Excepcionales, así definió Jacques Rogge, presidente del COI, a los Juegos Olímpicos (JJOO) de Pekín 2008. Un calificativo inteligente para describir todo y no mojarse nada. Podría haber utilizado otros: extraordinarios, especiales o singulares, con el mismo efecto e igual corrección. Corrección política igualmente excepcional pero no solo, pues tiene razón.
Tres factores han confluido para hacer de esta edición de los JJOO algo único. Los poderes económico, político y humano de China harán que pasen varias olimpiadas hasta que se puedan, si acaso, igualar algunos de los aspectos de estos JJOO. Un poder económico, que al servicio del poder político, ha dispuesto de presupuesto casi ilimitado para construir unas instalaciones de ensueño y asombrar con unas ceremonias impactantes. Un poder político capaz, por ejemplo, de cerrar todas las factorías de Pekín durante los 2 meses anteriores a los JJOO para evitar los, de otro modo garantizados, problemas de contaminación. Y un poder humano, en fin, que ha reunido a medio millón de voluntarios. Londres en 2012, Madrid –esperamos- en 2016, o cualquier posible ciudad organizadora en el futuro cercano no contarán con semejantes poderes. Y por suerte, cabría decir según el caso. Técnicamente la organización de los Juegos ha rayado a un nivel altísimo. Por supuesto, ha habido áreas mejorables. Pero teniendo en cuenta la ingente labor de organizar 28 campeonatos del mundo en 17 días. ¿Quién está libre de pequeños fallos? Lo curioso es que han fallado donde se han empecinado en hacerlo, fruto de su propia estrategia. Algo así como: “Bienvenidos a los Juegos de Pekín, siempre y cuando los sigáis desde el televisor.” Amparándose en garantizar la seguridad, se cerró el acceso a personal y voluntarios extranjeros que deseaban trabajar en los Juegos y se disuadió la llegada de espectadores foráneos, dificultando el acceso a visados y a entradas para los eventos deportivos. Han sido unos JJOO organizados por chinos y para espectadores casi exclusivamente chinos. Resultado: problemas de comunicación con el personal y los voluntarios, pues su conocimiento de inglés era habitualmente limitado o nulo, y falta de ambiente en los estadios y en las calles. Y es que salvo en contados deportes con tradición en China y público entendido, en el resto de los eventos la pasividad con la que se atendía a actuaciones deportivas espectaculares era cuando menos chocante. El carácter reservado de los chinos y las dimensiones de Pekín, una megalópolis de casi 15 millones de habitantes, hizo que el ambiente tampoco se viviese en las calles. Con seguridad, estos pequeños detalles no se han apreciado por televisión, donde se ha difundido una imagen perfecta. Parte principal de la estrategia. Y como decíamos, técnicamente los Juegos no han estado lejos de esa perfección. Sin embargo, el análisis no ha de quedarse ahí. El factor político de estos Juegos ha estado presente desde su concesión a Pekín en Julio de 2001. No es misión del Movimiento Olímpico ni cambiar regímenes ni su forma de actuar. Sin embargo si puede de forma paralela a sus objetivos ser un catalizador para inducir los valores que defiende, entre ellos el “respeto de principios éticos universales”. Con todas las buenas intenciones, ese fue uno de los argumentos esgrimidos para conceder los JJOO a Pekín: con la atención de todo el mundo centrada en China durante los JJOO, el Partido Comunista no tendría más remedio que acelerar el proceso de apertura y otorgar más libertades a los ciudadanos. Las noticias previas a los JJOO no fueron muy halagüeñas: se aumentó la represión sobre los disidentes y la censura interna, tratando de no dejar ni el más mínimo resquicio a que algún incidente aguara la demostración al mundo que se pretendía que fueran los JJOO, y vaya si lo fueron. El después inmediato nos trae, un Partido Comunista reforzado por el éxito rotundo de haber alcanzado todos sus objetivos, los organizativos y los deportivos, con la sobresaliente actuación de la delegación china. Pese a todo ello, la dictadura llamada Comunista -la estructura de partido único es probablemente lo único que le queda de Comunista- está, como toda dictadura, condenada a caer tarde o temprano. Y la lógica dice que a medio y largo plazo, éste que ha sido, pese a todas las barreras mencionadas, el mayor encuentro pacífico de la Historia entre Oriente y Occidente, será beneficioso para que los ciudadanos chinos disfruten de libertad de expresión y manifestación, entre otras muchas de las que carecen, más pronto que tarde. Aunque eso, solo el tiempo lo dirá. Hasta entonces, a lo que hemos asistido durante las dos últimas semanas ha sido a la congregación pacífica de los mejores atletas del mundo, de 204 países y territorios, en unas condiciones excelentes para la competición. Si sus actuaciones, esfuerzo y dedicación sirven de inspiración y ejemplo para actuales y futuras generaciones el verdadero objetivo Olímpico habrá sido cumplido. Ese sí sería un éxito indiscutible, de China y de todo el mundo. |