serían los auténticos referentes sociales. En resumen, se trataba de la búsqueda desesperada de un sustitutivo de la religión. El problema es que no lo encontraban. 

Hay que reconocer que ya no vivimos, al menos en Occidente, en sociedades fuertemente impregnadas de religión, como era la sociedad europea medieval. Seguramente con la excepción de los Estados Unidos. Esto hace, todavía, más difícil encontrar un sustitutivo de la religión.  

Si solamente sustentamos la democracia con razones autointeresadas, la democracia está y estará en precario. Esta es mi tesis. Pero si tengo razón, necesitamos, además de razones autointeresadas otro tipo de razones. ¿Cuáles pueden ser?  Las razones morales. Pero ¿de dónde sacamos las razones morales y las incorporamos a nuestras conciencias?  

Una posible salida a esta situación sería apoyar la fuerza motivadora de la libertad. Las democracias occidentales son las únicas que disfrutan de una libertad que permite, dentro de ciertos límites, perseguir los propios deseos, intereses y objetivos. En consecuencia, deberíamos respaldar y apoyar la democracia porque es la mejor opción que existe, comparativamente hablando. Es decir, no hay otras formas políticas que ofrezcan tantas posibilidades, como la democracia, de dirigir nuestras vidas en libertad. Esta podría ser la fuerza motivadora que buscamos. 

Pero ¿es el individualismo autointeresado suficiente fuerza motivadora? Parece que no. Vamos a ofrecer, por tanto, dos propuestas de solución del problema. Por una parte, el ‘patriotismo emocional’ y, por otra parte, el ‘patriotismo constitucional’. ¿Podrían ser un sustitutivo moderno de la religión y ser capaces de proporcionar suficiente fuerza motivadora para los ciudadanos? 

Si prescindimos del ‘patriotismo emocional’, por sus evidentes peligros para la libertad y la democracia, como es de ver en la reciente historia de España, con los nacionalismos periféricos, nos quedaría la opción del ‘patriotismo constitucional’. 

Se trataría de sustituir el llamado ‘agarradero’ o ‘asidero’ (algo a que agarrarse, ideológicamente hablando) del ‘patriotismo emocional’, vinculado a la tribu local, por un ‘agarre’ universal vinculado a los derechos humanos y, al mismo tiempo, a la identidad nacional. Tendríamos, por tanto, una opción con dos aspectos. Por una parte, el ‘agarre local’ y, por otra parte, el ‘agarre’ de los derechos humanos. 

Debo destacar lo siguiente. Los nacionalismos identitarios que sufrimos en España, dicen que respetan los derechos humanos. Pero esto es falso. No respetan los derechos humanos cuando no les conviene. El éxodo de más de doscientos mil vascos es un dramático ejemplo de lo que digo. En Cataluña, un hijo ilustre como Albert Boadella, ha tenido que marcharse de su tierra por el acoso de los catalanistas y el vacío de la mayoría silenciosa. Así lo ha dicho públicamente en su libro ‘Adiós a Cataluña’. 

Por tanto, si los derechos humanos, sin ningún ‘agarre’ local o identitario, no son suficientes, como fuerza motivadora y movilizadora, tendríamos que convivir con dos fuerzas motivadoras, potencialmente conflictivas. Por una parte, nuestra identidad cultural (que puede ser transversal) y los derechos humanos. En el bien entendido de que, en caso de conflicto entre las exigencias de nuestras identidades culturales, y los derechos humanos, deben vencer las exigencias de los derechos humanos. 

En otro caso, caeríamos en la ciénaga del ‘patriotismo emocional’.

Sebastián Urbina Tortella
Acerca del Autor:
Sebastián Urbina Tortella ha sido profesor Titular de Filosofía del Derecho en la Universidad Illes Balears. Ha sido profesor de la UNED, abogado en ejercicio y, posteriormente, Magistrado Suplente en la Audiencia Provincial de Baleares. Ha publicado artículos en revistas internacionales como Ratio Iuris, Rechthstheorie, Archives for Philosophy of Law and Social Philosophy, Law and Philosophy, Ars Interpretandi, y Associations.
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