Panorama desolador: Comercios cerrados PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - España
Escrito por José María Fernández Gutiérrez   
sábado, 17 de abril de 2010

ImageUna tienda de zapatos que está al comienzo de la calle Ramón y Cajal de Tarragona tenía puestos varios letreros que anunciaban su cierre y un cartel grande en el escaparate, de hacia 1,50 por 1,00 metro en el que se leía (se lee) lo que sigue a continuación. 

El que ens faltava per acabar de rematar-nos...

NO!!! A LA PUJADA DE L'I.V.A.

Aquest es un petit homenatge en record de tots els confiéreos i empreses que s'han vist obligáis a tancar i ais que están amenacats de fer-ho per culpa de la ineptitud i la mala gestió de la crisi per part deis nostres governants i de les institucions financeres.

LAS TIENDAS DESAPARECIDAS

Cada vez que doy un paseo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a guerras y conmociones diversas. Eran parte del paisaje. De pronto, el escaparate vacío, el rótulo desaparecido de la fachada, me dejan aturdido, como ocurre con las muertes súbitas o las desgracias inesperadas. Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca. Otras de esas tiendas son negocios recientes: comercios abiertos hace un par de años, e incluso pocos meses; primero, los trabajos que precedían a la apertura, y después la inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa, esperanzados. Ahora paso por delante y advierto que los cristales están cubiertos y la puerta cerrada. Y me estremezco contagiado de la desilusión, la derrota que trasmite ese triste cartel pegado al cristal con las palabras se alquila o se traspasa.

En lo que va de año, la relación es como de una lista de bajas depués de un combate sangriento. Entre las que conozco hay una parafarmacia, dos tiendas de complementos, una de música clásica, una estupenda tienda de vinos, una ferretería, una tienda de historietas, tres de regalos, dos de muebles, cuatro anticuarios, una librería, dos buenas panaderías, una galería de arte, una sombrerería, una mercería e innumerables tiendas de ropa. También -ésa fue un golpe duro, por lo simbólico- una juguetería grande y bien surtida. Me gustaba entrar en ella, recobrando la vieja sensación que, quienes fuimos niños cuando no había televisión, ni videoconsola, ni nos habíamos vuelto todos -crios incluidos- completamente cibergilipollas, conservamos del tiempo en que una juguetería con sus muñecas, trenes, soldados, escopetas, cocinitas, caballos de cartón, disfraces de torero y juegos reunidos Geyper, era el lugar más fascinante del mundo.

Ahora hablamos de crisis cada día. Hasta los putos políticos y las putas políticas -que no es lo mismo que políticas putas, ahórrenme las putas cartas lo hacen con la misma impavidez con que antes afirmaban lo contrario. En todo caso, una cosa es manejar estadísticas; y otra, pisar la calle y haber conocido esas tiendas una por una, recordando los rostros de propietarios y dependientes, su desasosiego en los últimos tiempos, la esperanza, menor cada día, de que alguien se parase ante el escaparate, se animara y entrase a comprar, sabiendo que de ese acto dependían el bienestar, el futuro, la familia. Haber presenciado tanta angustia diaria, la ausencia de clientes, el miedo a que tal o cual crédito no llegara, o a no tener con qué pagarlo. El saberse condenados y sin esperanza mientras, en las tiendas desiertas que con tanta ilusión abrieron, languidecían            su            trabajo            y            sus            ahorros.            Morían            tantos            sueños.

Eso es lo peor, a mi juicio. Lo imperdonable. Todas esas ilusiones deshechas, trituradas por políticos golfos y sindicalistas sobornados que todavía hablan de clase empresarial como si todos los empresarios españoles tuvieran yate en Cerdeña y cuenta en las islas Caimán. Ignorando las ilusiones deshechas de tanta gente con ideas y fuerza, que arriesgó, peleó para salir adelante, y se vio arrastrada sin remedio por la tragedia económica de los últimos tiempos y también por la irresponsabilidad criminal de quienes tuvieron la obligación de prevenirlo y no quisieron, y ahora tienen el deber de solucionarlo, pero ni pueden ni saben. De esa gentuza encantada consigo misma que no sólo carece de eficacia y voluntad, sino que sigue impasible como don Tancredo, procurando ni parpadear ante los cuernos del toro que corretea llevándose a todo cristo por delante. Un Gobierno cínico, demagogo, embustero hasta el disparate. Una oposición cutre, patética, tan corrupta y culpable de enjuagues ladrilleros que trajeron estos fangos, que resulta difícil imaginar que unas simples urnas cambien las cosas. Sentenciándonos, entre unos y otros, a ser un país sin tejido industrial ni empresarial, sin clase media, condenado al dinero negro, al subsidio laboral con trabajo paralelo encubierto y a la economía clandestina. Con mucho Berlusconi en el horizonte. Un rebaño analfabeto, sumiso, de albañiles, putas y camareros, donde los únicos que de verdad van a estar a gusto, sinvergüenzas aparte, serán los jubilados guiris, los mafiosos nacionales e importados, y los hooligans de viaje y tres noches de hotel, borrachera y vómito incluidos, por veinticinco euros. Para entonces, los responsables del desastre se habrán retirado confortablemente al cobijo de sus partidos, de sus varios sueldos oficiales, de sus pingües jubilaciones por los servicios prestados a sí mismos. A dar conferencias a Nueva York sobre cómo nos reventaron a todos, dejando el paisaje lleno de tiendas cerradas y de vidas con el rótulo se traspasa. Así que malditos sean su sangre y todos sus muertos. En otros tiempos, al menos tenías la esperanza de verlos colgados de una farola.

Arturo-Pérez Reverte

XLSemanal, 11.10.2009.” 

Falta la cruz del comienzo del escrito, la del requiescat in pace, que no me sale al convertir la imagen en texto. Pero está allí, en el escaparate.

Yo había leído el texto de Pérez Reverte en El Semanal, pero me dio un vuelco el corazón al verlo allí convertido en el “yo acuso” de unas personas a las que se les estaba yendo a pique el trabajo, tal vez de generaciones, y las ilusiones de vida. Sentí asco. Asco de los políticos que nos gobiernan. Asco de que estén haciendo dura nuestra vida por su egoísmo y por su falta de sensibilidad; y por su falta de preparación; y por su desinterés por todo lo que no sea su beneficio partidista o partidario.

Hace muy poco terminé la lectura de El Asedio, también de Pérez Reverte, y allí, en la p. 628, se lee: 

“—Se comenta que tienes problemas —dice Sánchez Guinea, bajando la voz.

—Que también yo los tengo, querrá decir.

—Claro. Como yo mismo, y mi hijo... Como todos.

Lolita asiente sin decir nada más. Lo mismo que tantos comerciantes gaditanos, es acreedora del erario público con una deuda de cinco millones de reales, de los que hasta hoy no ha recuperado más que la décima parte: 25.000 pesos. De mantenerse la deuda impagada, eso podría llevarla a la quiebra. Al menos, a la suspensión de pagos.

—Sé de buena tinta, hija mía, que el gobierno ha recibido letras sobre Londres y ha dispuesto del dinero tan lindamente, sin pagar un peso a los acreedores... Lo mismo hizo con los últimos caudales llegados de Lima y La Habana.” 

Y así la historia. Los gobiernos no gobernando o gobernando para ellos mismos, es decir esquilmando al pueblo, a cada uno de nosotros.

Deberíamos tomárnoslo muy en serio y proceder en consecuencia.


José María Fernández Gutiérrez
Acerca del Autor:
Catedrático de Lengua Española de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona
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