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Abstencionismo, Libertad y Democracia Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Piensa en Liberal
Escrito por Marcos Álvarez Díaz   
martes, 30 de octubre de 2007

Tocqueville y el pasotismo político.
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En las últimas elecciones celebradas el 27 de mayo, conciudadanos de gran valía moral e intelectual me confesaron su pesimismo y decepción para con la clase política a derecha e izquierda del espectro. Severamente críticos y analíticos con el sistema, demandan listas abiertas, una reforma que haga más participativo y plural al juego de la democracia así como mecanismos que eviten a las fuerzas de mínima representatividad, actuar de bisagras por caprichos de la aritmética parlamentaria. Se niegan a comulgar con el procedimiento y aportan, no sin juicio, alternativas que les darían satisfacción. Muchos han adoptado la legítima decisión de no ejercer su derecho al voto y quedarse en casa el día de las elecciones. Mis respetos morales e intelectuales: he aquí el abstencionista activo.
ImageSin embargo en el mismo saco entran otros, que por falta de voluntad o medios descuidan sus deberes cívicos. El abstencionista pasivo, no muestra interés alguno por actualizar la información que necesita para alcanzar el juicio crítico y la capacidad de acción. Tampoco diversifica los canales de entrada de esa información y engulle como el cachalote con el krill, cuanto su emisora o tele de confianza le inoculan. Para cuando llega la inexorable cita con la democracia cada cuatro años, el pasivo no tiene opinión creada al respecto y cae en la abstención, o más bien en la inhibición.
Es el momento de recitar el mantra, de cantar todos a coro un ritornelo familiar. Una vieja canción titulada “son todos iguales”. En las cenas, bodas y banquetes, entre compañeros de trabajo, amistades y familiares siempre suena un genérico “ son todos iguales”, para referirse a los pilotos de la polis. En la cena de Nochebuena con el cuñado o con la abuela, siempre llega un “son todos iguales” que pone fin a las reflexiones políticas como el mazazo del juez sobre la mesa.
Desgraciadamente, en este aforismo tan breve y útil (como verdadero en ocasiones) se sacuden los apáticos a menudo, la terrible responsabilidad del compromiso democrático. Parece sencillo despachar una decisión fundamental con la mencionada cantinela. Parece también que las conquistas en el campo de las libertades civiles a lo largo de los últimos dos siglos nos han comprado un billete de ida y vuelta de súbdito a ciudadano. Somos súbditos y siervos no ya de los privilegios como en el antiguo régimen, sino de nosotros mismos, del instinto gregario tan propio de nuestra especie que no nos permite ver más allá. Hijos de la masa.

La menguante implicación del ciudadano en la gestión de la polis no es un mal de los tiempos modernos. Decía Alexis de Tocqueville, aristócrata él de gran linaje (y sin embargo el más constante demócrata que haya empuñado una pluma), que uno de los peligros de la democracia estriba en la falta de compromiso para con ella del homo democraticus. Esa criatura salida triunfante de la revolución y que empieza a escrutar el horizonte de su recién adquirida libertad. A la servidumbre de los privilegios le sustituye la servidumbre del microcosmos, del aquí y el ahora, de la tranquilidad y el bienestar, de la inhibición preventiva. Mientras el hombre pequeño de pequeñas miras se mete en sí mismo y deserta de ejercer su ciudadanía responsable, un inmenso poder se va formando sobre su cabeza sin que él lo sepa, como un negro nubarrón. Tanto más tiránico será el Estado, cuanto que al ciudadano más le parezca este una cornucopia o un tutor que le lleva de la mano como a un niño. Lejos de reaccionar, se encierra cada vez más en su concha y duerme plácidamente la siesta con la barriga llena y una bovina sonrisa de satisfacción en los labios. Tan grandes son las cadenas que el pobre desgraciado carga sin saberlo cuanto que su dependencia del Estado-Providencia aumenta más y más.
Le da igual quien gobierne sus destinos y lo que haga, siempre que no le toquen su medio de subsistencia, su vino y su equipo de fútbol o tonadillera favorita. Los periódicos, las asociaciones ciudadanas, los sindicatos y las mismas instituciones democráticas del sufragio y el parlamento le inspiran un aburrimiento insoportable. He aquí la menos deseable de las sociedades civiles. He aquí el totalitarismo y la tiranía a un paso.

Lo más divertido de la somnolencia democrática del abstencionista pasivo es que a largo plazo, es contraproducente, donde él la considera práctica:
“Si no te ocupas de la política, la política se ocupará de ti” rezaba una pintada en un muro, no recuerdo donde ni recuerdo cuando.
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Marcos Álvarez Díaz
Acerca del Autor:
Marcos Álvarez Díaz  (Oviedo, 1976), es profesor de enseñanza secundaria.
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