Hace unos días nuestro compañero de página Marcos Álvarez Díaz, escribía un artículo sobre la necesidad del vascuence para poder trabajar en el País Vasco. Como siempre tenía toda la razón del mundo. Pero no es el objeto principal proteger el trabajo público de los vascos la obligación anticonstitucional de usar el idioma vasco. El fin último es la independencia. Los nacionalistas elegirían con gusto dejar a todos en el paro a cambio de su independencia de la odiada España. De todas maneras si las cosas van mal los jerarcas se van con el riñón bien, muy bien, cubierto y a esperar. Es lo que han hecho siempre.
Desde hace muchos años están intentando diferenciarse del resto de los españoles, muchos años ciertamente no, pues esta historia no empezó con Túbal nieto de Noé y primer vasco libre (carné nº 1 del PNV, no quisieron dárselo a Noe directamente, pues todos sabemos del natural modesto de los euskaldunes) como nos cuentan, sino con el más modesto, moderno y tontiloco (decía Unamuno) Sabino Arana a principios del siglo XX. Su afán era buscar el elemento diferenciador definitivo de su pueblo. Tuvo muchas ideas, ninguna buena como veremos. Empezó por la raza. Tanto es así que tenía una novia en Bilbao de la que estaba muy enamorado, era muy guapa y muy rica, pero, gracias a Dios, tuvo la suerte de enterarse que sus apellidos no eran euskéricos, el sexto era provenzal, y naturalmente la dejó. Ya más tarde encontró otra (Nikolasa), era inculta y aldeana, pero con la inmensa suerte de descubrir que “son ya ciento veintiséis apellidos de mi futura esposa que tengo hallados… todos ellos son euskéricos”, lo confesaba con orgullo en una carta a su amigo Engracio Aranzadi. Salvó la rapaza guapa. La catetita también, pues Sabino murió a los pocos años sin hijos, se volvió a casar con un sargento de la Guardia Civil en Burgos con el que fue muy feliz, tuvo ocho hijos. Esto no lo puedo confirmar documentalmente, pero es lo que se lee. Lo de la raza no le dio demasiado resultado, pues aunque el aseguraba que los vascos descendientes de Túbal eran braquicéfalos, casi la mitad de sus paisanos eran dolicocéfalos, tampoco eran todos altos, en la Ribera navarra y provincias francesas eran más bien bajitos y luego, lo más grave, la nariz, muchos no la tenían grande como él. Fue un duro golpe. Entonces piensa don Sabino:”Si… aprendieran el euskera (los maketos), tendríamos que abandonar éste… dedicándonos a hablar el ruso, el noruego o cualquier otro idioma desconocido para ellos”. De todas maneras no tenía muy claro cual era su nación. En 1892 publica “Bizkaya por su independencia”, le sobraban las otras seis provincias. “Si nos pusieran de un lado la muerte total y absoluta de Bizkaya, esto es, la extinción de su raza y de su lengua y la desaparición de todo escrito y de toda memoria referente a sus leyes e historia y hasta de su mismo nombre, y el del otro de una Bizkaya maqueta, independiente, regida por las leyes de vuestros padres, poseedora de nuestra lengua y heredera de nuestra historia, optaríamos por lo primero”. De su alma y de su pluma, p.86, V.83. Como los vascos no se habían distinguido oponiéndose por las armas a nadie, y menos a los romanos, al principio don Sabino prefería ser cantabro, mucho más correosos sin duda. En sus años mozos nos deleitaba con esta épica oda: “cantabros... abandonando presto el arado... empuñad el hacha y el venablo... vienen... a conquistar- Nuestro pueblo los guerreros romanos... ¡Dios y fueros!”. El problema serio era que los cantabros, por el momento, no eran cristianos y para los fueros les quedaban diez siglos. Y para más INRI los vascos eran aliados fieles de los romanos. Suetonio nos cuenta que vasca era la guardia personal del emperador Octavio Augusto. Se sabe que la cohorte II Vasconum formaba parte de las fuerzas que ocuparon Britannia en tiempos de Trajano (105 d. C.). Incluso vascos había entre los pretorianos. Nunca ha existido Euskadi como nación, ni siquiera como ente administrativo. Fueron provincias independientes unas de otras, con fueros muy distintitos y muy distintas formas de aplicarlos. En los años sesenta, salta a la palestra otro ideólogo del nacionalismo vasco Federico Krutwig Sagredo, hijo de alemán, marxista, que sería el santón de la ETA y demás compañeros mártires. Admite que los maketos permanezcan en Euskadi, pero siempre que tengan la “voluntad de convertirse en buenos ciudadanos de Euskaria”. Los otros, como es natural, serían expulsados. Se da cuenta, muy agudamente, que uno de nariz larga y otro de nariz corta se pueden entender magníficamente si hablan el mismo idioma y descubre que lo importante no es la raza, que al fin y al cabo no es lo suficientemente diferenciadora, y vaya usted a saber de quien es hijo cada vasco, siendo como habían sido zona de paso de todas las invasiones habidas en la Península Ibérica, en las que los invasores venían normalmente sin sus novias formales y con ganas de darle alguna alegría al cuerpo después de la caminata y lucha correspondiente. El verdadero elemento diferenciador es la lengua. Afirma que es vasco todo el que sea nacionalista y hable eusquera. Aunque así y todo un pelín de raza no le viene mal, nos asegura: “Un racismo vasco que no quiera mezclar la propia sangre con gentes de tez oscura, de talla pequeña… es un noble sentimiento que todo nacionalista vasco debería hacer suyo”. El tema de la raza tuvo una gran crisis a la finalización de la II Gran Guerra. Estaba claro que después de la derrota nazi no parecía muy oportuno seguir con el asunto, no obstante como se ve algún ramalazo queda. A pesar de lo eterno e importante de legua vasca nos cuenta la catedrática de Ciencias Políticas de la Universidad del País Vasco Edurne Uriarte, vascófona de cuna: “Una buena parte de los futuros dirigentes nacionalistas procedía de las ciudades, y durante el franquismo no solo hablaban español. Sino que, además, muchos de ellos despreciaban el euskera, como lengua propia de los aldeanos: los vascos procedentes precisamente del mundo rural o pesquero… hemos vivido esa experiencia… los que siempre habíamos pensado que el idioma era un instrumento de comunicación… descubrimos que el idioma era una religión fanatizada para… gentes que ni siquiera conocían ese idioma que ahora convertían en tótem al que ha que habían comenzado a adorar compulsiva y obsesivamente, en una especie de locura colectiva… se habían propuesto integrar a la fuerza a toda la población”. Krutwig, descubre anonadado que Leizaola, Presidente del Gobierno vasco en el exilio era un traidor, no había enseñado el euskera a sus hijos, así nos lo cuenta: “en realidad era un colaborador gratuito de los enemigos del Pueblo Vasco… ninguno (de los hijos) poseían la característica principal de la nación vasca (el idioma)… hubiese merecido ser fusilado de rodillas y por la espalda”. No tiene más remedio que reconocernos, en un raro gesto de honradez, el señor Krutwig que la lengua castellana: “desde muy antiguo está ligada al pueblo vasco: es la lengua de los Fueros, de las Cortes de Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra, habiendo sido este reino el primero en haberla adoptado como lengua oficial en sustitución del latín”. Pero es: “el símbolo del estado opresor” No estando nada seguros que alguien serio se creyera lo de Túbal, lo del la nación soberana que siempre fueron y los otros rollitos. Pensaron, con acierto, que el elemento diferenciador más serio que había era el idioma y pasaron a considerarlo como el principal elemento y casi único de su “construcción nacional”. No se limitaron, ya desde Arana, a intentar crear una nacionalidad a golpe de lengua, sino que la propia lengua fue reinventada para cumplir mejor su función, dando a luz numerosos neologismos como: batzoki, abertzale, ikurriña y por fin Euzkadi. Que la hacen incomprensible para los verdaderos vasco-parlantes. Tienen el mérito indudable de haber inventado una nación inexistente, poblada por una raza inexistente, con una historia inexistente y que habla una lengua inexistente, para dar nombres inexistentes a personas, animales y cosas. Unamuno se lamentaba: “forjar una lengua artificial, de alambique y gabinete, a base de vascuence, una jerga política de la que han salido tan donosos disparates como llamarle Euzkadi a lo que siempre se llamó en vascuence Euscalerría y en español Vasconia”. En 1888 había competido en Bilbao con Arana por una cátedra de vascuence que gana Unamuno. De la palabra Euzkadi, opinaba: “grotesca y miserable ocurrencia” de un “menor de edad mental (Arana) terminacho espurio y disparatadísimo que forja con un sufijo adi… que se encuentra en nombres de arboledas y cosas así… como si al pueblo español le llamásemos “la españoleda”, al modo de pereda, robleda…”. M. de Unamuno, revista Nuevo mundo, 1-3-18. Como la lengua es el hecho diferencial esencial, el gobierno vasco la impone a sangre y fuego incluso en lugares donde jamás se habló. El Álava donde los vasco-parlantes eran un 3,9% (1975), se impone a todos, tanto en la escuela como en la Administración. Al nacer la comunidad autónoma vasca (1981) hablaban el eusquera: Álava el 3,9%, Vizcaya el 14,9%, Guipúzcoa el 39,4%. Por tanto hablaban vasco el 21,5% de los vascongados y el 100% hablan español. Cinco años después eran el 24,5%. Eran mayores proporciones que las que había en República. La persecución de los no hablantes en vasco cada vez es más agobiante. Saltaron a la prensa los campamentos de verano que castigaban a los niños, que se les oía hablar en castellano, a llevar pesadas mochilas cargadas de piedras. En marzo del 97 la concejala de educación de San Sebastián, Beatriz Otaegui, a los niños vascófonos que abandonasen a sus amigos si estos hablaban en español: “la amistad es muy importante, pero los alumnos que tienen como compañero a una persona que no sabe euskara… demuestran una ligereza y frivolidad de actitudes”. Hablando del asunto decía el muy vasco Pío Baroja: “El bizcaitarra dice: somos tradicionalistas y respetamos la tradición. Y lo primero que hacen es falsificar la historia y cambiar la ortografía del vascuence”. Unamuno lo corroboraba: “”lo arreglan todo con la b y la k y otras niñerías por el estilo, y con creer qué, no ya el vascuence, sino la boina son consubstánciales a la raza. En 1941, pensando en la invasión de España por los aliados, entre ellos Francia naturalmente, el Gobierno vasco en el exilio hace una Constitución un pelín más modesta, que en su articulo 5º dice: “El territorio vasco... Sus límites son: al Norte, los Pirineos y el gofo de Vizcaya; al Este, el río Gallego, al Sur, el Ebro hasta Gallur y la divisoria de aguas entre las cuencas del Ebro y del Duero, a partir del Moncayo en toda la extensión de ambas vertientes, y al Oeste, el cabo de Ajo”. Curiosamente a Euskadi norte ni mentarlo, seguro de que, tan ilusionados como estaban con la invasión en la que participaría Francia, se les olvidó. Todas las citas de este escrito están fusiladas del libro, imprescindible para quien quiera saber del asunto, "Adiós España. Verdad y mentira de los nacionalismos". Jesús Laínz. Ediciones Encuentro, 2004, Madrid. ISBN: 84-7490-707-1 |