La propuesta da, sin embargo, en el clavo de una de las preocupaciones fundamentales de las sociedades occidentales. Su viabilidad, así como su seguridad, interna y externa, dependen del modo en que se integren las cada vez más variopintas comunidades foráneas. Sería demasiado irresponsable pensar que nada es preciso hacer respecto de quienes escogen a España para asentarse.

Sería demasiado irresponsable pensar que nada es preciso hacer respecto de quienes escogen a España para asentarse.
Entre ellos existen multitud de personas honradas que buscan labrarse un futuro familiar a base de ahorro y trabajo. Otros, sin ladear las buenas intenciones, se sienten atraídos por los múltiples incentivos que proporciona el Estado del Bienestar español. No todos los llamados por él presentan un balance productivo. No obstante, lo más arriesgado para la seguridad son quienes desarrollan en España comportamientos conflictivos, bien sea como delincuentes comunes, bien como comunidades organizadas para alcanzar mayores cuotas de poder.
Es un hecho que el incremento exponencial de la delincuencia y de los múltiples casos de maltrato a mujeres se produjo en España al albur de la inmigración. No es preciso pagar el peaje de tener que salvaguardar la honestidad de la mayoría de inmigrantes para señalar este hecho. Lo cortés no quita lo valiente. Por ello, porque en muchos casos las costumbres españolas, occidentales, no son respetadas de manera general, es un sano ejercicio de responsabilidad advertir que quien emigra ha de adaptarse a los parámetros culturales básicos de la nación de acogida.
No es posible mantenerse impasible ante declaraciones como la de la Junta Islámica de España –o de Al-Andalus, en su toponimia- pidiendo el voto explícitamente a los partidos de izquierda. Y no lo es mientras se vilipendia a los obispos católicos por hacer lo que siempre hicieron: recomendar votar con conciencia cristiana, sin señalar el sentido del voto. La diferencia de trato, ejemplificada así, es suficiente para alzar una bandera en defensa de la sensatez de la propuesta de Rajoy.
Las críticas de la izquierda se basan en argumentos banalmente liberales

Las críticas de la izquierda se basan en argumentos banalmente liberales
. ¿Quién es Rajoy, dicen, para establecer qué es buena costumbre y qué no lo es? ¿No es cierto que una democracia liberal se basa en el respeto a los personales proyectos de vida?. Dicho así, solamente, la izquierda tiene razón, pero las contrapreguntas que surgen al caso desmantelan las insinuaciones. ¿No es cierto que el modo liberal de vida se basa en el ajuste de las creencias personales al respeto sagrado hacia los demás? ¿No es cierto que las organizaciones islámicas se saltan ese respeto en cuanto han conseguido la libertad de movimiento que se les concede desde las sociedades liberales?.Es de exigir menos demagogia a quienes se abalanzan contra la propuesta de Rajoy. Y para que desmontar los argumentos falsamente liberales de la izquierda sea cosa fácil es preciso que el Partido Popular concrete en qué consistiría ese contrato de aceptación de las costumbres españolas. Si no lo hace estará desarmado en el debate.