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¿Fosos de desmemoria o fosas para el recuerdo? PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Historia
Escrito por Pedro López Arriba   
martes, 18 de noviembre de 2008

ImageEl debate sobre la memoria histórica alcanzó el domingo 16 de noviembre de este año un hito realmente difícil de superar. En la edición dominical del diario El País , un hombre, de cuyo nombre no quiero acordarme, alcanzaba el cénit de esta penosa campaña de desmemoria que padecemos. El mentado autor de una tribuna de opinión que titulaba con los nombres de Azaña y de Machado reclamaba, como culmen de la Memoria Histórica, el inmediato traslado a España de los restos mortales de ambos, que están en Francia. Se autodefinía como “escritor”, y no era mala definición, ya que desde luego no es lector. Al menos no es lector de Azaña.

 

Una de las muchas, muchísimas, cosas que ignoran los desmemoriados de la Memoria Histórica, son algunas de las más elementales verdades de la vida. Por ejemplo, aquella que nos enseña que todo lo que tiene el hombre es un tiempo para vivir y un lugar ara para morir. O que el lugar en que un hombre muere es mucho más importante e identificativo de él, que el lugar de su nacimiento. Los antiguos griegos, tan sabios, honraban con el sepelio en el mismo lugar del fallecimiento a aquellos que habían alcanzado las más altas cimas de la gloria. Los atenienses muertos en la batalla de Maratón, como recuerda Tucídides, fueron enterrados en el propio campo de batalla en consideración a su excepcional valor. Uno de los combatientes de Maratón, el insigne poeta trágico Esquilo, quien murió lejos de Atenas muchos años después, hizo inscribir en su epitafio que la gloria más alta de su vida había sido el formar en las filas de los hoplitas atenienses en tan memorable jornada, en la que su hermano había alcanzado una inmortalidad más destacada que la suya, pues pereció en la batalla y había recibido la tierra allí.

 

Fue el propio Azaña el que dejó escrito su deseo de que sus restos mortales no se vieran nunca sometidos a traslados y trajines. Que le dejaran descansar en paz, allá donde los azares del destino le hubieran llevado a morir. Decía el último Presidente de la desdichada IIª República Española, que conviene prevenirse ante los furores mortuorios de los españoles. Al punto que uno debería intentar morir con suma discreción “casi a hurtadillas”, para no dejar pistas del lugar del enterramiento. Un anonimato que evitaría que, con el paso del tiempo, sus restos mortales, lejos de disfrutar del sosiego del “requiescat in pace”, se vean sometidos a toda clase de trasiegos, movimientos y paseos que, so capa de homenajear, no pasan de ser bárbaras exhibiciones de afanes fúnebres primitivos, tan del gusto del vulgo nacional. Y ahora, ese indocto, el Benjamín de un Prado, ya reclama el poner a viajar los restos de Azaña, desde Montauban, hasta vaya usted a saber dónde. ¡Y lo hace desde la tribuna dominical del diario El País! 
Pero es que pedirle conocimiento y saber a los insensatos es, más que error, crueldad. ¿Qué lecturas puede pedirse que tengan un Garzón, un Zapatero o tantos otros “memoriosos” de la desmemoria? Son hombres de consigna, no de razonamiento o de sentido común.           

Pedro López Arriba
Acerca del Autor:
Licenciado en Derecho y Filosofía, es abogado y funcionario del Cuerpo Superior de Intervención y Contabilidad de la Administración de la Seguridad Social
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