Wilt de Tom Sharpe PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Personal
Escrito por José María Fernández Gutiérrez   
viernes, 19 de junio de 2009

ImageAcabo de leer la novela titulada Wilt de Tom Sharpe y como habitualmente, cuando cito libros y lecturas, saco yo las consecuencias o aplicaciones a los casos y cosas que suceden en la España actual, hoy voy a hacerlo de otra manera. Voy a citar una serie de temas que he anotado como interesantes al leer la novela, voy a poner un texto o ejemplo y voy a dejar al lector que deduzca lo que crea que debe deducir. Y así.
Empiezo: 

      Págs 17 y 18: Muestra estúpida de cómo, con qué criterios y con qué verborrea discuten los profesores el posible ascenso de categoría de uno de sus colegas. (Resulta aleccionador y sumamente ilustrativo de cómo está el mundo de la enseñanza):

“—Lo que pasa con Wilt, en mi opinión, es que le falta empuje —dijo el jefe del Departamento de inglés que era, por su parte, un hombre débil que tendía a enfocar y resolver los problemas con un grado de error que compensaba su falta natural de autoridad.

£1 Comité de Ascensos asintió con un gesto global de cabeza por quinto año consecutivo.

—Quizá le falte empuje, pero es un individuo comprometido —dijo el señor Morris, librando su combate anual desde la retaguardia en favor de Wilt.

—¿Comprometido? —preguntó con un bufido el jefe del Departamento de Abastecimiento—. ¿Comprometido con qué? ¿El aborto, el marxismo o la promiscuidad? Ha de ser con una de esas tres cosas. Aún no he conocido ni a un solo profesor auxiliar de Humanidades que no fuese un chiflado, un pervertido o un revolucionario radical, y muchos de ellos eran las tres cosas.

—Bien, bien —dijo el jefe del Departamento de Ingeniería Mecánica, en cuyos tornos un alumno chiflado había fabricado varias bombas de tubería.

El señor Morris se encrespó.

—Admito que uno o dos profesores auxiliares han sido... en fin... un poco exaltados políticamente, pero rechazo la imputación de que...”

      “—¿Tenemos que ascender únicamente por razones administrativas? —preguntó cansinamente el señor Morris—. Da la casualidad de que Wilt es un excelente profesor.

—Si se me permite un comentario —dijo el doctor Mayfield, jefe del Departamento de Sociología—, en este momento es vital que tengamos en cuenta que, dada la introducción inminente del título de licenciatura especial conjunta en Estudios Urbanos y Poesía Medieval, título cuya aprobación provisional por el Consejo Nacional de Títulos Académicos tengo el placer de anunciar, al menos en principio, mantengamos una actitud viable en cuanto al personal en lo que respecta a los profesores titulares, adjudicando plazas a candidatos con conocimientos especializados en esferas determinadas de la actividad académica en vez de...

—Si se me permite interrumpir sólo por un momento —dijo el doctor Board, titular de Idiomas Modernos—, ¿quiere usted decir que deberíamos tener puestos de profesores titulares para especialistas muy cualificados que no saben enseñar en vez de ascender a profesores auxiliares sin doctorado que sí saben?

—Si el doctor Board me hubiese permitido continuar —dijo el doctor Mayfield— habría podido entender que lo que yo decía...” 

      Pág. 44. El autor se mofa de las reuniones  “pijas” y de los catedráticos obtusos.

“¿Y lo del Ponche Pringsheim? ¿Cómo sería aquello? Un grupo de catedráticos fumando porros y hablando de sistemas de manipulación de datos de carácter teórico o de la influencia del hegelianismo pre-Popper en el panorama dialéctico contemporáneo, o algo igualmente ininteligible, y utilizando joder y cono de vez en cuando para demostrar que eran humanos, a pesar de todo.

—Y tú, ¿qué haces? —le preguntarían.

—Bueno, yo, en realidad, estoy dando clases en la Escuela de Artes y Oficios.

—¿En la Escuela de Artes y Oficios? Es terriblemente interesante —mirando por encima del hombro hacia objetivos más estimulantes, y Henry acabaría la velada con alguna mujer horrorosa que estaba convencida de que las Escuelas de Artes y Oficios cumplían una función real y que se daba una importancia excesiva a las tareas de tipo intelectual y que había que orientar a la gente de modo que estuviese socialmente coordinada y que eso era lo que estaban haciendo las Escuelas de Artes y Oficios, ¿no? Wilt sabía muy bien lo que estaban haciendo las Escuelas de Artes y Oficios. Pagando a gente como él 3.500 libras al año por mantener tranquilos durante una hora a los instaladores de gas.” 

      Págs. 86 y 87. Palabrería intelectual a cerca de la liberación de la mujer. (También sirve para el caso de los mítines y de la palabrería de personajes políticos que arrastran tras sí a gentes y gentes sólo por el hecho de que queda bien y es “progre”).

      “-Ya verás, Eva se apartará de los Pringsheim en una o dos semanas. Son sólo una moda más.

-Una moda con muchísimas ventajas, si he de serle sincero –dijo Kilt-. Dinero, posición social y promiscuidad sexual. Yo no puedo darle ninguna de esas cosas, y, además, todo adornado por un montón de palabrería intelectual sobre la liberación de las mujeres y la violencia y la intolerancia de la tolerancia y la revolución de los sexos y que no eres plenamente maduro si no eres ambidextro. En fin, suficiente para vomitar. Y es precisamente el tipo de paparruchas que más encandilan a Eva. En fin, estoy seguro de que Eva sería capaz de comprar arenques podridos si algún payaso bien situado en la escala social le dijese que son una comida refinadísima. ¡No hay cosa más crédula y boba que ella! 

      Págs. 179 y 180. Los periodistas  van a la carroña. No les importa el rigor de las noticias. Les importa el ruido, el echar basura sobre casos y personas para que se venda su periódico.

      “Lo mismo sucedió con la entrevista del señor Morris con el encargado de la sección de sucesos del Sunday Post.

—Claro que no le dije a la policía que mi política era contratar a maníacos homicidas —gritaba el señor Morris al periodista—. Y, en cualquier caso, lo que dije era, a mi entender, una revelación estrictamente confidencial.

—Pero ¿dijo usted que cree que Wilt está loco y que muchos de los profesores de artes liberales están chiflados?

El señor Morris miró con desprecio al periodista.

—Para ser exactos, lo que yo dije fue que algunos están...

—¿Mal de la cabeza? —propuso el periodista.

—No, mal de la cabeza no —gritó el señor Morris—. Sólo, bueno, digamos, un poco desequilibrados.

—Eso no es lo que la policía dijo que había dicho usted. Dijeron...

—A mí no me importa lo que la policía dice que he dicho. Yo sé lo que dije y lo que no dije y si está usted insinuando...

—Yo no estoy insinuando nada. Usted declaró que la mitad del cuerpo docente están chiflados y yo lo que intento es verificarlo.

—¿Verificarlo? —bramó el señor Morris—. Me atribuye usted palabras que jamás he pronunciado y llama a eso verificarlo. ..

—¿Lo dijo usted o no? Eso es lo que le pregunto. En fin, si expresa usted una opinión sobre su personal...

—Señor MacArthur, lo que piense yo de mi personal es cosa mía. No tiene absolutamente nada que ver con usted ni con el periodicucho al que usted representa.

—Pues el domingo por la mañana habrá tres millones de personas interesadas en leer su opinión —dijo el señor MacArthur- y no me sorprendería nada que ese tal Wilt le demandase a usted, si es que algún día logra salir de la comisaría.” 

      Y así con este y otros temas más hasta que en la p. 255, ya casi al final de la novela, se afirma que los alumnos del Instituto Politécnico deberían aprender el “cómo de las cosas y no el porqué”. Deberían aprender “a leer y a escribir”. “A fabricar cerveza”. Algo práctico. Algo útil a la sociedad.

      ¿No les parece que tras la lectura de Kilt uno se puede plantear alguna de las estupideces con las que convive?

      Y son muchas.


José María Fernández Gutiérrez
Acerca del Autor:
Catedrático de Lengua Española de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona
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