Hace unos días, movido por el espíritu navideño, fui a visitar a mi viejo amigo Paco Mirameba, Académico Corresponsable y durante tantos años eminencia gris del Movimiento Polipéptido del Ateneo de Madrid. Mirameba, actualmente internado en una institución especializada de Ciempozuelos, me ha rogado que transmita a los lectores de Asturias Liberal el fruto de sus indagaciones acerca del verdadero espíritu de nuestra Constitución.
Capítulo I. Reivindicación de la medida diferencial. En Estepaís, antes llamado España, el centralismo avasallador y el fascismo globalizador han ido imponiendo con el tiempo una uniformidad de medidas que supone la muerte de la cultura regional específica e intransferible. Buscar la sencillez en las normas es un error que se paga carísimo. El primer indicador de debilitamiento moral y mental de una nación consiste en el afán simplificador y uniformizador. ¿Por qué son tan listos los chinos y los japoneses? Porque su escritura no puede ser más complicada y tienen que espabilarse desde niños si quieren conseguir de mayores algo tan sencillo como leer el periódico. Allá en los tiempos del marqués de la Ensenada, medio mundo era posesión de la Corona española y no se había deslizado en nuestro espíritu castizo la afrancesada manía de las medidas universales. En un real cabían 34 maravedíes. El sagaz lector observará que 34 sólo se puede dividir por 2 y por 17. Podían haber elegido 36, que se divide por 2, 3, 4, 6, 8 9, 12, y 18 pero eso hubiese sido demasiado fácil. También había dos sistema de moneda, la de plata y la de vellón. En Castilla se medía el vino en pipas, azumbres y cuartillos, pero en Galicia se usaba también el calabazo y para la simiente de trigo, centeno o maíz se utilizaba el ferrado, que, para aclarar las cosas, era asimismo una unidad de superficie, distinta en cada parroquia. En aquel feliz tiempo de dominio universal de nuestros reyes, cada pueblo de España tenía su jota, y cada pueblo de Castilla su celemín y su arroba, inmortalizada hoy en el correo electrónico. En el momento más interesante de expansión castellana por el mundo, en pleno siglo XVI, había notarios que rechazaban contar con números arábigos, preferían los romanos. Intente Vd. sumar y multiplicar números romanos y luego me lo cuenta... Todo era complicadísimo, una verdadera pesadilla, y por eso la mente se abría y producíamos ingenios, artistas y siglos de oro a patadas. Nuestra moneda gozaba por aquel entonces de fama mundial y nuestros reales los respetaban hasta los más conspicuos republicanos. Recordemos que un siglo más tarde cuando en 1873 se desató la revolución cantonal, a los de Cartagena sólo se les ocurrió acuñar reales, que no cantonetas o republicinos. Fuera de España, tenemos un caso igual de ejemplar en el Reino Unido. Cuando ese Estado era la primera potencia del mundo, su sistema monetario era todo menos sencillo: una libra contenía veinte chelines; un chelín valía doce peniques. También tenían la media corona, que era una moneda que valía dos chelines y seis peniques, es decir, la octava parte de una libra, y acuñaban medios peniques y cuartos de penique, llamados farthings, igual que los reales acabaron siendo cuartos de peseta. Finalmente, mucho tiempo después de que la guinea dejara de acuñarse, los profesionales y artistas consideraban más elegante —y lucrativo— cobrar en guineas a razón de veintiún chelines por guinea. Además de las medidas oficiales, subsisten todavía hoy otras tan populares y originales como las stones —piedras— que pesan distinto según la mercancía. A ver, ¿por qué tendría que pesar lo mismo una stone de lana que otra de patatas, eh? Sólo a perversos y retorcidos racionalistas se les puede ocurrir que un kilo de plumas pese tanto como un kilo de plomo. ¡Es evidente que el plomo pesa más! Sí, señores, en los tiempos gloriosos de Albión, cuando creaban la revolución industrial, montaban un imperio mundial, eran capaces de tomar y quemar la ciudad de Washington, de vencer a Napoleón o a Guillermo II y de aguantar solitos los zarpazos del Reich, sus niños aprendían matemáticas a palo seco al acompañar a sus mamás al mercado: ¿cuántos peniques valdrían cinco onzas y media de harina? ¡Gente seria! Formados a base de dificultades, los británicos desarrollaban una mente privilegiada y coleccionaban premios Nóbel de Física. Lo mismo les pasó a sus primos americanos, que a pesar del debilitante sistema centesimal conservan unidades como los bushel y los galones para entretenerse. En cambio en ese Reino Unido sepulcral de ahora, que ya no es dueño de la India, ni del Canadá, ni de media África, ni de Australia, esa colonia paquistaní en que la Torre de Londres será pronto un minarete desde el que llamar a la guerra santa, una libra vale cien peniques, mira tú qué bien. Los británicos han tomado el camino de nuestra decadencia, y cuanto menos cuentan en la historia, más simplifican su formar de contar y les da por uniformizar su sistema de medidas. Cuando alcancen nuestro estado, ya ni contar sabrán: se multiplicarán por cero, que es la operación más sencilla del mundo. Señores, ¡basta ya de litros y de kilos, de metros y de euros! Estepaís no volverá a ser España hasta que circulen entre nosotros reales, cruzados, doblas, dineros y maravedíes; nuestra piel de toro pide a gritos soluciones complejas para cuestiones elementales. Nuestro lema ha de ser: “Para cada solución, diez problemas”. ¿Os parece raro tener que pagar peajes en las autovías? ¡Pues ya veréis cuando paguéis puentazgos y portazgos! ¡Ya veréis cuando los del hecho diferencial impongamos la blanca de la carne y la alcabala del viento! ¡Suprimiremos el cero! ¡Acabaremos con el abecedario e impondremos la escritura jeroglífica! Resumiendo, nuestro sistema se basará en la divisa que hizo tan popular a la joven María Isabel: ¡antes muerto que sencillo! |