Recuperar la decencia PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - España
Escrito por Pedro Luis Llera Vázquez   
domingo, 10 de julio de 2011

ImageVolvemos al manido tema de la crisis. Ya se ha dicho casi todo, pero quiero insistir en algo que me parece de vital importancia para salir del actual marasmo social, moral, político y económico que amenaza con acabar con todos nosotros.

Pues bien, yo tengo la solución para acabar con la crisis y eso que no soy Alfredo P. Rubalcaba. La única solución es recuperar la decencia. Así de fácil. Me gustaría creer que todo el mundo entiende lo que significa “recuperar la decencia”, pero dado el lamentable estado de la educación en España desde que don Javier Solana y don Alfredo P. Rubalcaba dinamitaron nuestro sistema educativo, me veo en la obligación de extenderme un poco en la explicación.

En Asturias, tenemos una palabra para definir a una persona decente: “paisano” (o “paisana”, que no hay nada de machista en el término). Un paisano en Asturias es un hombre (o mujer) de palabra, un hombre honrado, auténtico, que siempre dice la verdad; un hombre cuya palabra tiene más valor que un documento firmado ante notario; una persona compasiva, solidaria, siempre dispuesta a ayudar al vecino que lo necesite. Ser un “paisano” en Asturias supone pertenecer a una especie de aristocracia, no de sangre, sino de la buena: una aristocracia moral, que recibe el reconocimiento social de sus vecinos y, en consecuencia, sabe ganarse día a día, con su comportamiento, el respeto de todos.

Pues bien, eso es lo que necesitamos en España: muchos “paisanos” y “paisanas” de verdad. Porque la necesaria regeneración moral que precisamos en España no pasa sólo por la política, la economía o las instituciones (que también). La verdadera regeneración moral imprescindible es la que pasa por todos y cada uno de nosotros. Faltan “paisanos” y sobran impresentables en este país. Como decía una pancarta de los “indignados”, en España “falta pan para tanto chorizo”. Sobran necios, sobran mentirosos, sobran avaros y soberbios, sobran analfabetos, sobran, en definitiva, personas indignas.

Por ello, les propongo un programa sencillo de regeneración moral que todos podemos poner en práctica en nuestra vida cotidiana. No podemos esperar a que los políticos nos solucionen la papeleta. Salir de la crisis depende, desde mi punto de vista, de nosotros mismos. Allá van mi propuestas:

1.- Recuperemos el valor de la verdad y despreciemos la mentira y a los mentirosos. Una sociedad que tolera la mentira y el engaño como algo “normal” y habitual es una sociedad condenada a muerte. La mentira no se debe tolerar de ninguna manera: ni en los políticos ni en ti ni en mí. La mentira debe generar desprecio y el mentiroso pierde el honor, la dignidad y el buen nombre y debe ser condenado al ostracismo, al menos hasta que pida perdón y se arrepienta públicamente de su actitud. Todos tenemos la obligación de ser personas auténticas. Toda corrupción tiene su origen en la mentira. Un hombre capaz de engañar a su mujer, por poner un caso típico, rompiendo la palabra empeñada en el matrimonio, no es un hombre de verdad y no merece sino el desprecio. Cuántos matrimonios se salvarían simplemente si las personas fueran personas y no peleles dominados por sus instintos más rastreros y animales.

2.- Recuperemos todos el valor del honor. Todos debemos aspirar a pertenecer a la aristocracia moral. Tenemos el deber de comportarnos con nobleza. Y eso implica que en público y en privado debemos ser honrados y comportarnos con dignidad. Una persona con honor debe ser intachable tanto en su vida pública como en su vida privada. Una persona con honor no roba, no miente, no maltrata a los niños, ni a las mujeres, ni a los más débiles, sino que, muy al contrario, tiene la obligación de salir en defensa de los desvalidos y luchar contra cualquier clase de injusticia. Dirán ustedes que estoy proponiendo que seamos auténticos quijotes: pues sí. En España faltan quijotes y sobran farsantes y desalmados. Y si no, vean la cantidad de canallas que matan o pegan a sus mujeres o a los pederastas y violadores que andan sueltos. Pero claro, como ya no se lee El Quijote en las escuelas ni en ninguna parte… Todos tenemos la obligación de ser nobles para ganarnos el respeto de los demás y, sobre todo, para poder mirarnos al espejo cada mañana sin que se nos caiga la cara de vergüenza. La grandeza de España la alcanzaron personas nobles, dispuestas a luchar y a sacrificarse. La decadencia de España la provocaron y la siguen provocando los canallas y los corruptos, los indecentes e indignos que siempre han estado dispuestos a mentir, a robar e incluso a matar con tal de enriquecerse a toda costa.

3.- Revisemos nuestra escala de valores. Lo más importante es la familia. Nada debe ser más importante para una persona decente que su mujer (o su marido) y sus hijos. El dinero, las casas, el lujo, los placeres, la comodidad, las vacaciones, los coches y todo lo demás tienen que estar en segundo lugar. No se debe sacrificar la educación de los hijos por ganar más dinero o por vivir “mejor”.  Por desgracia, en nuestra sociedad se valora como prioritario lo que llaman “disfrutar de la vida” y muchos venden su alma al diablo por ese concepto hedonista de “disfrute”. ¿Hay algo mejor que tener hijos y verlos crecer y educarlos? Yo personalmente sólo aspiro a que mi familia viva con dignidad. Y para ello, no hacen falta muchas cosas. Hace falta mucho amor y lo justo para comer, vestirse, tener un techo y poder educar bien a los hijos. Se puede y se debe vivir con austeridad. Debemos todos recuperar la idea de que debemos sacrificarnos por nuestros hijos, que más que dinero y caprichos, lo que necesitan es nuestro amor, nuestro tiempo y nuestra atención.

Creo que mi programa es simple y fácil de entender. Si aplicamos estos tres sencillos puntos a nuestra vida diaria, en poco tiempo tendríamos una sociedad mejor y todo podríamos vivir con dignidad. Pero esa regeneración deseable y necesaria para salvarnos del marasmo actual para por cada uno de nosotros. Hace falta una conversión en profundidad de cada uno de nosotros. Necesitamos personas auténticas, nobles, dispuestas a sacrificarse por los demás; personas austeras y solidarias, honradas y decentes; necesitamos personas que intenten cumplir y encarnar cada día aquel mandamiento que ha sustentado durante siglos nuestra civilización: “amarás al prójimo como a ti mismo”. Sin personas así y sin esta profunda conversión personal, estamos perdidos.


Pedro Luis Llera Vázquez
Acerca del Autor:
Licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua Castellana y Literatura en Secundaria. Experto en Dirección y Gestión de Centros de Enseñanza no universitarios por la Universidad de Comillas. Colaborador de La Nueva España de Las Cuencas y de diversos medios de comunicación en la Red.
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