Prejuicios lingüísticos PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Personal
Escrito por Fernando Álvarez Balbuena   
lunes, 27 de septiembre de 2010

Image  (LENGUAS RICAS, LENGUAS POBRES, LENGUAS BELLAS, LENGUAS FEAS, LENGUAS CULTAS Y LENGUAS INCULTAS)

Ahora que, gracias a los avatares políticos, hemos hecho del lenguaje una bandera con grandes dosis de encono, parece oportuno hacer algunas reflexiones sobre el particular, no en clave política, siempre apasionada y beligerante, sino puramente lingüística porque son muchas las personas que defienden puntos de vista que no se tienen en pié si son examinados a la luz desapasionada de una crítica rigurosa y científica. 

Los prejuicios lingüísticos precientíficos han consagrado los estereotipos con que encabezo este artículo y lo más curioso es que personas que no solamente presumen de cultas sino que realmente lo son en otros campos, e incluso en el de la literatura, defienden categóricamente estos prejuicios, porque, a pesar de una aceptable formación cultural, paradójicamente carecen de suficientes conocimientos de filología y de lingüística. 

    Dichas personas y grupos, toman generalmente la actitud de ponderar la propia lengua (el castellano en el caso que nos ocupa) y despreciar otras como el vascuence, el catalán, el gallego o el bable asturiano, sentenciando pontificalmente que éstas son lenguas “feas”, “incultas”, “pobres” y llegando, a veces, a tacharlas incluso de “artificiales”1. Otras veces tan estulta crítica se centra en lenguas extranjeras como, por ejemplo, el alemán o el portugués, tildándolas de áspera a la una y de viscosa a la otra, con una clara satisfacción en la fonética propia de la lengua castellana. Es también frecuente la actitud de alabar la lengua italiana como dulce y bella, simplemente porque suena mejor a nuestro oído español, sin tener en cuanta que a otros pueblos y a otras lenguas, lo que les suena mejor es su propio entorno lingüístico, debido a los naturales mecanismos de audición, pronunciación y facilidad expresiva, a los que, naturalmente, no les es ajena la estética del lenguaje. 

    Para llevar un orden, de acuerdo con el título, empezaremos por desmontar el mito de lengua rica y lengua pobre, uno de los prejuicios más comunes hoy día. 

    Digamos, para empezar, que todas las lenguas son, en potencia, exactamente igual de ricas. Los pueblos más primitivos, los de cultura más rudimentaria, tienen los vocablos suficientes, y aún más que suficientes, para expresar todas sus necesidades lingüísticas. Otra cosa es que su entorno cultural no necesite de expresiones al uso en nuestras sociedades tecnológicamente avanzadas. Éstas emplean un vocabulario que los pueblos más primitivos no usan, sencillamente porque no tienen necesidad de emplearlo. Es precisamente este concepto de necesidad el que, ignorado por quienes despotrican contra las lenguas pobres, hace que cada lengua tenga los vocablos y expresiones necesarias y suficientes para manifestar sus sentimientos, ocupaciones, menesteres, oficios, etc., etc. y el hecho de que en el idioma de los bosquimanos, por ejemplo, no exista la palabra “cash flow”, para definir un concepto contable, ello no empece al hecho de que para nombrar un determinado fruto, una cierta ave o un concreto animal silvestre, posea cientos de palabras que en nuestros idiomas ricos no existen. Y esto es así, sencillamente, porque, a nuestra vez, nosotros tampoco tenemos necesidad de ellas. Así pues el concepto de riqueza idiomática es un mito que los investigadores y filólogos modernos han echado por tierra, demostrando que cuando no existe una palabra para determinar y definir un concepto nuevo, inmediatamente el pueblo utiliza la necesaria, bien tomándola a préstamo de otro idioma, como en el caso de “cash-flow” que antes citamos o inventándola “ex-novo”, como por ejemplo las expresiones “orbital”, “espacial” “informática” o “electrónica”, las cuales definen perfectamente el objeto o el concepto de reciente aparición.

    Así pues, si los pueblos swahili, o bosquimano tuvieran necesidad de salir de las selvas africanas e instalarse en ciudades como las nuestras, en brevísimo tiempo habrían dejado de emplear toda la riqueza idiomática del lenguaje de contacto con la naturaleza que hoy hablan, para crear un lenguaje urbano igualmente rico en expresiones tecnológicas. 

    Se dice también, imprudentemente, que las lenguas “pobres” carecen de gramática. Craso error. Toda lengua tiene su gramática y sus reglas inexorables y por ellas se rige. Otra cosa es que estén o no estén escritas. El lenguaje castellano, que es, según los expresados prejuicios, “rico”,  no tuvo escrita su primera gramática hasta que Nebrija (o Lebrija) la redactó en el siglo XV, y ello no quiere decir que antes de esa fecha no la tuviera. La tenía y bien complicada que era, tal como el propio Nebrija demostró, y es claro que ya antes de ésa época, la literatura en castellano tenía monumentos literarios tan importantes como el poema de Mio Cid, las coplas de Mingo Revulgo o las de Calaínos y otros muchos que seria prolijo enumerar, pero que se regían por una gramática estricta. Bien: pues las lenguas de algunos pueblos selváticos africanos, tienen una gramática, no escrita, con reglas tanto o más complicadas que el castellano, entre otras cosas porque algunas poseen hasta catorce declinaciones y en otras los verbos tienen, como en griego, voz activa, media y pasiva, lo que hace que si su estudio nos fuera necesario, como lo es el del inglés, nos veríamos negros (nunca mejor dicho) para incorporarlo al bagaje de nuestros conocimientos lingüísticos. 

    Igualmente se dice que un idioma es rico y tiene gramática cuando lo respalda una literatura. Otro error de grueso calibre. Veamos: el latín, lengua “culta” por antonomasia fue inventado por los habitantes iletrados, ágrafos e incultos del Lacio, y cuando los grandes escritores latinos como Virgilio, Cicerón, Séneca o Cátulo escribieron sus obras, el 99 % de los habitantes de la república primero y del imperio después, eran perfectamente analfabetos, aunque, eso sí, hablaban una lengua que nos empecinamos en calificar como “culta”, pero eran incapaces de leer a sus grandes escritores.

   Vemos pues que son nuestros prejuicios los que etiquetan a las lenguas de ricas o pobres, cultas o incultas sin que esto tenga un correlato científico con la realidad. Esta especie de racismo lingüístico procede de una deficiente educación, de opiniones muy personales y de “charlas de café”. La investigación lingüística de nuestro tiempo, está ya a niveles muy superiores que, por desgracia, aún no han llegado al gran público y se sigue opinando y dogmatizando, dejándose llevar de ideas preconcebidas, algunas veces y por desgracia, expresadas por personas que son autoridades en otros campos del saber, pero que de lingüística moderna y de los modernos métodos científicos que esta disciplina emplea, están absolutamente ayunos. 

       Por lo que concierne a la belleza del idioma, otra serie de ideas preconcebidas hace que se digan cosas tales como que el español es bello, mientras que el inglés es feo o el alemán duro. Son muchos los que sustentan tal opinión, absolutamente falsa e infundada. Yo les recomendaría a tales personas que se leyeran el “Pigmalión” de Bernard Shaw (cuya adaptación cinematográfica: “Myfair Lady” es bien conocida) y ya verían como el autor irlandés –que no inglés- pretende demostrar que el inglés es la más bella y rica lengua del mundo, (lo que, a su vez y pese a la categoría literaria del autor, es también un prejuicio insostenible). Lo mismo opinan los alemanes de la suya, y los turcos y los afganos y los portugueses, los cuales, por cierto, dicen que el español es una lengua durísima, llena de “ges”, “jotas” y “ques” con sonidos fuertes, que nada tiene que ver con la “dulzura” del lusitano, lo que constituye una estupidez tan manifiesta como cuando nosotros decimos el conocido estereotipo que sentencia: “los alemanes parece que ladran en vez de hablar”, o “los portugueses, cuando hablan, parece que llaman al gato con su bisbiseo”. 

    Lo mismo podríamos decir del otro gran prejuicio de lenguas cultas e incultas. Ninguna lengua es más culta que otra, todas son exactamente iguales. El griego, la lengua más culta de la antigüedad, era hablada, lo mismo que el latín, al que antes nos hemos referido, por millones de analfabetos. Del latín, por evidente evolución (incluso corrupción, si se quiere decir así), salieron los idiomas romances. Del “alto alemán” el “bajo alemán” y de éste el inglés, el danés el sueco y el noruego y de los idiomas romances y de los germánicos, cientos de variedades diatónicas, diatópicas y dialectales y a nadie se le ocurre hoy por hoy decir que el francés, el italiano o el rumano son lenguas incultas porque la verdaderamente culta era el latín, de la que proceden, al igual que constituye una falta de sentido común y una ignorancia supina decir que el catalán, el gallego y el bable asturiano o leonés, son incultos procediendo, como proceden, del mismo tronco que el castellano o el portugués. 

    El desarrollo de las lenguas vernáculas, menor que el del castellano evidentemente, lo ha sido simplemente por razones históricas, básicamente por ser sus territorios políticamente débiles. Es una viejísima política de las potencias dominadoras aquella de imponer su lengua a los dominados. Los antiguos incas forjaron un imperio en Sudamérica por la fuerza de las armas. Cuando conquistaban un pueblo, mataban al rey y a sus colaboradores pero a los jóvenes príncipes se los llevaban al Cuzco y allí los educaban en quechua y cuando eran mayores los devolvían como reyes vasallos a su país y eran entonces títeres del inca. Desposeídos del uso de su lengua materna, y educados tanto en un idioma como en una cultura diferentes de la suya, acataban como superior la lengua y la civilización que por razones políticas se les había impuesto. Los egipcios, los persas, los romanos y, desde luego, los españoles en América, impusieron sus lenguas a sangre y fuego. Los castellanos, antes y menos violentamente, desde luego, tanto en Asturias como en otras regiones españolas también impusieron su lengua, aunque la increíble ignorancia de la inmensa mayoría lo niegue o no lo quiera reconocer. 

    El Fuero de Avilés, está escrito en  romance asturiano con  palabras en occitano (por haber sido redactado por un caballero de aquella región, afincado en Asturias) difíciles de entender hoy y con una grafía solo accesible a los expertos paleógrafos, lo que quiere decir que la lengua oficial de aquel entonces (Siglo XII) en ésta región era el bable astur, distinta de la hablada en otros territorios del reino. En Asturias se hablaba pues asturiano, así como gallego en Galicia o leonés en León. El testamento de Don Rodrigo Álvarez de las Asturias, padrino de Enrique II de Trastámara, está escrito en asturiano, pero fue precisamente la política de Enrique II y de sus sucesores la que obligó en Asturias, en Galicia, en León etc. a emplear el castellano en todos los documentos oficiales. Así fue como el uso de los idiomas vernáculos de las distintas regionales fue perdiendo vigencia, aunque se conservan vivos pese a quien pese.  

  La verdad histórica es terca y no sabe de partidismos ni de prejuicios. Las lenguas son lo que son y puede afirmarse que una lengua se diferencia de un dialecto en que aquella tiene detrás la fuerza de un gran ejército, en tanto que este solamente es sustentado por el uso de un pequeño pueblo. Lo demás son, como venimos sosteniendo desde el principio, prejuicios sin fundamento. 

    Se dice: “Los idiomas separan”. Enorme falsedad por constituir una de esas horribles verdades a medias. Puede considerarse que entre los países de diversas culturas existe una frontera idiomática, pero solamente cuando por motivaciones políticas miramos como diferente (o incluso como enemigo) al país que habla un idioma distinto, surge esta separación que, de cualquier modo, es perfectamente superable, sobre todo cuando estudiamos una lengua ajena a la nuestra. El estudio de los idiomas une y enriquece a las personas y, por ende, a los pueblos, abre la mente a otras culturas y fomenta la comprensión entre las gentes, reduciendo el sentimiento de extranjería ¿Acaso no es el inglés un vínculo universal de entendimiento, cómo antes lo fue el francés o como fue y lo es otra vez el español?, Curiosamente España siempre se distinguió en este terreno por un mirarse el ombligo que constituye un aldeanismo inmarcesible. Todos hemos oído decir miles de veces a la gente, cuando escuchaban a alguien hablar en un idioma extranjero o incluso regional: “dígamelo Vd. en cristiano”, identificando a Cristo con nuestra lengua oficial. Ante tamaña estulticia todo comentario huelga, pero aquellos a quienes se les llena la boca con el latiguillo de “idioma culto”, deberían de reflexionar si el bilingüismo o el plurilinguismo no son actitudes mucho más cultas que el aferrarse cerrilmente a un solo idioma, por muy culto que sea, o mejor dicho: por muy culto que nos parezca. Y no olvidemos que el idioma es algo vivo y que cambia y que esos cambios no se deben a una docta Real Academia, sino al pueblo que reinventa día a día el lenguaje, lo vivifica y lo aplica según criterios impredecibles cuya única lógica es la del uso y la de la oportunidad. 

   Y no quiero terminar sin hacer una última reflexión que me parece importante. Se desprecia a los idiomas vernáculos porque “en los distintos valles de una misma región hay diferencias sustanciales en el habla”. Ya hemos dicho antes que todos los idiomas tienen diferencias diatónicas y diatópicas. Consideremos: ¿Es igual el español de Zaragoza, que el de Buenos Aires? No, no lo es, pero ello no empece al hecho de que tan español sea el uno como el otro. Así mismo el asturiano de Llanes, distinto del de Cudillero, no deja de ser asturiano, aunque alguien lo quiera negar. 

    De todos modos y pese a cuanto queda dicho, el prejuicio está  tan arraigado en la mente de los ignorantes en esta materia, que pasarán aún más cien años hasta que se acepte de forma general que todos los idiomas son igualmente bellos, sonoros, ricos y cultos porque son hijos de la mente humana y de la necesidad que esta tiene de comunicación y tanto la una como la otra son exactamente iguales en toda tierra y en todo ámbito. La belleza es un concepto relativo. Un africano o un asiático pueden parecernos muy feos, pero, pensemos por un momento: ¿Cómo les pareceremos a ellos los europeos?  Pues igual les sucede a las lenguas. Para un catalán, como para un malgache, no existe lengua más bella, más rica, más culta o más sonora que la suya y a este criterio se atiene todo discurso objetivo y científico sobre el lenguaje. Lo demás son actitudes obsoletas por precientíficas las cuales, tercamente, muchos se empeñan en sustentar, haciendo gala de una ignorancia absoluta. Y cuanto queda dicho no es cuestión de opiniones. En la tertulia de café es normal salirse de la línea argumental diciendo: Esa es tu opinión. En todo cuanto antecede no hay opiniones, hay fundamentos científicos que, no por ignorados, pueden ser despreciados. Y es claro que para el ignorante todo es cuestión de opiniones, y con este proceder salva su conciencia. Pero es claro y meridiano que, en realidad, para sustentar una opinión con fundamento, hay que molestarse en estudiar, meditar, pensar y contrastar. Solo entonces la opinión deja de ser una ligereza para convertirse en algo sustantivo y respetable. 

   Pero una cosa es cierta: solo los profesionales de la medicina, del derecho, de la física o de cualquiera otra disciplina académica, están considerados por el común de las gentes como autorizados para emitir juicios sobre sus especialidades y tales juicios no se discuten. Sin embargo hay una especia de consenso social según el cual cualquiera puede opinar y discutir de lingüística, sin saber que ésta es otra disciplina universitaria, tan importante, tan digna y tan científica como las otras a las que nos hemos referido. 

   Apurando quizá un poco las cosas, pero, desde luego, no exagerándolas, también es cierto que todo el mundo se considera autorizado y con la carga cultural suficiente para pontificar sobre religión, sobre filosofía y aún sobre política. Para estas cuestiones vale también lo expresado anteriormente. Solo la ignorancia supina se atreve a hablar ex-cathedra de lo que desconoce y, lo que es peor, de lo que cree que sabe mucho, pero de lo que, en realidad, no sabe una sola palabra o, siendo muy benigno, sabe muy poco. Sin embargo y desafortunadamente, son legión quienes se escudan en considerar cuestión de opiniones lo que no es opinable, así a la ligera, sino que tiene rigurosas bases científicas y, por ello, merece estudio y reflexión. 

 

[1] No existen realmente lenguas artificiales, salvo las jergas (ejemplo: el Bron, que hablaba el gremio de caldereros de la parroquia avilesina de Miranda o el Lunfardo en Buenos Aires). Los lenguajes los inventa y los desarrolla el pueblo parlante y tienen más o menos difusión, según las características geopolíticas del tipo de valle, zona o país en que nacen. Son mutantes de continuo porque el lenguaje es algo que está vivo.

 Artificial es el Esperanto, inventado por un médico que tenía la vana ilusión de crear un lenguaje universal y, precisamente por eso, por su artificialidad y su sometimiento a unas reglas permanentes y estrictas, su difusión y su desarrollo han sido nulos, pese a los iniciales entusiasmos que suscitó.

 


Fernando Álvarez Balbuena
Acerca del Autor:
Licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas. Empresario de Avilés.
Leer Más >>
 
< Anterior   Siguiente >

Libros recomendados

"Figuras y paisajes políticos de la España del XIX ", de Fernando Álvarez Balbuena

Boletín AL

Suscríbase a nuestro Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

AL en su Móvil/PDA

http://movil.asturiasliberal.org

Sindicación