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Homenaje a Aurelio Pérez Imprimir E-Mail
Colaboraciones - España
Escrito por Luis Español Bouché   
martes, 05 de febrero de 2008

ImageEl padre de los Parques Nacionales fue nuestro paisano Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias, hombre de biblioteca y de caza, ganador de la primera medalla olímpica española, y enamorado de la naturaleza. Todavía en vida de Pedro Pidal, la España inteligente pidió un Parque Nacional para Guadarrama. Por lo visto no va a ser posible porque las mezquindades de la política chica no permiten que la gran política alce el vuelo.

Da igual que la Comunidad de Madrid y numerosas asociaciones e instituciones hayan apostado a fondo por el Parque Nacional, son muchos, ya demasiados, los que quieren verlo fracasar siguiendo el viejo apotegma de nuestra estulticia política: “lo que menos me gusta de tu proyecto, es que no es mío”.

Muy deprimido por tan desalentadoras noticias, fui ayer lunes al hotel Wellington, respondiendo a la amable invitación de la Fundación para la Investigación y el Desarrollo Ambiental (FIDA) que tanta energía e ilusión ha invertido en el proyecto de Guadarrama. Cuando llegué,  en el salón principal no cabía ya un alfiler. Eran muchos los invitados, los autoinvitados e incluso nos honraba con su presencia uno de los más acreditados gorrones de la capital. El motivo de la convocatoria era el homenaje tributado a Aurelio Pérez, al que la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid acaba de conceder el premio “Pioneros” y se presentaba también su autobiografía “Aurelio Pérez: el Naturalista”, editada por la misma FIDA.  ¿Que quién es ese señor? Yo hasta ayer no lo sabía: fue en su día uno de los más cercanos colaboradores de Félix Rodríguez de la Fuente. Aurelio es experto en aves rapaces, y tiene el raro don de compenetrarse con esos magníficos animales. Si don Aurelio se lo propone, puede conseguir que un buitre leonado fume pipa, beba cerveza y toque el acordeón, sólo es cuestión de proponérselo, porque paciencia le sobra a ese señor y a esa paciencia se deben algunas escenas memorables de El Hombre y la Tierra.

Estaban presentes la Consejera, Beatriz Elorriaga, y todos los capitostes de la Consejería y entre el público muchos miembros del equipo de Félix. Presentaba el acto un comunicador total, amén de naturalista: Luis Miguel Domínguez, director de programas tan interesantes como Fauna Callejera. Luis Miguel tiene más tablas que Pepe Isbert y se le nota el oficio: si alguien se atasca, está al quite y echa un oportuno capote; sabe improvisar, e implicar al público. El precioso homenaje tuvo momentos muy emotivos: un chaval joven que salió a hablar quiso decir cosas bonitas de don Aurelio, tan bonitas que al final la voz se le quebraba, acabó trabándose y sólo se destrabó cuando Luis Miguel hizo subir al estrado a Aurelio que estrechó al joven con un fuerte abrazo; el propio homenajeado, en un momento dado, al evocar a su familia y muy especialmente a su mujer, se nos derritió, y nos contagió a todos. Yo tenía los ojos empapados y eso que en el salón Wellington ni llovía, ni olía a cebollas…

La verdad es que estábamos todos contentos, incluida la Consejera que leyó un discurso muy apropiado. No conté los aplausos, pero fueron constantes, entusiastas y sinceros.

Se suponía que también se presentaba el libro de Aurelio, pero, con la general emoción, nadie se acordó de hablar del libro porque todos estábamos pendientes de su autor: ¡lógico! Nos regalaron un ejemplar pero no nos avisaron del contenido. Me lo he leído esta noche y sólo puedo decir: ¡qué pedazo de libro ha escrito Aurelio Pérez! Se trata de un libro ejemplar por muchos motivos, siendo el primero de ellos la sencillez en la expresión, la sinceridad que se traduce en la fluidez del discurso. Sin  pretensiones literarias, se limita esa obra a dar testimonio de una vida fuera de lo ordinario, es decir, extraordinaria. Imagínense a un rapaz al que su padre da a elegir entre ser cura y ser pastor. Como los curas no pueden casarse, el chico elige ser pastor; lleva yeguas y trae ovejas al alimón de la trashumancia; hace de jornalero para el Icona, durante las repoblaciones, y trabaja en la vendimia; hace la mili en tiempos en que la mili no era ninguna broma; emigra a Barcelona donde se dedica a trabajar de peón, abriendo zanjas, y luego a Madrid, de oficinista. Pasar de manejar ovejas a teclear una Olivetti no es precisamente algo habitual; indica ya una capacidad de adaptación notable ante los desafíos de la vida. Pero lo extraordinario viene después. Un tío suyo, controlador aéreo, le presenta a un joven dentista burgalés, maestro de cetrería, que está poniendo en pie el control de las aves del aeropuerto por medio de halcones: hablamos, claro está, de Félix Rodríguez de la Fuente.

Allí se inicia una estrecha colaboración de don Aurelio con el grandísimo Félix que sólo terminaría con la trágica muerte del segundo. Aurelio aprendió los rudimentos de la cetrería pero pronto superó a sus maestros y al cabo del tiempo consiguió auténticas proezas, criando águilas y enseñando a un alimoche cómo mediante una piedra se puede cascar un huevo de avestruz. Nos cuenta Aurelio detalles de su trabajo con Félix, revelando los intríngulis de la producción e hilvanándolo todo con el relato de algún disgusto y de grandísimas satisfacciones. La sinceridad de Aurelio le impide ocultar algunos recuerdos amargos, pero no importa: los millones de españolitos que nos hemos criado con la impresión en la retina de aquel águila llevándose por los aires a una cría de chivo, no queremos saber que todas las imágenes tienen truco, ni si el reparto se llevaba bien o mal con el director. Precisamente, esa escena del águila se debe a Aurelio. A Félix le salió redonda aquella serie de El Hombre y la Tierra, la más internacional y exitosa de las que produjera jamás TVE. Félix además de naturalista, etólogo y comunicador fue sobre todo un jefe, con sus malas pulgas, sus peloteras, todo un carácter; pero un jefe, de esos a los que obedeces con gusto porque te transmiten seguridad: sabes dónde quieren llegar y qué quieren obtener. El libro de Aurelio, lejos de la vulgar lisonja hagiográfica tributa a la memoria de Félix la hermosa flor de la verdad.

Los capítulos del libro que tocan la España de las décadas de los cuarenta y cincuenta son particularmente interesantes como aquellos en que Aurelio proporciona detalles acerca de su infancia en un pueblecito de los de antes, con su tradicional matanza del cochino, y el pastoreo. Los pastores no suelen escribir libros, de ahí que el de Aurelio sea tan valioso. Es un libro lleno de sabor que nos habla de otra España, una España rural, una España real con sus muchas vueltas y entresijos, con sus marqueses y terratenientes, sus pobres, sus costumbres, su mies y los autobuses de la Camerana.
Ayer habló también el gran Mario Camus, que constituye junto a Garci y Armiñán la Santísima Trinidad del mejor cine, el cine de la sensibilidad, de la persona y de la melancolía. Mario Camus prologa el libro de Aurelio al que conoce desde el rodaje de Los Santos Inocentes. Y es que Aurelio era el naturalista, el hechicero más bien, que conseguía que la milana bonita se posara sobre el hombro de Paco Rabal.

Aurelio representa en su vitalidad las virtudes de las que se nutre el verdadero liberalismo. El liberalismo, para funcionar, necesita de esa actitud positiva, que consiste en buscar uno mismo salida a las dificultades de la vida. Y el padre del pensamiento ecológico moderno fue precisamente un gran liberal, Henry Thoreau, creador del concepto de resistencia pasiva, nada menos. La Naturaleza es diversidad y nadie puede comprenderla ni estudiarla si no abre su mente. Decidme en qué economía planificada podrías pasar de pastor a obrero y de oficinista a halconero y profesor de alimoches en una sola vida. Ese es, también, el ejemplo de Aurelio Pérez.


Luis Español Bouché
Acerca del Autor:
Luis Español Bouché, (Madrid, 1964) es escritor y traductor. La mayor parte de su obra versa sobre temas históricos pero también es autor de ensayos sobre cuestiones de actualidad.
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