La Comisión de la Memoria Histórica, formada por expertos e intelectuales, encargada de borrar la huella del franquismo de cada rincón de la muy noble, leal, heroica y no sé cuantas cosas más, ciudad de Oviedo, ha culminado la tarea, con la complacencia del Partido Popular, y la carcajada histórica de socialistas, comunistas y demás simpatizantes de la izquierda. Se ha establecido una relación de calles, plazas, símbolos, etc. que recuerden la liberación de Oviedo, del cerco a que fue sometida la ciudad, durante tres largos meses, por los combatientes del Frente Popular. Se ha establecido una relación de nombres de calles, plazas y símbolos para que la maquinaria municipal se dedique, desde ya, a borrar los nombres que recuerdan a personas y situaciones relacionadas con un pasaje histórico. Repito, ante la complacencia del partido que renuncia a ocupar su posición natural, y el que, desde el poder, anda perdido en la órbita de los tiempos, tratando de recuperar los símbolos de los periodos más nefastos de la Historia Contemporánea española.
A estas alturas del calendario, nada debería extrañar. El comportamiento de los populares está hipotecado por el discurso de la izquierda, más resuelta, más mediática, más capaz de transmitir eslóganes sin contenidos. Es un mal endémico de la derecha española: su falta de personalidad ante el discurso de su oponente. Su talón de Aquiles, su punto flaco, el lugar fatídico donde clavar la daga verbal del contrario, y no han sabido poner remedio. Así les va. Escribo estas líneas el mismo día que Ortega Lara ha anunciado su abandono de la política activa (o sea, del Partido Popular), y un día después de que hiciera lo propio un símbolo vivo de honradez política y valentía humana, encarnadas estas virtudes en la persona de María San Gil, mientras el (¿presunto?), líder del Partido Popular continua con su limpieza étnica en el organigrama de la formación que debería representar a la oposición (casi la mitad del electorado). Escribo después de leer las ediciones digitales de los periódicos asturianos, que resaltan en sus portadas la decisión municipal a instancias de la famosa Comisión de la Memoria Histórica para la ciudad de Oviedo. Ignoro la necesidad, de esta Comisión, para una ciudad cuyos ediles presumen de haberla convertido en espejo de urbanidad y visita obligada de muchos colegas de otros puntos de España y del extranjero. El desvarío del Partido Popular viene de lejos. Es genético en la derecha española. En las recientes disputas por situarse en el tablero político del partido, a las que venimos asistiendo en los últimos meses, después del descalabro electoral del pasado marzo, aquellas/os que hinchan el pecho a sabiendas de que una importante masa de votos les respaldan, apuran pronto a dejar claro su nula pertenencia al franquismo. O sea, que la acusación de convertirles en “herederos” del franquismo (no se lo crean, es una frivolidad), les levanta urticaria, vean, si no, las declaraciones de la señora Aguirre. Pero no crean que por la izquierda andan mejor. A este paso, va a quedar claro que el franquismo no existió. Que la Guerra Civil no fue tal, sólo un amago de los fascistas y los militares unidos; que jamás Oviedo estuvo sitiado por los entusiastas luchadores del Frente Popular; que nunca los socialistas dejaron de tomar café en el Peñalva; que los regulares de Fernández-Capalleja, más adelante, general y director de la Academia General Militar de Zaragoza, jamás hicieron tremolar sus banderas aquella madrugada del 17 de octubre de 1936 desde el Escamplero… eso lo habrían soñado los “carbayones”, que aguantaban dentro del cerco ya casi sin agua y comida. A este paso no va a ser verdad que hubo una guerra civil, que un teniente coronel apellidado Teijeiro pasó por Luarca con su columna, entre otros que también pasaron, y que el Cervera bombardeó la costa valdesana para abrir camino hacia la capital del Principado. No va a ser verdad que a Graciano Antuña, un auténtico líder entonces de la izquierda asturiana hoy olvidado por la propia izquierda, lo fusilaron en Luarca, después de un consejo de guerra… no va a ser verdad porque todavía circulan versiones sobre su asesinato, por un guardia de asalto, en su prisión ovetense. No va a ser verdad que Franco ganó la guerra, en todo caso, fue la misma República, débil y enferma, la que entregó el testigo de la Historia a aquel general de talla menuda y voz atiplada. Nada de esto va a ser verdad en Oviedo a partir de ahora, por la sencilla razón de que en la ciudad no queda nada que permita recordar lo que pasó. Para qué. Desconozco el plan de trabajo de la Comisión de la Memoria Histórica que tan cumplidamente ha trabajado por “limpiar” Oviedo de símbolos y recordatorios franquistas. Me preocupa que un exceso de celo, tanto por parte de los miembros de la Comisión, como por parte de los miembros del Partido Popular en dicho Ayuntamiento, pueda efectivamente llevar a sus últimas consecuencias su encargo, y eliminen los efectos del tejido industrial de aquella época, la Seguridad Social, las pensiones a quienes se jubilaron tras largo periodo laboral durante el franquismo, o las pagas extraordinarias, por ejemplo. Esto de los nombres de las calles y de las plazas en las ciudades deberían los ediles tomarlo en serio. En Gijón, un “ilustrado” estuvo a punto de cambiar el nombre de la Plaza de San Miguel, al creer que éste obedecía al arcángel y no al político progresista, presidente del gobierno, ministro varias veces y varios años diputado. |