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Colaboraciones - España
Escrito por José Alberto Concha González   
martes, 08 de enero de 2008

ImageNo se pueden poner las cosas en su sitio sin un orden establecido.

Cada vez que la Iglesia es situada en el punto de mira de los censores de lo políticamente correcto la realidad pasa a un segundo plano. Entonces lo único que importa es repetir trasnochadas consignas y sacar a relucir viejos prejuicios. Si la relación entre Iglesia- Estado no ha sido históricamente fácil no puede culparse de ello en exclusiva a la primera.

De hecho nada mejor para la sociedad – y para la propia Iglesia- que una sana separación con el Estado, tal y como propone el Cardenal Ángelo Scola en La nueva laicidad, y cuya mejor expresión es la conocida respuesta evangélica a la pregunta trampa de los fariseos: dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del Cesar.   La histérica reacción del gobierno socialista ante la manifestación en defensa de la familia auspiciada por la Iglesia demuestra cual es la intención de los jerifaltes socialistas: al cesar Zapatero lo que es de Zapatero; y lo que es de Dios también para Zapatero. Esto es, nada para Dios, todo para Zapatero.  El PSOE escuda su indignación en algunas de las declaraciones, intolerables según la cúpula socialista, efectuadas por los obispos en el marco de la exitosa manifestación. Lo que se les antoja inadmisible, lo que hace que la ejecutiva federal se rasgue las vestiduras se articula principalmente en dos ejes: uno, que la Iglesia critique su acción de gobierno en relación con la familia y, dos, que se denuncie un retroceso en el respeto efectivo a los derechos humanos, y a los recogidos en la propia Constitución española, y un empeoramiento paralelo de la salud de nuestra democracia.   En primer lugar, con independencia de lo mucho, poco o nada de acuerdo que se esté con las declaraciones de los obispos, lo que no puede ser cuestionado, sin grave merma de nuestras libertades, es su derecho a efectuar tales críticas. La prueba, la evidencia clara y cierta, de que los obispos tienen razón es precisamente el señor Blanco exigiendo a la Iglesia que se presente a las elecciones para poder opinar. No señor Blanco, se equivoca usted gravemente. En una democracia liberal- ¿la confundirán los nostálgicos de la República con las democracias populares del telón de acero?-  un sindicato, la agrupación de vecinos de mi pueblo, la peña de bolos del bar, la AMPA del colegio del barrio o yo mismo podemos opinar libremente- lo que sin duda incluye de manera sustancial la crítica a la acción del gobierno- sobre la cosa pública sin que para ello tengamos que presentarnos a las elecciones. El pluralismo de la sociedad no se agota en los partidos políticos. Si lo que se pretende es negarle a la Iglesia este derecho constitucional a la libertad de expresión no pude hablarse de separación o laicidad sino simple y llanamente de represión, de censura, de totalitarismo.  En segundo lugar el ejercicio de este derecho es para la Iglesia también un deber. Aquí los que se confunden son los que piden- también desde la pluralidad de la Iglesia- contemporizar, no hacer ruido, pasar desapercibidos, no molestar. Y es que los obispos están obligados a proponer a la sociedad- guste más, guste menos- el magisterio de la que es Madre y Maestra. Si la Iglesia piensa que una familia concebida como una unión estable entre hombre y mujer, abierta a la vida, y fundada en el amor, es la estructura básica sobre la que se desarrolla una sociedad sana, no sólo tiene el derecho a comunicar su propuesta sino también la obligación de hacerlo (aunque por ello sea atacada o perseguida)     La afición del gobierno a la ingeniería social, con la que pretende, por ejemplo, construir las conciencias de nuestros hijos, abre la polémica a otra cuestión. Me refiero a que cabría preguntarse de quien es la intromisión y si no será más bien el Estado el que quiere hacer suya, apropiarse, de la autoridad de la Iglesia ( como también indica su obsesión por celebrar sacramentos civiles)  El largo camino del Estado es el de la paulatina expropiación y monopolización de funciones de la sociedad: primero, el poder de juzgar y, simultáneamente, el de las armas (el célebre monopolio de la fuerza); el siguiente escalón fue la soberanía del derecho, la exclusividad del poder de dictar leyes;  más o menos satisfecho este apetito, se trató a continuación del poder social; con el monopolio de la propiedad el Estado consiguió neutralizar todos los poderes sociales. Sólo quedaba un escalón más, el más alto de la escalera: el monopolio del saber, del conocimiento, el de la autoridad. Su consecución supondrá la culminación de la vampirización de la Teología por la Política. El profesor Dalmacio Negro explica también, con la claridad que le caracteriza, el tránsito a la modernidad a través del cambio en la idea de orden. Al sustituir un orden imperioso – necesario, irresistible, inevitable, cosmológico – por un orden imperativo – aleatorio, creado y modificado por el hombre – la propia realidad, el bien y el mal, y la verdad misma pasaron a ser una cuestión electiva basada en la voluntad. El hombre señor del universo, el hombre medida de todas las cosas. Un antiguo adagio intentaba ilustrar la preeminencia del Parlamento en el sistema político inglés. Decía algo así como que el Parlamento podía hacer todo menos convertir un hombre en mujer. Este respeto por la realidad ha desaparecido ya en España donde las Cortes zapateriles convierten no ya en mujeres sino hasta en madres a los hombres que lo deseen.   Finalmente, tampoco puede pasarse por alto que la preocupación de la Iglesia por la familia está plenamente justificada. No está nuestra tierra bien abonada para el crecimiento de esta semilla, siempre fruto del amor, de la entrega, de la perseverancia, de la renuncia, del sacrificio…El egoísmo como forma de vida, la búsqueda inmediata del placer, el culto al cuerpo y al sexo, de hombres y mujeres cada vez más epidérmicos, menos profundos, más mediatizados, amenazan la existencia de la familia tradicional. El aborto convertido en un anticonceptivo, un ministro de Sanidad que quiere abrir el debate de la eutanasia, partidario y destacado artífice él mismo de la experimentación con seres humanos, mujeres asesinadas por sus maridos en una sangría que todo el aparato de ingeniería social del Estado no consigue contener ( tal vez no se aborde la raíz del problema), separaciones, niños sin hogar, padres sin niños, violencia, personas destrozadas, soledad, sufrimiento. ¿Acaso no es necesario un debate serio? ¿No urgen nuevas medidas de protección a la familia? En lugar de reconocer que no vamos por buen camino nuestros gobernantes optan por la descalificación- nostálgicos del nacional catolicismo, dicen- en lugar de establecer un diálogo sincero en el que los obispos mucho pueden aportar. Y no sólo desde la fe sino también desde el conocimiento pues, en general, nuestros pastores están bastante mejor preparados que nuestros políticos. Monseñor Rouco habla siete idiomas. El señor Blanco hasta en castellano tiene dificultades. Tan ciego o más hay que estar para no ver que la democracia que surgió de la transición, y que ha dado a España un prolongado periodo de libertad y prosperidad, camina en el filo de la navaja al borde del abismo. Muchos ni siquiera quieren ser españoles. De estos, algunos llegan a justificar el tiro en la nuca mientras cobran de las instituciones. Un portavoz de un gobierno autonómico equipara el asesinato con el accidente de tráfico de un familiar que va a visitar a un pariente delincuente a la prisión. Mucha gente ya ni vota y cuesta trabajo superar porcentajes de participación dignos. Todos quieren derechos, nadie deberes. La política es una basura, repiten los ciudadanos. En otro orden los Estados nacionales se ven incapaces para abordar problemas globales que requieren acciones transnacionales. Migraciones a gran escala, mestizaje de pueblos y culturas, homogenización, tráfico de seres humanos, contaminación, agotamiento de recursos naturales, terrorismo islámico, crimen organizado a escala planetaria…  Es evidente que no se puede culpar a Zapatero de todos estos males. Pero sí de la presunción con la con la que se presenta- borracho de soberbia- como salvador del mundo. Pero la salvación nunca llegará de Zapatero como tampoco llegó de ninguno de los numerosos iluminados que a lo largo de la historia cautivaron a los pueblos con palabras bonitas. Tan sencillo como lo explica Benedicto XVI en su nueva encíclica: “quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca existe simplemente por si misma. Si hubiera estructuras que establecieran de manera definitiva una determinada- buena- condición del mundo, se negaría la libertad del hombre, y por eso, a fin de cuentas, en modo alguno serían estructuras buenas”Dice la nota de la ejecutiva federal de los socialistas que la única legitimidad es la constitución. La reducción es peligrosa: ¿es entonces legítima la pena de muerte en California?¿fue legítimo el holocausto?  En todos estos sitios se alzó- y se alzará allí donde la legitimidad de las leyes se convierta en vehículo de la injusticia- firme como una roca la voz de la Iglesia frente a los gobiernos de turno.  También dice la nota que la fe no se legisla. La felicidad tampoco.

José Alberto Concha González
Acerca del Autor:
Nacido, como tantos llaniscos, en México en 1967 ha colaborado con Asturias Liberal desde sus inicios. Ensayista y articulista combina la reflexión crítica sobre la sociedad con otros generos narrativos.
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