La mujer del maquis PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Historia
Escrito por José María Fernández Gutiérrez   
lunes, 19 de enero de 2009

ImageEste libro, “La mujer del maquis”, Premio Espasa de Ensayo, 2008, se publicó (1ª edición) en octubre de 2008 y ya en noviembre vio la luz la segunda. Tiene, por lo tanto “tirón” y lectores.

Su autora, Ana Ramírez Cañil (Ana R. Cañil) es periodista y dice que cuenta la historia de la caída de los últimos maquis, los que resistían en tierras de Santander allá por los años 40 hasta 1957, pero es la historia también de los métodos y las torturas de la Guardia civil, las actuaciones de los falangistas, de los gobernadores civiles y, en general, del aparato del régimen durante las dos primeras décadas de la etapa de Franco. Y todo ello adobado con la narración de las penalidades, los oficios, el “pane lucrando”, las casas, los recursos, los afectos, los sentimientos, la moralidad impuesta, la hipocresía reinante, los miedos y la dureza de la vida de estas gentes. El hilo conductor, no obstante es la historia de los últimos maquis, de sus mujeres, de sus madres, de los que los escondían y los ayudaban y particularmente del último, Paco Bedoya y Mercedes San Honorio que pasaron todo tipo de penalidades, que vivieron separados, que tuvieron un hijo (clandestino) al que no podían criar ni educar juntos.

El libro se titula, yo creo que reduccionistamente, “La mujer del maquis”, pero es la historia, casi la intrahistoria, de dos tipos de vida contrapuestos, la de los maquis y sus familiares y la de la saña y los métodos empleados por el régimen de Franco para eliminarlos. Las mujeres y entre ellas la mujer de Paco Bedoya ocupan un lugar importante porque fueron víctimas de palizas y torturas por su, por otra parte, necesaria ayuda a los huidos a los montes y por tener que arrastrar una vida llena de privaciones materiales a la par que de incomprensiones y críticas debidas al clima de moralidad estricta, ñoña e hipócrita que se había impuesto.

A veces la minuciosidad del relato de los avatares cotidianos, de los oficios, de las dificultades de ganarse el pan y de los roces de familias empañan un poco la historia central, la del maquis, pero le dan, en cambio, un toque de frescura y un necesario sello de autenticidad histórica al conjunto de lo narrado porque, de no ser así, habría quienes pensaran, por lo inverosímiles y crueles de aquellos sucesos, que eran fruto de una imaginación desbordada. Pero insisto en que se dan numerosísimos datos históricos personales, se aportan cartas y documentos. Se escribe un libro plagado de datos objetivos, aunque sería preferible que la mayoría de ellos nunca hubieran acaecido.

Para mi, hay en el libro otros aspectos singulares que me han interesado mucho, uno el del bla, bla, bla de la comunidad internacional que gasta la prosa y larga palabras, pero nunca, para conservar su comodidad burguesa, interviene con hechos. Veamos un párrafo al respecto, el de cómo las democracias del mundo no hacen nada para parar los abusos del régimen de Franco durante aquellos años:

“Desde el triunfo de los aliados en 1944, el Gobierno del general Franco vivió con el temor a una invasión apoyada por las democracias triunfantes. Pero aquel 5 de marzo de 1946, mientras medio centenar de locos que querían recuperar su patria, mal equipados y perdidos peleaban con la nieve y caían en manos de las tropas nacionales como moscas, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, los triunfadores encargados de gobernar la «cuestión española», publicaron la Nota Tripartita. El texto condenaba a «la dictadura española», pero con la clarísima puntualización de que, pese a la repulsa contra Franco, los tres gobiernos no tenían ninguna intención de «intervenir en los asuntos de España».

La nota invitaba a la superación pacífica de la dictadura y así los más pesimistas vieron sus peores temores confirmados. El 12 de diciembre de ese mismo año, la Asamblea Plenaria de la ONU volvía a denominar al régimen de Franco «fascista», y ordenaba la retirada de embajadores y el bloqueo económico, pero al mismo tiempo reiteraba el deseo de no intervención. Una vez más, los vecinos europeos dejaban a España sumida en la oscuridad de lo que ellos mismos catalogaron como «fascismo», solo que esta vez el abandono duraría cuarenta años.”

Lo que he dicho: el bla, bla, bla de las democracias del mundo, el no regatear calificativos de “fascismo” y otros similares, pero que a la hora de tomar medidas se traducían en nada. Como ahora, que incluso dentro de la propia España, la democracia, si es que hay democracia, habla y pacta en secreto con la ETA, por poner un ejemplo de los sangrantes, pero no hace nada para derrotarla si esa posible acción le supone al gobierno o al partido en el poder una pérdida de votos. Hipocresía. Sólo hipocresía.

Otro asunto que me interesó fue el de cómo Cuba, Argentina e Hispanoamérica en general, fueron la válvula de escape, el destino de muchos españoles que asfixiados en España hallaron en estas tierras hermanas una posibilidad de vida y una liberación de las cadenas interiores. En este sentido son particularmente interesantes las páginas 202 a 205.

El tercer asunto, sobresaliente para mí, es cómo a la larga el P.C. dejó “tirados” a los maquis porque ya no servían a sus intereses políticos. Traiciones de políticos. Nunca son de fiar. En la p. 272 se lee:

“Ya fuera por pudor, por vergüenza o por ineficacia, el cambio de rumbo con el que volvieron los dirigentes comunistas de Moscú se trasladó claramente a los maquis en España hasta la primavera 1952, aunque durante esos tres años el PCE fue soltando amarras lentamente, tan lentamente como se resolvían las dudas en el buró político del partido. Por fin, en 1952 Carrillo realizó una autocrítica sobre las guerrillas y al admitir que «sobrestimamos la experiencia clandestina de los camaradas enviados desde Francia», para añadir después que «no acertamos a retirar a tiempo, por lo menos, a parte de nuestras fuerzas de este sector de la lucha, mientras que se producía un aislamiento creciente de las masas campesinas y se desarrollaban en su seno elementos de descomposición».

Paños calientes, estrategias de partido. Vergüenza universal. Poca ética. Y en el fondo nula solidaridad humana. Quien espere algo en este último sentido de gobernantes y partidos políticos es que todavía sigue en el limbo de los justos.


José María Fernández Gutiérrez
Acerca del Autor:
Catedrático de Lengua Española de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona
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