Conflicto kurdo y peculiaridad turca El gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y el ejército turco cierran filas entorno a un problema definido como nacional, cuestión de Estado. Los bombardeos en el norte de Iraq, en busca de las bases del terrorista Partido de los Trabajadores del Kurdistán –PKK- se suceden y estos últimos días con más intensidad ante el apoyo templado del gobierno de los EE UU.
El planteamiento inmediato está bastante claro. Un grupo terrorista, alzándose en representación de una minoría marginada, perpetra desde el año 1984 acciones armadas contra, principalmente, intereses y vidas turcas. Las bases militares del PKK se encuentran en territorio iraquí. Especialmente desde el derrocamiento de Saddam y la consiguiente revalorización del Kurdistán iraquí como baluarte de la nueva situación, los santuarios kurdos han preocupado seriamente a Ankara. Desde ese punto de vista, manejable sólo a corto plazo, el Estado turco tiene derecho a defenderse y iniciar acciones de represalia sobre los refugios y centros de entrenamiento del PKK en Iraq. Así lo reconocen los EE UU aunque esta actitud no es coincidente con la de Europa.
Los kurdos de Turquía, un 10% de la población total de ese país, aproximadamente, mantienen un largo contencioso con el gobierno de Ankara. Tras siglos de convivencia, no exenta de conflictos, con los otomanos y los persas, la construcción nacional de Turquía como un estado moderno, desde 1923, implicó la unificación cultural y el sometimiento violento de las minorías, especialmente de la kurda.
Asentados en un área que abarca el suroccidente de Turquía, norte de Iraq y nordeste de Irán, los kurdos son un pueblo sin estado y, por errores propios e inaceptables persecuciones, no parece que haya visos de que lo construyan en un futuro cercano. La caída del régimen de Saddam abrió una puerta a la esperanza de formar, si no un estado independiente en el norte de Mesopotamia, sí una región autónoma donde los kurdos se encuentren cómodos.
Independientemente de las razones a corto plazo y de la improcedencia de los métodos del PKK, la realidad es que la cuestión kurda afecta a la estabilidad del Medio Oriente y a los derechos humanos. En cuanto a lo primero, los EE UU, siguiendo la doble doctrina de permitir que Turquía se defienda legítimamente de los ataques terroristas y de mantener buenas relaciones con el imprescindible aliado de Ankara, tampoco puede permitir que los “raids” aéreos turcos creen un conflicto de mayor envergadura en Iraq y alejen de su influencia al pueblo kurdo-iraquí. Sobre lo segundo, nadie puede negar que el trato turco a las minorías ha sido, desde la construcción del estado moderno, condenable.
Las razones europeas para oponerse a las acciones de represalia turca son claras, también. Europa es recelosa de una nación, la turca, por su religión, cultura y tradición represora de minorías

Europa es recelosa de una nación, la turca, por su religión, cultura y tradición represora de minorías
. La entrada en la UE de Turquía, deseada desde Washington, es puesta en tela de juicio por los europeos, que temen la amenaza a sus valores de convivencia. Es así que frecuentemente se producen pronunciamientos más o menos oficiales a favor de minorías perseguidas por los turcos: armenios y kurdos. Por consiguiente no cabe cerrar los ojos a la complejidad del problema ni escudarse en ella para evitar plantear soluciones dignas para todos y permanentes. Y es que, al margen del apoyo que merece Turquía en su derecho a defenderse, las políticas de la Casa Blanca y de Europa han de dirigirse a influir seriamente en ella para dar una solución honorable a los kurdos.
|