Samaranch y la politización de las Olimpiadas PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Internacional
Escrito por Juan Morillo Bentué   
miércoles, 13 de agosto de 2008

ImageEn unas declaraciones al diario La Vanguardia de hace algunos meses, el presidente honorario del Comité Olímpico Internacional (COI), Juan Antonio Samaranch, dijo que era injusto utilizar los Juegos Olímpicos para castigar a China por asuntos políticos internos de ese país. Afirmó que “la política es la política y el deporte es el deporte. Y si hay quejas contra China que se lleven al foro adecuado a exponerlas”.

La verdad es que le tengo un sincero aprecio a mi paisano. Quizás sea porque el 17 de octubre de 1986, en Lausanne pronunció una de las frases más famosas y recordadas en mi ciudad: à la ville de… ¡Barcelona! Sin embargo, creo que peca de ingenuidad en sus declaraciones. O eso quiero creer…

 

La idea de que la política no participa en los Juegos Olímpicos no puede ser más inocente y estar más alejada de la realidad. Y es que lo político está presupuesto en los Juegos Olímpicos desde el mismo momento en el que intervienen los Estados. Y si tenemos en cuenta que las Olimpiadas las organizan, se llevan a cabo y participan los Estados, no cabe ninguna duda de que están irremediablemente politizadas de principio a fin. El aparato de compulsión y coacción lo hacen funcionar personas de carne y hueso, que no pueden dejar pasar estos grandes y espectaculares eventos para alcanzar sus propios fines.

 

Los poderes políticos no sólo necesitan y aprovechan estos eventos por los beneficios económicos que conllevan, sino principalmente para legitimarse. Esto es importantísimo, ya que un Estado no puede obtener obediencia simplemente mediante la represión. Incluso habiendo un partido único como es el caso chino (o precisamente por este motivo), éste debe controlar la opinión pública, ya que no puede sostenerse a largo plazo si sus políticas no son aceptadas por la mayoría de los gobernados. Debe conseguir que los ciudadanos/súbditos obedezcan sus órdenes sin necesidad de castigos ni recompensas.

 

La majestuosidad de la ceremonia inaugural cumple un papel de legitimación mediante la amplificación de la fantasía colectiva. La fantasía de que el individuo se debe a la nación; la fantasía de identificar a la nación con sus gobernantes; y finalmente, la fantasía de identificar a los gobernantes con los gobernados. En definitiva: más superstición colectivista y menos individuo.

 

Con estos intereses políticos no es de extrañar que se den continuos casos de corrupción, malversación de fondos y sobornos dentro del seno COI, como los que tuvo que hacer frente el propio Samaranch en 1999 debido a los escándalos de soborno a miembros de la junta directiva.

 

Además, conocemos casos históricos en los que los JJOO se han visto directamente alterados por motivos políticos. En 1980, Estados Unidos y algunos países del bloque occidental decidieron ausentarse de los Juegos de Moscú, en protesta por la invasión de Afganistán por parte de las tropas soviéticas. Cuatro años después, fueron la URSS y las naciones del Este de Europa las que optaron por boicotear los Juegos organizados por Estados Unidos en la ciudad de Los Ángeles. Otros países, como Cuba y Sudáfrica, tampoco participaron en las citas olímpicas durante mucho tiempo por razones de índole político.

 

Podemos preguntarnos si el denominado “Movimiento Olímpico” tiene que ver con aquel soñado por el barón Pierre de Coubertin, pero de lo que no hay duda es que la lógica y la historia nos demuestran que es imposible separar los Juegos Olímpicos de la política. Como mínimo, mientras la forma histórica de lo político siga siendo el Estado.

 


Juan Morillo Bentué
Acerca del Autor:

Miembro del Instituto Juan de Mariana

Filósofo (Universidad Ramon Llull) e Ingeniero Químico (Instituto Químico de Sarrià).

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