La vocación de servicio PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Personal
Escrito por Fernando Álvarez Balbuena   
martes, 06 de octubre de 2009

ImageSi algo tiene de noble la política, es precisamente el ponerse al servicio de la sociedad para conseguir acrecentar el bienestar de los administrados con el esfuerzo y el sacrificio personal que conlleva una dedicación desinteresada. Esto, naturalmente, solo puede lograrse desde el ejercicio del poder y, por ello, entendemos que el tratar de alcanzar el poder, cuando se cree que mediante él se puede conseguir el mejoramiento social, es perfectamente legítimo e incluso encomiable. 
 
Pero está  claro, por lo visto, que, como decía Lord Acton: el ejercicio del poder corrompe y en cuanto se llega a él, se trastocan los términos y se hace de su permanencia en el mando la premisa fundamental de la actividad política, y ante su obtención y el mantenimiento en él palidecen todas las demás prioridades, llegándose a cualquier situación, por inexplicable, contradictoria o abyecta que parezca, para lograr arañar los votos necesarios que garanticen la elección partidista y la permanencia eterna en su ejercicio.

Por desgracia el enemigo político no florece solamente en las filas de la oposición, también germina –y con notable vigor- dentro del propio partido y así vemos todos los días que los líderes tratan de rodearse, no ya de los mediocres, sino de los más inútiles y de los más indocumentados con lo que evitan la sombra de aquellos que, posiblemente mejor preparados, podrían desmontarles del caballo del poder. Así pues el llamado “liderazgo”, que no se les cae de la boca a los animales políticos, no es otra cosa que el trato despiadado y vejatorio a sus propios correligionarios para apartarlos del camino glorioso de las decisión política, mediante las triquiñuelas, zancadillas y pequeñas (o grandes) traiciones que neutralicen a cualquiera que sobresalga y pueda hacer sombra al señor presidente. 

Un ilustre novelista asturiano, Don Armando Palacio Valdés, dejó escrito un párrafo que tal parece salido de su pluma hoy mismo y que, sin embargo, viene, nada menos que de la época de la Restauración; lo que demuestra que hoy, ayer y siempre, la porquería de la política es la misma cosa. Vamos a reproducirlo a continuación ya que abunda en ésta tesis de la inutilidad:

En España no hay hombre bastante corto de alcances que no pueda llegar a ser Presidente del Consejo

Y también:

Tener ideas y voluntad y reputación es grande obstáculo para discurrir por los jardines de la política. El hombre mediocre es el hijo querido, es el niño mimado de la vida pública y cuando todo el mundo ha llegado a convencerse de su mediocridad, no hay violines y flautas bastante sonoras para celebrar su gloria, ni alfombras bastante blandas para que no se lastime los pies y pueda llegar fácilmente a colocarse en los más altos sitiales    

Con este panorama de inutilidad, bajeza y achatamiento de la política, el único que sale perjudicado es el pueblo, gobernado y administrado por aquellos que menos títulos tienen para hacerlo y se denigra espantosamente la acción de gobierno que ya no se sabe si consiste en gobernar propiamente o en preocuparse, tanto de las próximas elecciones, como de eliminar a cualquier competidor, en potencia o en esencia. 

Esto, que se da, desgraciadamente, en el día a día de la política, degrada su ejercicio y la convierte en pura basura que asquea al ciudadano y le proporciona una desagradable sensación de ser un mero comparsa de las decisiones arbitrarias y muchas veces injustas del poder público. 

Pero las cosas no se acaban en la lucha intestina que trasciende poco al público, pues es practicada “sotto voce” y de forma timorata, pues ya un ilustre político de uno de los principales partidos españoles acuño aquella lapidaria frase: ”El que se mueve, no sale en la foto”, con lo que todo aspirante al poder por auténtica, legítima e ilusionada vocación, debe de esperar pacientemente a que le llegue su turno, dentro de la aquiescencia del poderoso partido, para lo que deberá de proceder con doblez y con falsía, convirtiéndose en un gusano rastrero o en un reptil trepador, así, pacientemente como digo, esperará a que el inútil o los inútiles que componen el gobierno se defenestren por sus propios errores y se den la gran costalada. Entonces habrá llegado su momento, pensará que es él el nuevo lider que la patria necesita y estará ya, sin embargo, tan prostituido por la práctica de la doblez, del disimulo y de las malas mañas adquiridas y aprendidas, que será de la misma especie o clase de la de aquellos que le precedieron en el cargo, a pesar de que se hubiere iniciado en la política con honradez y con legítima vocación ilusionada. 

Pero, por lo que toca a la confrontación entre los partidos, que es normal, pues las distintas opciones políticas representan legítimas aunque diferentes concepciones de la vida, no es en absoluto legítimo que gobierno y oposición se enfrenten permanentemente en una lucha a muerte que, al igual que la mediocridad o indigencia mental de los líderes a que antes nos hemos referido, redunda en perjuicio de los intereses generales de la nación. Si los dos grandes partidos políticos españoles cuentan, más o menos, con un cuarenta por ciento cada uno de los votos populares, necesariamente tienen que ponerse de acuerdo en aquellas cuestiones que interesan a ese ochenta por ciento de la ciudadanía y que son problemas de Estado que es, mas que necesario, imprescindible solucionar porque solamente así se puede conseguir el beneficio general de la nación. 

No puede ser que por meras cuestiones ideológicas se vean enfrentados los ciudadanos, renegando los unos de los otros y todos ellos se vean frustrados ya por las decisiones del Gobierno ya por las proposiciones de la Oposición, porque existen, aunque unos y otros no lo quieran asumir, asuntos de interés general cuyo adecuado encauzamiento y razonable solución son el fin último y verdadero de la política. 

La vocación de servicio, tan cacareada por cuantos se dedican a la actividad política, pasa por la consecución del bien común y éste se concreta unas veces en las ideas del gobernante y otras en las del opositor. Sin embargo en España parece que los partidos políticos  no acaban de entender que el beneficio nacional está por encima de los intereses partidistas. 

No es posible continuar con este enfrentamiento cerril y esterilizador de toda idea plausible para el buen gobierno de la nación. No es posible continuar con un odio feroz entre las facciones políticas por un puñado de votos. No se puede ser tan demagogo que por continuar asentado en el poder se hagan promesas estúpidas o, lo que es peor, se tomen decisiones perjudiciales para todos. No puede ser que se continúe por un camino de enfrentamiento y de persecución del adversario político al que se convierte y se trata como a un enemigo.

Ya comprendo que a los profesionales de la política estas reflexiones les parecerán ingenuas; sin embargo es así como piensan las personas sensatas y de buena fe. Harían bien los políticos tomándolas en consideración, sobre todo aquellos –seguramente escasos- que aún operan de buena intención y con altas miras patrióticas. De otro modo la desilusión del pueblo le llevará a la abstención y al desinterés por la política y en estas condiciones podrá venirse abajo el sistema y la propia democracia. Esta se verá absorbida por el oportunista caudillo salvador de turno que predicará la regeneración moral acabando con la lucha insensata y exaltará al pueblo a barrer el juego partidario del mapa político. Esto llevará a la unificación de criterios y, por ende, al partido único, acabando con toda idea de libertad, no solamente de expresión, sino de acción y, desgraciadamente, encontrará quien se ilusione con éste discurso, pues el abuso de las libertades y la prostitución del sistema liberal democrático, termina fatalmente en la dictadura y en la desgracia colectiva de la nación.

Ejemplos no faltan.

Fernando Álvarez Balbuena
Acerca del Autor:
Licenciado en Derecho y doctor en Ciencias Políticas. Empresario de Avilés.
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