 La noche de los tiempos es la última novela, cuando escribo esto, de Antonio Muñoz Molina. Impresionante por muchas cosas, sobre todo porque rezuma literatura de la buena por todas sus páginas, y son muchas, casi mil. Santos Sanz Villanueva ha contado la trama de la misma como sigue:
Relata “los amores de un arquitecto madrileño formado en la escuela alemana de la Bauhaus, Ignacio Abel, que en octubre de 1936 llega a Estados Unidos contratado por una universidad. Este eje individual del argumento merece un minucioso desarrollo. Entre constantes saltos temporales dictados por la memoria asociativa se reconstruye la trayectoria de Ignacio: humildes orígenes, ascenso social, ideario socialista, matrimonio a la deriva y pasión por una chica americana. Esa historia privada se imbrica en el convulso entramado colectivo del momento. El autor convierte lo particular en el soporte literario de un impresionante fresco histórico coral muy amplio: abarca el testimonio regeneracionista de un país anquilosado, las pugnas ideológicas irreconciliables, los antagonismos de clase, el sectarismo, la ceguera cainita, los instintos primitivos... Todo ello cobra plena verdad al encarnarlo en elementos fictivos, una amplia materia humana atentamente observada, y reales, personajes y sucesos históricos ciertos.” Ya tenemos el contenido, la anécdota narrada y a partir de aquí vamos a ir concretando aspectos, detalles, alcances simbólicos y comentarios a cerca de la forma o envoltura literaria. Pero antes de seguir quiero añadir que esta novela también podría explicarse diciendo que narra algunas historias de las personas que transitan por ella a las que se añaden conflictos relacionados con la ideología de las personas y con las luchas de clases y las atrocidades vividas en la guerra civil española; todo ello presentado con un cuidado lenguaje literario, con una disposición o estructura muy estudiada que, aunque no complicada, mantiene varias líneas de narración que le sirven al autor para ir acudiendo a cada una de ellas cuando la materia narrada lo requiere. La presencia de un tú señalado en el texto con letra cursiva sirve al autor para tomar prestada la voz de la mujer de Ignacio Abel cuando le echa en cara múltiples acusaciones y quejas, lo que formalmente es un acierto más. Buena novela, desde luego. A veces dudo si es más una novela de amor y desamor o una novela, sin los estúpidos prejuicios de Zapatero, sobre la guerra civil; sobre las atrocidades de los unos y de los otros. También me asalta la idea de pensar que es una novela sobre el peculiar carácter y la idiosincrasia española, las formas de vida y el contraste o alejamiento con las de otros países y otras gentes. Para no irme por las ramas sistematizaré y tal como yo veo la urdimbre de la novela encuentro tres materiales principales y cuatro complementarios. Los primeros, los principales: -La presencia de escritores, pensadores y políticos de la época, la mayor parte de ellos vinculados a la Residencia de Estudiantes. -Las historias patéticas y crueles que se protagonizaron durante la guerra civil. -La historia de amor entre el protagonista, Ignacio Abel, y Judith Biely. Los segundos: -Trabajo del protagonista. -Familia del protagonista. -Huellas de hechos históricos recientes. -Madrid. Ciudad de Madrid. Sobre la presencia de escritores, pensadores y políticos en la novela de Muñoz Molina vuelvo a decir que casi todos ellos estaban muy vinculados a la Residencia de Estudiantes: Moreno Villa, del que se habla por extenso y con afecto, Ortega y Gasset por ser figura clave de la intelectualidad de entonces, Juan Ramón Jiménez, por su prestigio como poeta y por peculiar modo de vida y de relacionarse con los demás, Alberti, del que el libro no transmite una opinión muy sólida; José Bergamín, personaje intransigente y endiosado y Negrín, vitalista y trabajador incansable. Para entender la visión que se nos transmite de Bergamín puede servir la p. 762 de la novela. Dice: “Nos enfrentamos a un enemigo que no tiene compasión y que por desgracia no se encuentra sólo al otro lado de las líneas del frente. Aquí en Madrid también actúan. Ya sabe lo que dice el presuntuoso del general Várela en la radio facciosa: que tiene cuatro columnas para atacar Madrid y una quinta que le conquistará la ciudad desde dentro. Están entre nosotros y actúan impunemente aprovechándose de la confusión que ellos mismos sembraron al sublevarse y de los escrúpulos morales y los legalismos que a nosotros nos paralizan... —De qué legalismos me habla usted, Bergamín. Ahora mismo he visto varios cadáveres junto a las verjas del Retiro cuando venía hacia aquí. Los cargan en los camiones de la basura como si fueran fardos y la gente se ríe. —¿Y no se pregunta usted qué habrían hecho para acabar así? ¿No lee usted los periódicos, no escucha la radio? Creen que los suyos están al llegar y se preparan para facilitarles la conquista. ¿No sabe usted que disparan desde las terrazas y desde los campanarios de las iglesias? Pasan en coches a toda velocidad delante de los cuarteles y ametrallan a los milicianos de guardia, y a quien se les ponga por delante. Bombardean con sus aviones los barrios populares y no tienen ningún reparo en que mueran mujeres y niños. Se lo dije el otro día y vuelvo a repetírselo: no fue el pueblo quien empezó esta guerra. No podemos permitirnos ninguna debilidad ni ningún descuido. No podemos fiarnos ni de nuestras sombras. Hágame un favor y hágaselo usted mismo. No tengo tiempo de explicarme demasiado porque he de estar en el aeródromo dentro de media hora. Arriesgándome mucho y por consideración a usted he hecho averiguaciones y puedo asegurarle que su amigo no corre peligro inminente...” ¿Siniestro, no? ¿Personaje siniestro, no? Para el caso de Negrín me parece interesante la p. 818: “Pero nuestro correligionario y ahora presidente del gobierno dice que quiere una Unión de Repúblicas Soviéticas Ibéricas, y don Lluís Companys una república catalana, y los anarquistas se olvidan de que estamos en guerra tenemos enfrente a un enemigo sanguinario para experimentar en todo este desbarajuste con la abolición del Estado. Y para poner en práctica su delirio particular cada partido y cada sindicato lo primero que ha hecho ha sido inventarse su propia policía, sus propias cárceles y sus pronos verdugos. Pero me niego a creer que todo esté perdido. Nuestra moneda se ha hundido internacionalmente pero tenemos oro de sobra y podemos comprar al contado las mejores armas. ¿Que las democracias hermanas, como se dice en los discursos, no nos las quieren vender? Se las compramos a los soviéticos, o a los traficantes internacionales, a quien sea.» Sonó el teléfono: la comunicación que había pedido ahora era posible. Pidió algo de manera terminante y con la máxima educación y como la secretaria que había estado mecanografiando la carta tardaba mucho en sacarla de la máquina él la arrancó del rodillo con un ademán certero y revisó la ortografía levantándose las gafas y acercándola mucho a los ojos fatigados. «Por no hablar de otro problema que tenemos, amigo Abel, aparte de esas fotos que nuestros milicianos se hacen vestidos de curas en las ruinas de las iglesias quemadas, y que nos benefician tanto ante la opinión pública internacional cuando las publican los periódicos. Los mismos periódicos que no quieren publicar las fotos que les mandamos nosotros de niños reventados por los bombardeos de los aviones alemanes, porque dicen que son propaganda. ¡No tenemos gente que hable idiomas! Mandamos al extranjero a republicanos y a socialistas leales para que cubran los puestos de los diplomáticos traidores y expliquen nuestra causa y ya me dirá usted cómo van a explicarla o qué clases de negociaciones van a hacer si en el mejor de los casos no pasaron del primer curso de francés en un colegio de curas.” De la historia de amor en La noche de los tiempos puede darnos una idea la página 943, aunque hay otras en las que se habla de la conquista, de las dudas, de la naturaleza del amor, de las tretas de los amantes y de los sobresaltos: “El tiempo en nuestras manos: en las suyas rebosan los pechos que conservan todavía el calor húmedo del baño y las de Judith le acarician la cara como para reconocerla y rozan las puntas ásperas de la barba. Pero ahora no tiene miedo ni vértigo y no siente el frío en las manos. Los latidos del corazón son igual de fuertes pero no apresurados. Ella los habrá notado cuando baje la boca besándole el pecho, mordiéndole con los labios, presionando sólo un poco los dientes. Judith abre la cama por el otro lado y se acuesta, la toalla en el suelo, revuelta con la ropa y los zapatos de él, y se queda inmóvil, recta, tapándose hasta la barbilla. Le ha dado frío al entrar en las sábanas. Se tiende de costado junto a ella, sin eludir del todo la vergüenza de su propia desnudez, y un momento antes de abrazarla no sabe recordar ni predecir la sensación de longitud y dulzura del cuerpo desnudo de Judith, revelada simultáneamente, desde el sabor de la boca a la suavidad del vientre y las caderas y de las rodillas y los talones y las puntas de los pies, desde la dureza suave de un pezón al vello escaso y un poco áspero del pubis, áspero sobre todo por el contraste con la piel. Levanta las sábanas para verla bien a la luz de la lámpara. Judith tiene las rodillas y los pies fríos, los ojos cerrados, la boca abierta y jugosa, con el sabor intacto que es tan ella misma como su mirada o su voz. La acoge todavía con torpeza en sus brazos y al cabo de unos minutos ya ha dejado de tiritar, pero sigue apretándose contra él, enredada a sus piernas. Cuando la mano baja hacia el vientre ella junta los muslos y le sujeta la muñeca. No hay prisa, le dice junto al oído, sin separar los muslos, tengo todo el cuerpo entero para que me acaricies.” Con los tres fragmentos citados, el lector se puede dar una idea cabal de los tres que anunciamos como materiales principales de la novela porque las historias de la guerra están indirectamente contenidas en los textos directamente referidos a Bergamín y Negrín. No obstante, si el lector busca páginas emblemáticas en la novela sobre la guerra, puede ir a las 905-910 en las que Muñoz Molina cuenta qué es la guerra, las pasiones que desata, los horrores y cómo en ella se manifiesta lo más bajo de los hombres. Vistos los aspectos y materiales principales con los que se urde la novela pasamos a los complementarios, pero no vamos a repetir aquí el método anterior, es decir, las citas significativas. Ahora vamos a dejar para que los descubra el lector los temas referidos al trabajo del protagonista y a Madrid como ciudad; y explicaremos las raíces y el alcance de los otros dos, el de la familia del protagonista y la influencia en la vida de Rossman y de su hija de las dentelladas comunistas y nazis. Ignacio Abel, el protagonista, es un hijo de trabajadores que se ganaban la vida con mucho esfuerzo y sacrificio. Ignacio logra nombre y prestigio gracias a su brillante carrera de arquitecto. Ignacio era de la UGT y socialista y se casa con Adela, hija de don Francisco de Asís, hombre con pujos aristocráticos y de derechas a ultranza y defensor de los pretendidos valores tradicionales e inconmovibles. (Véanse, por ejemplo, las páginas 213-16). Por otro lado la pareja que forman Ignacio y Adela es un calco, en otras circunstancias, de la de Mario y Carmen de la novela Cinco horas con Mario de Miguel Delibes. Un símbolo, además, de las dos Españas. El caso de Rossman y su hija, además del drama humano personal, es un ejemplo del albañal en el que han sumido a muchas personas el nazismo y el comunismo durante gran parte del siglo XX. Rossman y su hija son dos patéticas figuras, alemanes de origen, pero apátridas porque las ideologías dichas, enfrentadas entre sí, convirtieron a Europa en un avispero. Lecciones de historia. Buenas lecciones las de esta novela. Y a esta altura de las explicaciones me gustaría recordar a nuestro presidente del gobierno (J.L.R.Z) una lección de la novela por si la aprende y la tiene en cuenta: la de que tan española es la mentalidad de la familia de Adela como la de Ignacio y que, en cambio, fomentar el odio entre rivales políticos o partidos contrarios sólo conduce a la destrucción; (lo de Rossman y lo de la guerra civil española). Por eso la ley de memoria histórica promovida por Zapatero es un acto de insensatez. Para compensarla debería leer el libro y si no lo entiende que acuda a algunos de sus varios centenares de asesores. Así empezarían a justificar el sueldo. Lecciones de historia porque la historia “magistra vitae est”. A leer y a aprender. A quienes les guste la buena literatura (no ya J.L.R.Z) que lean La noche de los tiempos y quienes estén interesados en saber algo de los españoles y de España que lean la novela. A leer y a aprender. |