Vino y literatura; y prohibiciones políticas PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Personal
Escrito por José María Fernández Gutiérrez   
lunes, 09 de noviembre de 2009

Image Me ocupo, a lo largo de las páginas que siguen, de cómo las bebidas alcohólicas, particularmente las derivadas del cultivo de la vid, conforman un estilo de vida y una peculiar visión del mundo;  y lo hago mediante el análisis y estudio del alcance y significado de las citas a la bebida que aparecen en dos libros de Luis Mateo Díez, en uno de Julio Llamazares, en textos variados, particularmente bíblicos y en “El manuscrito de piedra” de Luis García Jambrina.  Pero también hago una incursión en los intentos de legislar contra el vino por parte de una ministra española que se creyó importe, muy importante y omnipotente.
 
Luis Mateo Díez nació en Villablino (León) en 1942. Es académico de la Lengua. Entre sus primeras obras narrativas figuran: Memorial de Hierbas  (1973), Apócrifo del clavel y la espina (1977), Relato de Babia (1981) y títulos fundamentales en su carrera literaria: Las estaciones provinciales (1982), La fuente de la edad (1986), por la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica, Las horas completas (1990) y una larga lista de títulos más recientes. 
     Aunque en casi todas sus obras se hallan datos interesantes sobre el tema que nos ocupa, nosotros hemos elegido, en este orden, Las horas completas porque en ella el alcohol aparece como un recurso eficaz para la liberación de los demonios personales y Las estaciones provinciales porque es una muestra de un estilo de vida colectiva aficionada a los tugurios, más que tabernas, provinciales.
     Julio Llamazares, también leonés, es autor de relatos capitales en la narrativa actual, como Luna de lobos (1985), La lluvia amarilla (1988) y El río del olvido (1990). Y los más recientes. 
     En este esbozo del vino en la literatura nos ocupamos de otro libro suyo, entre humorístico, irónico y reivindicativo de un personaje que adquiere la categoría de símbolo o mito y que utiliza el alcohol (el orujo) como fórmula para salir del rebaño de la colectividad anónima y aunque para algunos el camino elegido sea degradante, para otros es el camino, la vía de la fama por la que este personaje heterodoxo pasa a la historia. Nos referimos a El entierro de Genarín, subtitulado Evangélio apócrifo del último heterodoxo español, publicado inicialmente en León, Ediciones del Teleno, 1981.

      De Luis García Jambrina, Zamora, 1960, profesor de Literatura Española de la Universidad de Salamanca hablamos de su novela “El manuscrito de piedra”, 2008, una obra que relata las vicisitudes de Fernando de Rojas, estudiante de Leyes en Salamanca que recibe el encargo de investigar el asesinato de un catedrático de Teología. Al hacerlo queda al descubierto para el lector una trama de pasiones violentas, de doctrinas heterodoxas, del desarrollo del incipiente Humanismo en Salamanca y la situación de los judíos, de los conversos y de la gente que vive oculta en galerías subterráneas.

      Después siguen varios textos (poéticos) sobre el vino y sus ¿virtudes?

      Terminamos con la ministra (no en el sentido físico, por favor, una ministra que hubo y que se llamaba Elena Espinosa, y aquí, nada de labor de creación. Lo de la ministra fue de destrucción. 
     Explicadas las líneas de trabajo y las presentaciones de los escritores que nos sirven de fuente de información, pasamos a ocuparnos en primer lugar de Las horas completas, relato que se sitúa en la ciudad provinciana de León y en los pueblos y el campo de sus alrededores. La novela, de costumbres y aventuras, utiliza el viaje de un grupo de canónigos que salen a merendar a un pueblo cercano para contar multitud de historias entre reales y fingidas, que recuerdan, al paso de las horas, la peripecia personal oculta que aflora, en buena medida, con la ayuda de un extraño personaje y de la bebida. 
     El resultado es que el grupo de canónigos protagonistas de  Las horas completas "desembuchan" sus secretos mejor guardados y lo hacen mediante un recurso ya utilizado por Cervantes, el de insertar en el relato multitud de historias, las narradas por las lenguas que desata el vino. 
     De esta manera, en la novela de Luis Mateo la buena mesa (comida y abundancia de bebida) y el extraño personaje, entre pícaro, sabio y sinvergüenza provoca la catarsis, la purificación y el descargo de conciencia de los canónigos y de otros personajes que aparecen en la trama del relato. 
     No es fácil formarse una idea exacta sin leer la novela, pero vamos a mostrar, mediante citas textuales, cómo parece que existe una relación de causa efecto entre la bebida y el hablar sin trabas, dejando que fluya libremente la conciencia. (Cito por la edición de Alfaguara, 1990): 
     "Cogió la botella y se la dio a Manolo" (P. 126). 
     "¿Cómo podrá creerse que no llego cocido, con el tufo que voy a llevar?" (P. 127). 
     "La última botella de vino de misa no duró ni tres celebraciones" (P. 127). 
     "El perro asomó bajo la cuba" (P. 127). 
     "El sacristán había hecho un gesto goloso y necesitado y Manolo le servía una copa" (P. 127). 
     "Dalmacio había vuelto a acercar la copa para que se la rellenaran. Manolo alcanzaba otra botella" (P. 128). 
     Después de estas y otras libaciones, Dalmacio empieza a hablar; cuenta que venía en compañía de su perro, atajando por unas huertas y "de pronto, este condenado cazón que se pone a husmear y alza el rabo y, casi sin que yo me entere, levanta una pareja, que para qué voy a detallarles las condiciones en que estaban allí afanados estropeando las berzas del dueño del huerto. Que esa es otra, le cogen gusto a un sembrado o a una pradera y el perjuicio no es ni para contarlo" (P. 130) 
     Como el vino sigue corriendo porque "según hablaba se había hecho con la botella" (p. 130), añade: 
     "Si les digo quiénes me parecieron que eran los que levanté -dijo Dalmacio volviendo a llenar la copa-, igual les da un soponcio. La gente está desatada. Qué condición ésta, que no hay quien nos quite la obsesión de poner una pica en Flandes. Al arrimo de quien sea. Qué jodido Severino." (P. 130).  
     La bebida y el ambiente tabernario sigue presente hasta permitir hacer el descargo de conciencia mediante el relato de los propios sueños, de los más íntimos y ocultos: 
     "Decía don Benito, decidido a servirse media copa de orujo" (p. 133). 
     "Me di al alcohol que era un vicio que yo no conocía" (p. 133). 
     "Fui escurriendo una a una todas las botellas, fueran de lo que fueran" (p. 134). 
     "Vació la copa. Don Ignacio se había sentado... (p. 134) 
     "Aseguró el sacristán, mirando la copa vacía en la mano" (p. 134). 
     "Dalmacio había depositado la copa vacía en la mesa" (p. 135). 
     "Don Ignacio vio la mano temblorosa de Dalmacio acercarse a la botella y acariciarla" (p. 136). 
     "Dalmacio acercó la botella a la boca y bebió un trago" (p. 138). 
     "Otra vez la botella a la boca, mientras el perro gruñía" (p. 139). 
     "Don Ignacio adivinó el rastro de la botella sobre la mesa" (p. 144). 
     La situación desemboca en la narración de uno de esos momentos culminantes que normalmente sólo se encuentran en estas circunstancias: 
     "Y ella me siguió acariciando un instante la mano, y luego me dijo: anda, anda, espérame mañana en el chozo del tejar que allí hablamos más tranquilos, pero madruga que yo tengo que ir muy temprano por aquellas viñas. 
     Dalmacio bebió un largo trago. El perro rebulló, inquieto, como si de veras la oscuridad le amedrentara. 
     -Lo que hicimos fue igual que lo que soñé -continuó en seguida- y perdónenme ustedes si refiero algunos detalles de aquella circunstancia, todo esto ya lo tengo confesado y absuelto. De hablar tuvimos poco tiempo, porque pronto se demostró que éramos ambos los que estábamos necesitados y que la misma obsesión nos guiaba, como si aquel encuentro estuviese aplazado desde hacía, al menos, doce años. (...) 
     Igual que el sueño, como les digo, se sometía ella a mis caprichos y yo a los suyos, que no eran pocos". (P. 145). 
     La otra novela de Luis Mateo Díez, Las estaciones provinciales, ofrece una radiografía callejera, vital y metafórica de una ciudad de provincias -León-, y hace girar a los mediocres protagonistas en torno a un mundo, uno de cuyos ejes centrales son las tabernas y los cafés con los vinos, los orujos, las cervezas y los carajillos casi continuos. Por eso, las preguntas sin respuestas que se formula un personaje le encaminan a la  
     "sombra casi sepulcral del Isma para hacer por la vida con un café doble y una ensaimada de desecho" (p. 15); y mientras, "en la barra Celedonio (le) enseñaba un pocillo sin asa" (p. 15) y Venceslao el cerillas murmuraba: "-toda la ciudad huele a chamusquina" (p. 15) y añadía: "Mojé la ensaimada en el café y me vi en el espejo de las estanterías, entre el anís de las Cadenas y el licor de Lima" (p. 15). 
     Poco más adelante otros personajes, Afrodisio y Benito, aparecen 
     "acomodados en la sacristía del Curuqueño, un espacio de la bodega que Restituto reserva para los amigos, entre pipas y pellejos que exhalan el fresco aroma de la pez y las humedades etílicas, (y van) recomponiendo los ánimos despedazados, aplicándo(los) al porrón con gaseosa y a la ensalada con chicharro". (P. 37). 
     Apenas ha transcurrido tiempo y otra vez "Benito Calamidades bebía una cerveza en la barra. Tenía la sariana al hombro y la camisa remangada. Sus ojos enrojecidos y brillantes denotaban el efecto del alcohol. Cuando me zurro de prisa se me enciende la linterna, acostumbraba a decir. Estaba claro que aquella tarde se había zurrado. 
     -Vamos a sentarnos ahí atrás -me indicó- ¿Qué tomas? 
     -Cerveza. 
     -Chaval, ponnos dos botellines" (Págs. 51-52). 
     (...) 
     "Calamidades bebía la cerveza como si devorara una sed de siglos" (P. 52). 
     Pasamos de taberna en taberna y sólo cambian los nombres de los personajes. "En el bar Minero recalaban los ferroviarios apostados en la barra con la tartera envuelta en la servilleta anudada y los ojos escocidos por el humo y la carbonilla. 
     Domingo, el dueño, un minero silicótico y viudo, atendía el negocio sirviendo y bebiendo a partes iguales" (P. 74). 
     "Los ojos de Domingo destilaban un humor acuoso. El alcohol parecía brotarle de las pupilas. 
     -¿No cierras unos días? 
     -Si cierro es para ir al pueblo a ver a mi madre. Y allí sólo hay leche. 
     -Le das unas vacaciones al hígado. 
     -El hígado, Parra, necesita su cuartillo cada hora. Para mí el bar es como para el cura la iglesia. El cura, el más cristiano, y yo... (...) 
     -Un día, si quieres, me sacas en el papel. Echamos cuentas de los vasos que llevo bebidos, medimos el vaso y calculamos metros y kilómetros. Luego la cantidad por cuartillos y litros. Con una pizarra y un pizarrín lo cuadrábamos sobre la marcha..." (P. 75). 
     Y así historia tras historia, personaje tras personaje, penuria tras penuria y encuentro tras encuentro: Una machacona cita social con las botellas que marcan en las estaciones provinciales un estilo de vida. 
     El tercer caso que ilustra este recorrido literario por las tabernas y las bebidas alcohólicas es el de Genarín. 
     Poco antes de las doce de la mañana del Viernes Santo, y en la carretera de los Cubos de la ciudad de León, junto al cubo tercero de la muralla, el camión de la basura atropelló y mató a un hombre. "El muerto se llamaba Jenaro Blanco y Blanco, contaba unos sesenta años de edad y se dedicaba a la compra ambulante de pieles de conejo". (P. 12. Cito por ediciones Endymión, 1988). 
     El Diario de León del 30 de marzo de 1929 comenta la noticia en los siguientes términos: "Había muerto Genarín, el pellejero amante del orujo y cliente sempiterno de tabernas y prostíbulos, conocido y querido de todos y cada uno de los veintipico mil pobladores de aquel León humilde de finales de los años veinte, de aquel León con regusto todavía a pueblo grande" (p. 12). 
     Un azar "cuasi" milagroso quiso que "un grupo de bohemios leoneses, mitad búhos, mitad poetas, que, a contrapelo de leyes y costumbres, todas las noches de Jueves Santo, cuando el reloj de la Plaza Mayor desgranaba las doce campanadas que preceden al reino de las brujas y los muertos, recorrían en cortejo las calles de la ciudad desgranando sus versos alcohólicos a la luz del candil o de la farola" (págs. 12 y 13) en memoria y recuerdo de Genarín, fuesen el germen de la Cofradía que le recuerda y venera. 
     "Poco era lo que los (...) evangelistas de la recién fundada Cofradía de Nuestro padre Genarín conocían de la vida privada de su santo patrón, excepción hecha de sus descomunales y empalmadas borracheras de aguardiente, su profesión terrenal de pellejero ambulante y sus prolongados ritos espirituales en el burdel de la "Bailabotes". Genarín había llevado siempre una vida silenciosa y humilde, alejada de lutos y ostentaciones, y la primera tarea de la Cofradía fue la de rescatar de las garras del olvido los máximos restos biográficos que aún pudieran encontrarse en la memoria de la ciudad. De este modo, y a través de los romances en que aquellos quedaron plasmados, han podido llegar hasta nosotros su figura y enseñanzas de forma tan fiel y fidedigna que, al hilo de su cumplimiento, podemos merecer algún día la dicha de sentarnos a la derecha de su trono celestial." (P. 14). 
     Los actos de la Cofradía se concretaban en el entierro, que "comenzó a celebrarse desde el primer aniversario de la muerte de Genaro. Aquel año -noche de Jueves Santo de 1930- apenas unas docenas de leoneses fieles acompañaron a los evangelistas y apóstoles en el fervoroso vía-crucis que recorrió las calles del casco viejo poniendo un punto de pavor, orujo y poesía en el monótono discurso de la Semana Santa. De allí en adelante, el número de procesionantes iría creciendo año a año en progresión geométrica hasta alcanzar la cifra de cinco mil personas en el entierro de 1957, último de la primera era." (P. 61). 
     Julio Llamazares comenta: 
     "Aquello desbordaba con creces la paciencia de la bienpensante sociedad del León de la posguerra. Al día siguiente, un famoso cronista provincial, ex seminarista y corresacristías, llamado Lamparilla -nombre muy en concordia-, levantaba su voz escandalizada en el periódico. El artículo llevaba el ilustrador y contundente título de "Entre curdas y gamberros": 
     "Me habían alarmado con la noticia. Parecía revestir incluso alguna insolente gravedad, como un desafío a cosas muy metidas en la entraña del pueblo español. Algo así, además, como si una vergonzante y vergonzosa manifestación de izquierdismo pretendiese levantar cabeza. (...). 
     Pero no deben alarmarse quienes me alarmaron. El vinazo y el mal gusto aliados hicieron todo (...) 
     ¡Eso ha sido todo! Ordinariez y exceso de copeo. Porque no puede llamarse humor recordar la muerte de un pobre hombre atropellado por un camión soplando vino y orujo en el lugar del atropello. De humor tiene poco. Ni aún macabro. Y si se adoba con versos está peor. Como el azúcar de la frase de Arrieta. 
     Eso no es humor. Ni reverencia a la memoria de un muerto. A no ser entre ciertas tribus salvajes de taparrabos de plumas y anillos en la nariz que bebían licores raros ante los muertos. Pero Puerta Castillo no es el África Central. 
     Consideren todo esto los protagonistas. Y no volverán a dar ese espectáculo entre tabernario y primitivo que sólo Velázquez en caso algo parecido de parodias plasmó en su burlesco e inmortal cuadro "Los borrachos"." (P.63). 
     Queda, por lo tanto, claro que en vida Genarín fue una cuba de orujo viviente y queda también claro que el mito o símbolo de Genarín se mueve entre dos polos, además de opuestos irreconciliables, como son el espectáculo subversivo y libertario frente al de la moderación y el orden. 
     Estos son los planteamientos y ahora, para sacar conclusiones, estamos en condiciones de señalar cuál es el papel que desempeñan el vino y el orujo y otras bebidas alcohólicas en los hábitos sociales y en los personajes que aparecen en las obras señaladas. 
     En Las horas completas la bebida es, según se mire, el catalítico que provoca en los canónigos una reacción, la del descargo de conciencia, o el alter ego del psicoanalista que consigue liberar a los canónigos de los impulsos instintivos reprimidos por la conciencia y que por lo tanto, les cura de la enfermedad mental del tabú social y del "qué dirán", más acentuado en su caso por la profesión o dignidad eclesiástica que ostentan. 
     Aunque sólo fuera por esto, Las horas completas encierran una interesantísima filosofía de vida. Decía Camilo José Cela en el prólogo a su Diccionario del erotismo que "la sobriedad puede ser una heroica virtud de caballeros cuando viene impuesta por las circunstancias, pero la sobriedad gratuita no conduce a lado bueno alguno y, además, produce palidez, disnea del fuelle, dureza de vientre y una tristeza infinita. Dios no hizo al hombre para que rechace las bendiciones que puso al alcance de su mano: el caviar iraní o el corderito castellano, el vino de uva y el aguardiente de orujo, las huríes del paraíso de Mahoma o mi vecina Marujita..." 
     Y, tal vez, lo más importante es que el vino -con moderación- ayuda a las personas a ser más felices porque suelta la lengua y los hombres nos encontramos con nosotros mismos. Si no es así no se explicarían las sublevaciones populares en protesta por la prohibición de las fiestas bacanales. El Senado (año 186 A.C.) las consideraba perniciosas y atentatorias contra la seguridad del Estado y perseguía con duras penas a quienes tomaban parte en ellas. Son historias que se repiten. Siempre los poderes públicos prohíben las expansiones del pueblo, sean éstas las fiestas báquicas o los carros de la farándula en otra época; en cambio el pueblo apuesta por estos desahogos y repite lo de "viva el vino y las mujeres". 
     Lo que no parece tan claro es que la opción individual de Las horas completas se pueda convertir en norma de vida porque en la práctica esta norma resulta bastante mediocre en Las estaciones provinciales. La visión del problema le ha permitido a María Dolores de Asís en La última hora de la novela en España, EUDEMA, 1990, p. 370, afirmar que "los personajes tan peculiares y excéntricos que pasan por sus páginas, los ha sacado -es su expresión (la de Luis Mateo Díez, en El Urogallo, núm. 18)- de la fauna y flora del jardín de la provincia... observándolos con malevolencia y con humor (...). Todos son exuberantes, pero no hay ninguno que no tenga un anclaje en la realidad". 
     Hay un ambiente opresivo en la novela. Las tabernas y los hábitos cotidianos se convierten en el indicador externo de un estilo de vida nada aconsejable, que no es otro que el de  "la violencia y prepotencia de la policía; la censura de prensa; las represalias políticas; el amaño de las elecciones municipales; las componendas del poder", etc., que aparecen en la novela. (De Francisco Rico: Historia y crítica de la Literatura española, Barcelona, Crítica, 1992, vol. 9, p. 338). 
     El vino, por lo tanto, puede ser beneficioso, pero también puede conducir a un estilo de vida mostrenco, según pasemos de un criterio individual a otro colectivo. En el primer caso se sitúan Las horas completas y en el segundo Las estaciones provinciales
     La historia de Genarín y del trasiego continuo de orujo de la botella al estómago tiene, desde mi punto de vista, un paralelismo con un tema que Camilo José Cela sentenciaba así: 
     "A mí me parece -y que, si yerro, me corrija quien sepa de correcciones (absténganse los aficionados)- que con los pecados de la carne pudieran hacerse, así a primera vista, dos grandes grupos: el de los que pueden adscribirse a la noble memoria del arcipreste de Hita y tener arreglo y reparación suficiente en el sacramento de la penitencia, y el de los que resultan parientes del marqués de Sade o del doctor Masoch y sólo se reparan - y jamás sin dejar algún residuo contaminador y pudridor- en el diván del psiquiatra. Estos son los malos y peligrosos, los que imprimen carácter y deforman y adormecen las voluntades, que los otros son bien llevaderos y no se recuerda que hayan matado cuerpo o alma alguno. Los pecados jolgoriosos y tumultuarios, los saludables pecados alegres y montaraces, a lo mejor, hilando muy delgado, hasta son una llamada a la vida sencilla y montaraz." (Del prólogo al Diccionario del erotismo, p. V). 
     También con lo del vino podemos decir lo mismo; los pecados frecuentemente son saludables y alegres y, por lo menos el vino (mejor la filosofía del vino) de los personajes de Luis Mateo Díez está en la línea de los pecados de la carne del arcipreste de Hita. De lo que no estamos ya tan seguros es del consumo de orujo tal como lo hacía Genarín. El asunto es cuestión de particular juicio, no de apriorismos ni condenas de cambiantes censores sociales.

      Luis García Jambrina es el autor (ya lo hemos dicho) de “El manuscrito de piedra”, novela en la que se cuenta, págs. 182 y 183, que Rojas, el protagonista, estaba comiendo con otros comensales. Hablaban de los últimos sucesos de interés en Salamanca “hasta que de repente llegaron las tórtolas con sus ricas especias y todo el mundo se puso de muy buen humor”. Los jarros de vino se vaciaban con celeridad y de repente, el más anciano de los comensales (apodado Tintorro) levantó su jarro y empezó a decir:

      “—Pocas cosas hay tan valiosas como el vino, pues de noche en invierno no hay mejor calentador de cama, que con dos jarrillos de éstos que beba, cuando me quiero acostar, no siento frío en toda la noche. De esto forro todos mis vestidos cuando viene la Navidad, esto me calienta la sangre, esto me sostiene continuo en un ser. Esto me hace andar siempre alegre, esto me mantiene lozano. De esto me vea yo sobrado en casa, que nunca temeré el mal año, que un cortezón de pan ratonado me basta para tres días, esto quita la tristeza del corazón más que el oro y el coral, esto da esfuerzo al mozo y al viejo fuerza, pone color al descolorido, coraje al cobarde, al flojo diligencia, conforta los cerebros, saca el frío del estómago, quita el hedor del aliento, hace potentes los fríos, hace sufrir los afanes de las labranzas a los cansados segadores, hace sudar toda agua mala, sana el romadizo y el dolor de muelas... y muchas más propiedades que podría añadir. No tiene sino una tacha: que el bueno vale caro y el malo hace daño. Así que con lo que sana el hígado enferma la bolsa.”

      Total que el vino reúne un compendio de beneficios para los hombres, particularmente lo de que “quita la tristeza del corazón más que el oro y el coral”. O de otra manera, que el vino es mejor y más apetecido que los más nobles metales y las mejores piedras preciosas. ¿Exageración y literatura? Juzguen, pero ¿hay algo más buscado y mejor para el hombre que la felicidad, que tener una vida feliz? ¿Hay algo que merezca más la pena que la felicidad?

      Volvemos al texto de la novela de garcía Jambrina:

      “Toda esta retahíla en honor del vino hizo reír de buena gana a la concurrencia; de modo que las preocupaciones de Rojas fueron quedando cada vez más lejos, en un mundo que nada tiene que ver con éste, y lo que había empezado como una conversación tensa sobre temas graves terminó en una alegre francachela.”

           Lo dicho, que el vino nos libera de las negruras de la vida. Nos hace entrar en caminos transitables, sean o no reales, porque el dicho de que de ilusión también se vive yo creo que está mal formulado. Debería ser: se vive sobre todo de ilusiones.

     El vino, todo lo que hemos ido contando del vino, ahora (ahora quiere decir en el tiempo en el que Elena Salgado era ministra) adquiere nueva actualidad porque la ministra quiere destrozarnos, quiere cambiar un estilo de vida de una España civilizada y lógica por otro necio y mostrenco que sólo se justifica por un afán estúpido de prohibir y de controlar.

     Este gobierno prohíbe beber vino y hablar español en España. Este gobierno prohíbe.

     La ministra española, Elena Salgado, (del gobierno de Zapatero) quiere prohibir el vino.

     La ministra española es muy dada a prohibir. Lo suyo es prohibir.

     La ministra es ministra, pero eso no garantiza que sea culta, porque la ministra seguro que ignora que en el libro del Éxodo, en la Biblia, Moisés, que va a morir, se despide de su pueblo, pero antes:

     “Le hizo cabalgar por las montañas,

     lo alimentó con frutos del campo,

     le dio a gustar miel de la peña,

     aceite de la dura roca,

     cuajada de vaca y leche de ovejas,

     grasa de corderos,

     toros de Basán y machos cabríos,

     flor de trigo en abundancia;

     y como bebida,

     sangre fermentada de la uva.”

     Le dio lo mejor y, entre ello, el vino. Y la ministra española, Elena Salgado, lo prohíbe.

     La Amada en el Cantar de los Cantares de Salomón evoca los placeres y la dulzura del Amado acudiendo a la metáfora del vino:

     “Que me bese con besos de su boca.

     Son mejores que el vino tus amores,

     exquisito el olor de tus perfumes,

     tu nombre es aroma que se expande,

     por eso te aman las doncellas.”

     Pero la ministra española lo prohíbe. Prohíbe el vino. Prohíbe.

     Pérez de Ayala, en Tinieblas en las cumbres, recomendaba a un personaje, una fórmula para salir de la angustia vital:

     “Ya lo sabe usted, querido Alberto. Come, bebe, fornica. Si se te presenta un placer, gózalo, pero no lo apures hasta hartarte o estragarte.

     Come, bebe, fornica, rodéate de rosas y de sonrisas y puesto que todo es vanidad, después que mueras que te quiten lo bailao.”

     Pero la ministra española prohíbe los placeres de la vida. Prohíbe el vino. A ella qué coños le importa.

     En un epigrama del griego Alceo, sabedor de que de la muerte no se regresa, recomendaba:

     “Bebe conmigo, embriágate, Melánipo.

     ¿Qué piensa que una vez pases, el freo

     del Aqueronte, habrás de ver de nuevo

     la pura luz del sol? No esperes tanto.

     Ya Sísifo, el más sabio de los hombres,

     se creyó haber la muerte sometido;

     pero cruzó, siguiendo a su destino,

     dos veces, con ser sabio, el Aqueronte;

     y lo tiene penado el rey Crónica

     bajo la tierra oscura. No, no esperes:

     si acaso, es siendo joven, cuando debes

     gozar de lo de aquí que Dios te envía”.

     Pero la ministra española, Elena Salgado, te prohíbe gozar de lo que Dios te envía, del vino.

     En el Nuevo Testamento las palabras de Cristo obran la transustanciación y para ello se vale del pan y del vino, los dos elementos por excelencia:

     “Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo:

     -Tomad y comed; esto es mi cuerpo.

     Tomó  luego una copa y, después de dar gracias, se la dio diciendo:

     -Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Os digo que ya no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día que lo beba con vosotros, nuevo, en el reino de mi Padre”.

     Pero ni literatura de la mejor, ni palabras de Jesucristo bastan para frenar las necedades de los políticos, sobre todo si son mediocres, y se empeñan en mandar, en ordenar algo por muy en contra del sentido común que esté. Lo suyo es machacar a la gente para que se sepa quiénes mandan. Parece que en el caso que nos ha ocupado hubiese, la ministra citada, estado repitiendo la letanía: al pueblo ni vino; al pueblo ni vino. Pero vino Dios a vernos y la quitaron de ministra.


José María Fernández Gutiérrez
Acerca del Autor:
Catedrático de Lengua Española de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona
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