Y en España el poder ha sido de muy distinto signo y frecuentemente muy sectario. A Felipe Trigo no se le editaba y no se le conocía en tiempos de Franco porque era un sucio escritor erótico, pero ahora, en cambio, es un interesante escritor en alza. El autor de teatro, Albert Boadella, hoy es un muerto civil en Cataluña porque en su teatro ha descuartizado a los nacionalistas y al que fue presidente de la Generalidad de Cataluña, Jordi Pujol, pero, con el paso de los años será uno de los autores de referencia y señeros del teatro español de las últimas décadas del XX y primeras del XXI.
Así hacemos las cosas en España, por filias y fobias
Pero volvamos a Espinosa. Dice su biógrafo, Manuel Almeida, que entre 1911-17 estudia el bachillerato en La Laguna, período en que inicia su labor literaria, bajo la influencia de Rubén Darío.
A los 17 años se traslada a Granada para iniciar los estudios de Filosofía y Letras y allí conoce a María Ana, que será la protagonista de algunos de sus textos, entre ellos de Crimen. Continuó sus estudios en Madrid y se doctora con una tesis sobre Clavijo y Fajardo.
Catedrático de Instituto en 1928, cátedra de la que será retirado más adelante debido a su vinculación al activismo surrealista y al hecho de haber sido el autor de un texto tan revulsivo como Crimen; y sin que jugara a su favor el hecho de que en 1936 se había hecho falangista. En 1938 le reponen en la cátedra, pero ya poco después, el 28 de enero de 1939, en Los Realejos (Tenerife), murió.
De lo no mucho que sé de Agustín Espinosa, advierto que es uno de los cultivadores de una prosa en la que lo que importa es el arte por el arte, no el arte utilitario, una escritura creativa, lúdica, surrealista y radical; una escritura que no gusta al poder porque la creación artística pura es algo que se escapa de la sumisión que es como quieren las gentes instaladas en el poder que sean los escritores. Agustín Espinosa fue, en el sentido amplio del término, un heterodoxo y así le aplastaron los acontecimientos.
En el libro que comento, p. 88, hay un texto suyo, "La fiesta de la sangre", que puede orientar al lector acerca de cómo es su escritura. Dice:
"Todos contra uno. Todos apuñalándole. Le manaba la sangre por el cuello y costados, mientras huía por una larga calle. Se le caía el corazón, y se paró un instante a alcanzarlo, para seguir después la trágica fuga. Caía la sangre sobre la acera, sobre los quicios de las puertas, sobre las agudas esquinas. Perros y niños pululaban tras los cuajarones, en ardorosa pelea. Lamían unos y otros apresuradamente.
Y mientras la lengua andaba aún sobre la sangre en flor, ya los ojos acariciaban el charco inmediato.
Cayó, al fin, junto a un muro de solar enlodado, y se revolcó primero en el cieno y la sangre, para quedar después cara al cielo, las manos agarrotadas, y desorbitados los ojos e inertes. Alguien, al pasar, dio un grito de espanto y arrojó sobre el roto pecho un manojo de fresas".
Sin duda, es literatura en estado puro; creación por el placer de la creación.
En Espinosa parece que culmina una corriente, la del irracionalismo, que había sido una de las señas de identidad de los escritores del 98. Muchos de los que integran la nómina del 98 habían seguido las tendencias filosóficas marcadas en Europa por Nietzche, Schopenhauer, Kierkegard y Bergson, es decir, el irracionalismo, el existencialismo y el vitalismo, fórmulas que están en la renovación de la prosa del siglo XX y que están en la creación artística pura y en el surrealismo y en las vanguardias. En este último estadio de la evolución se encuentra Agustín Espinosa. Es, por lo tanto, uno de los últimos eslabones en lo que a la renovación del lenguaje literario (la prosa) del siglo XX se refiere y, aunque no sea, un escritor mayor ni por la producción, escasa, ni por la originalidad, no es un escritor prescindible. Llega al final y da testimonio de un movimiento de renovación de la prosa, no de descomposición de la misma como debieron pensar algunos de sus contemporáneos, sus perseguidores.
En España cuando no entendemos a alguien lo perseguimos o, en el mejor de los casos, lo descalificamos y por eso muchos españoles han peregrinado por cárceles y exilios.

En España cuando no entendemos a alguien lo perseguimos o, en el mejor de los casos, lo descalificamos y por eso muchos españoles han peregrinado por cárceles y exilios.
Triste sino.
En política sucede lo mismo. Zapatero hoy descalifica a la oposición, al PP. Y con ello está minando las bases de la democracia, del funcionamiento democrático. Así empezó Venezuela y está donde está.
Esta es la lectura, mi lectura, y la lección de Agustín Espinosa.