Hoy tengo otra razón para no dejar de escribir y es la de que quiero compartir con todos algo que me ha iluminado la vida y me ha hecho contemplarla con otros ojos, de lo cual sé que se congratularán todos los que se alegran con la alegría de los demás. Y el motivo de mi regocijo, la “causa nostrae laetitiae” que diría la letanía, no es – y no tendría que haber sido necesariamente en ese orden - que haya recibido la noticia de que está en marcha una impresionante promoción interna en mi trabajo, que me vayan a subir el sueldo, que el amor haya llamado a mi puerta, o que la vida me haya bendecido con un niño,...¡no!, el motivo es más profundo y gratificante, una de esas circunstancias que hacen que, de pronto, caigas en la cuenta de lo afortunado que eres y quedes imbuido de la convicción de cuánto tienes que agradecer a quien te ha proporcionado ese algo esencial sin el que no es fácil comprender cómo has podido vivir hasta ahora sin tener la dignidad hecha añicos.
Sí, estoy radiante, porque, siendo mujer como soy, mi universo ha cambiado desde que se hizo oficial el nuevo Gobierno de España. Para miles de mujeres la composición de éste ha abierto la puerta a la esperanza, ha regado el aire de autoestima, y ha eliminado ese lastre de miseria moral que nos ha acompañado a las hijas de Eva desde que el mundo es tal. Y todo eso de la forma más sencilla, no proclamando que las mujeres que forman parte del nuevo gabinete son las personas que mejor se adecuan a las carteras que ya ocupan y que lo importante es su valía intelectual y política y no su sexo, sino convirtiendo en dato relevante dos tonterías supinas: que, por primera vez en la Historia de la democracia española hay más mujeres que hombres en un Gobierno, y que una mujer va a cuadrar, nunca mejor dicho, al ejército, desde la cúpula militar al último soldado (que no mohicano). Sí señor, esa es la gran recompensa que nos ha otorgado el Sr. Zapatero; y ante tal claridad de ideas y conceptos sólo queda arrodillarse ante el Altar - ante el Presidente no, porque si, como decía el texto célebre, al Rey se le da la hacienda y la vida pero no el honor, porque éste, como patrimonio del alma, sólo puede darse a Dios, menos aún lo vamos a dar por debajo del regio escalón - y dar gracias a Dios por haber puesto en el camino de mi presente y de mi futuro de mujer a tal hacedor de luz. No importa que ya antes haya habido mujeres en puestos políticos relevantes – recuerdo un momento en el que el Senado y el Congreso estaban presididos por mujeres- ni que algunas de las mujeres hoy integrantes del Gobierno hayan demostrado palmariamente su incapacidad; sólo importa que las ministras son más que los ministros y que una de ellas tendrá la oportunidad de ver cómo los generales se cuadran ante su persona y de hacer que el ejército, por si no había sido aún bastante maltratado, asuma que desde hoy no sólo le manda un civil, sino que ese civil es una mujer, y que esa mujer tiene una idea de España – o una “des-idea” – que nada tiene que ver con la que por su propia naturaleza e historia él suele mantener (“Armis historiam populorum laborant”, dice el lema del Servicio Histórico del Ejército). ¡Ah! Y tenemos, además, una valedora universal, la Señora Ministra para la Igualdad. Esperemos que haga más por la mujer en el Ministerio de lo que ha hecho en la Junta de Promoción del Flamenco, porque a la vista de las pocas artistas femeninas que parecen haber surgido durante su dirección no sé si ni siquiera nos va a quedar a la mujeres de España la esperanza de convertirnos en una nueva Sara Baras, en una imitadora de La Farruca, en una nueva Lole, o en algo así. Por si acaso, tendré que ver cómo me queda la bata de cola o la falda de bailaora, el clavelón en la coronilla, las ajorcas de coral y oro, y el “jipío”; sobre todo, el “jipío” ¡Que Dios nos proteja! Estoy radiante, pero que Dios nos proteja. |