La noticia del día es que una vez más una casa cuartel de la Guardia Civil ha sido el objetivo de los nobles gudaris de la ETA. Una vez más un miembro del Benemérito Instituto es asesinado a manos de quienes negocian con gobiernos y merecen la atención de la parte más despreciable de nuestro episcopado. La nueva víctima se llama, se llamaba más bien, Juan Manuel Piñuel.
Julián Marías, para medir el grado de libertad de una sociedad recomendaba hacerse tres preguntas: ¿Qué puedo hacer? ¿Qué no puedo hacer? ¿Qué me pueden hacer? En la sociedad española, ser miembro de la Guardia Civil entraña que te pueden hacer de todo, incluso matarte; y Juan Manuel Piñuel lo sabía. Ninguna de esas preguntas, el poder hacer, afecta a la ética que consiste más bien en el deber hacer. Vivimos entre tinieblas y tratamos de averiguar cuál es el camino que debemos seguir. “¿Qué hemos de hacer?” preguntaban los publicanos a Juan el Bautista. La misma pregunta le hace en su día Saulo a Cristo, en el camino de Damasco: ¿qué he de hacer? El deber sólo adquiere su verdadera importancia cuando se conjuga con un verbo activo, y el más activo de todos es “hacer”; no existen deberes teóricos, un deber consiste en un deber hacer. Pues bien, ante el nuevo atentado, el nuevo asesinato, la gran pregunta es, repito, ¿qué debemos hacer?

Pues bien, ante el nuevo atentado, el nuevo asesinato, la gran pregunta es, repito, ¿qué debemos hacer?
Si no nos planteamos esa cuestión, es que carecemos de ética. Y si no asumimos la respuesta, cumpliendo con nuestro deber, es que no sólo no tenemos ética, sino que no nos importa no tenerla.Juan Manuel Piñuel, desde luego, sí que supo qué hacer. Sabía a qué se exponía cuando solicitó ingresar en el Benemérito Instituto. Todos los jóvenes que un día aspiran a ser guardias civiles lo saben muy bien, saben que los pueden matar. A lo largo de toda su infancia y juventud, Juan Manuel Piñuel vio imágenes de Guardias Civiles asesinados, con la nuca destrozada o despedazados por una bomba. Cientos y cientos de víctimas de ETA, un interminable rosario de cuentas negras, le recordaban que la profesión de guardia civil, no sólo está expuesta a los peligros que implica luchar contra la delincuencia habitual y tantas horas en las carreteras; además, nuestros guardias civiles son las víctimas predilectas de las hienas del nacionalismo vasco, que por lo visto se ríen más cuando la víctima usa tricornio. Aquel 1996, el año en que Juan Manuel pidió ingresar en la Guardia Civil, ETA mató menos de lo que solía, pero dos de los asesinatos llamaron más la atención, por la personalidad de los asesinados: fueron los de Fernando Múgica y Francisco Tomás y Valiente. El BOE del 27 de febrero de 1997 traía la lista de los aspirantes seleccionados tras el correspondiente concurso-oposición. Juan Manuel figuraba en aquella lista y con una excelente puntuación. Pasaron tres meses y en mayo ETA mató a un guardia civil, Juan Manuel García Fernández, en Zierbena (Vizcaya). Le pegaron un tiro en la nuca mientras se encontraba en compañía de su esposa junto a la barra del restaurante “El Puerto”. Pasó otra mes, y Juan Manuel Piñuel era ya alumno oficial de la Guardia Civil. Pasó otro mes, y ETA secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco. Juan Manuel estudió sus tres años de rigor y en junio de 2000 ya era agente de la Benemérita. Durante ese tiempo ETA siguió tributando su habitual ristra de víctimas a los dioses sanguinarios de la Patria Vasca. Mientras tanto, Juan Manuel iba adquiriendo experiencia, desempeñando su profesión en la Comunidad Valenciana. Hace apenas unos meses, otros dos guardias civiles caían abatidos por unos etarras en Francia: estaban desarmados, tan desarmados como los guardias y sus familias en las casas cuartel. Vuelvo ahora a la pregunta inicial: Y nosotros, ¿qué debemos hacer? Me gustaría creer, como creía Tertuliano, que la sangre de los mártires es semilla de cristianos, que cada víctima de ETA nos dice con su muerte, con su sacrificio, con su dolor, que tenemos la obligación de defender nuestras leyes, y nuestro Derecho, que tenemos la obligación de mejorar, de ser buenos ciudadanos, de votar en las elecciones, de exigir lo mejor de nuestros representantes, de amparar y recordar a las víctimas y dictar normas que persigan hasta el fondo de los mares a los asesinos, a sus cómplices, a sus obispos y a sus voceros. Pero eso, ¿de verdad basta? Cuando decimos que nos solidarizamos con un muerto, no compartimos su muerte; cuando nos solidarizamos con un herido, no compartimos la metralla ni la bala que le hirieron. Juan Manuel Piñuel tenía mujer y un niño pequeño que le esperaban en Málaga. Les darán una medallita, y una pensión, y gente importante bajará de un coche oficial, les estrechará la mano por primera y última vez en su vida y luego se subirá de nuevo al coche oficial. De verdad, ¿eso basta? Por ejemplo, ¿qué debemos hacer con la educación en el País Vasco y las demás autonomías? Seguir permitiendo que formen nuevas generaciones de asesinos, ¿es una buena idea? ¿No será mejor ocupar y desnazificar? ¿Debemos seguir pensando que la pena de muerte es bárbara e inútil? ¿Debemos seguir confiando en las Instituciones, cuando ni siquiera los que tienen que defendernos consiguen defenderse?¿Qué debemos hacer? No es una pregunta retórica. |