El Valle de los Caídos, el valle de la conciliación PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Historia
Escrito por Honorio Feito Rodríguez   
domingo, 20 de diciembre de 2009

ImagePara muchos españoles resulta sorprendente el arranque de fobia que viven algunos políticos españoles, respecto a la etapa de la Historia Contemporánea de España que representó el régimen del General Franco (subrayo lo de etapa de la Historia Contemporánea antes de que algún visionario decida eliminarla, como parecen que están intentando hacer ahora con eso de la memoria histórica). En la memoria de los españoles están frescas aún las sonoras hazañas nocturnas de la retirada de las estatuas del Generalísimo, incluida la que presidía la Academia General Militar de Zaragoza, que fue dedicada al que fue su ilustre Director, en la segunda etapa de esta institución, desde 1928 hasta 1931. No figuraba la estatua ecuestre del Generalísimo, pues, por su condición de Jefe del Estado. 

Esta especie de saña, que poco alivia la crisis económica y demás problemas de los españoles y nada resuelve en materia de dignidad nacional (que parece ya un concepto definitivamente borrado de nuestros diccionarios, y excluido de nuestra conducta), ha contagiado a todos: desde los inquietos elementos de la progresía hasta los hoy autodenominados liberales. Recuerden, por ejemplo, que el pasado mes de junio, el Ayuntamiento de Madrid retiró los honores y distinciones concedidos a Franco en un acto tan singular como ridículo. 

Este afán por borrar etapas de nuestra Historia no ha sido ajeno al Monumento Nacional del Valle de los Caídos, cuyo complejo está regulado por el artículo 16 de la Ley de la Memoria Histórica. 

Aunque la intención de Franco era que el Valle de los Caídos fuera el monumento dedicado a todos los caídos en la contienda española de 1936-1939, el homenaje que todos los pueblos dedican a “su” soldado desconocido, el extraordinario complejo religioso-arquitectónico que preside la finca del Pinar de Cuelgamuros, exactamente, en el llamado Risco de la Nava, en el término municipal de El Escorial, cuya cruz levanta 150 metros desde la base y la hace visible desde muchos lugares, ha sido siempre objetivo de desprecio por parte de la izquierda, cuyos heraldos -auténticos expertos en el manejo de datos y en la manipulación de la información- han echado mano de todos los argumentos posibles para menospreciar el lugar y lo que representa.  

Coincidiendo con los cincuenta años de existencia del Monumento, el periodista Juan Blanco Ortega ha publicado: Valle de los Caídos. Ni presos políticos, ni trabajos forzados, cuya lectura recomiendo tanto a los convencidos como a los que no convencidos, para ahuyentar el fantasma de la mentira que preside las manifestaciones de los manipuladores de la progresía y la tonta incredulidad de los liberales de ahora, ante hechos que no tienen parangón en la historia de los pueblos.  

De la lectura de este libro se desprende, entre otras cosas, que la intención del Caudillo coincidió con la de muchos de sus adversarios políticos, contrincantes del cruel enfrentamiento. Y esa intención no era otra que la de curar las heridas de la guerra cuanto antes y ponerse a trabajar. Ponerse a trabajar, obviamente, no era sino levantar España, convertida en escombros tras la Guerra Civil. Este objetivo es claro para El Generalísimo y demostrable, como tan oportunamente señala el periodista Juan Blanco, al citar la cascada de órdenes que se aprueban, todas ellas pensadas para reducir las penas de los reclusos y aliviar incluso sus condenas, como así ocurrió. Y ese objetivo fue también el que contemplaron las decenas de miles de presos, procedentes del bando republicano, perdedores en el campo de batalla, que al darse cuenta de las medidas adoptadas por los vencedores, no dudaron en aceptar los trabajos para la reducción de penas, disfrutando además de un jornal equiparable al de cualquier obrero, y beneficiándose de los cinco días de reducción de pena por cada día trabajado. Medidas estas que afectaron a todos, y no únicamente a los que trabajaron en el Valle de los Caídos. 

O sea, que el Valle, el monumental complejo formado por la Basílica, la Cruz y el Monasterio, fue la obra de Francisco Franco, en cuya construcción se ocuparon empresas profesionales, que contrataron, cuando la legislación lo permitió y con la exigencia de cumplir al detalle con ella, mano de obra procedente de los prisioneros del bando republicano, y que a medida que esta desapareció, por la reducción misma de las condenas, se emplearon presos comunes. Que la vida en el Valle no fue un campo de concentración, entre alambradas de espinos y soldados fusil en mano vigilando no solo la permanencia, sino la laboriosidad de los trabajadores, y especialmente, de los trabajadores-reclusos; conviene tener claro que los trabajadores-reclusos no murieron por centenares, como consecuencia de un “qué más da” porque eran del bando contrario, sino que el total de accidentes mortales que se produjo en el Valle durante los 17 años de construcción fue de 14 personas fallecidas; que lejos de abandonar el desdichado lugar aquellos republicanos a los que el destino había “rebajado” a construir el monumento, muchos de ellos, digo, decidieron quedarse a trabajar allí, como obreros libres, una vez en libertad, disfrutando de un ambiente bien distinto al que han descrito los enemigos de la obra.  

Para recibir sepultura en el Valle se debían cumplir tres requisitos: ser español, haber muerto durante la guerra y estar bautizado. Allí están enterrados, con el permiso de sus familiares, no menos de treinta mil españoles –la cifra exacta no se puede determinar- que representan a las dos Españas. Es de esperar que ningún energúmeno interrumpa la paz de los muertos por España y la idea de la reconciliación que comenzó oficialmente, por parte de los vencedores, con el decreto fundacional del 1 de abril de 1940, aún cuando en la mente del Generalísimo estuviera presente antes de esa fecha. Léanse el libro de Juan Blanco y visiten el Valle, que merece la pena.


Honorio Feito Rodríguez
Acerca del Autor:

Periodista nacido en Meras (Valdés).Ha escrito varias novelas. Ha ganado el premio del Banco Hispano Americano con “Los Invitados (1983). Ha escrito la biografía  “Evaristo San Miguel, la moderación de un exaltado”.

Actualmente tiene en imprenta un libro sobre los asturianos en el Congreso y en el Senado.

 
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