Cuando el ciclo se cerraba arrancando los días del calendario, el clarín monclovita atronó los espacios: elecciones el 9 de marzo. Los voluntarios, decididos a salvar a la patria de un desgobierno, flotan en sus ensoñaciones celestiales, el limbo de la ignorancia, tanteando sus posibilidades. La vocación de servicio público irrumpe en sus corazones al tiempo que la ansiedad recorre sus cuerpos a la espera de hallar su nombre impreso tras las siglas del partido.
No es preciso meditar mucho a cerca de uno mismo, cuando las variables decisorias se agitan tras el provecho de los tejedores de intereses. La capacidad, en fin esas cosas, no se objetiva, ni siquiera se precisa más allá de la elevación de una mano, no importa la derecha o la izquierda, que significa la posición, en la hora del voto, insinuada por el jefe del grupo. Cuando las dolencias de la vida ahogan nuestros cuerpos, el instinto nos impele tras la búsqueda de la competencia necesaria. Un médico, el mejor, que recomponga los desajustes orgánicos. El abogado más preclaro habrá de defendernos ante el tribunal y el arquitecto de prestigio diseñará la morada familiar donde encerrar la vida con los nuestros. La competencia profesional, nutrida del esfuerzo y la dedicación, habrá de fragmentar las angustias retornándonos al nirvana que prolongue nuestros plácidos días. ¡Esta es la exigencia de la sociedad civil! ¿Acaso el gobierno de nuestra nación no habrá de emplear a las mentes más preclaras? La respuesta, no importa quien la conteste, habrá de enfrentarse a la divagación y la arbitrariedad que muestran su desdén hacia el interés general. ¡Ya se sabe! No es preciso demostrar nada, se retorna a aquella vieja expresión militar: el valor se le supone. Se ignora, más por ausencia, el currículum vitae de los aspirantes a señoría. Parece lógico saber lo que han hecho con sus vidas aquellos que pretenden manejar las nuestras. Aspiro a poder formular un voto ponderado, que halle sustento en un programa y en quien ha de pilotar las decisiones. ¡Poco espacio correrá un fórmula I en manos de un ciego! No es precisa la excelencia académica, mil doctorados e incontables másters, pero sí se torna necesaria una idoneidad para el cargo. Cierto es, que la vida discurre después de las titulaciones universitarias, que una orla no ofrece garantías más allá de cierta capacidad de comprensión. El mundo de la empresa, o las manos encallecidas de un obrero, en ocasiones contraponen su valía a la ausencia de otra formación reglada, ¡pero la demuestran! Los candidatos sólo precisan aquiescencia a las instrucciones del partido. Hace tiempo que el compromiso ético vio sus mejores días cuando los últimos de la fila, apartaron a empellones a quienes tenían algo que decir, a aquellos seres generosos, de todas las banderías, que ofrecieron su intelecto. El desprecio, la insidia y el complejo de inferioridad, triunfaron con el floreciente resultado de los días presentes. Hoy solo cabe la obediencia debida, el salvavidas que les aleja de la vida civil. El retorno al mundo del trabajo se vuelve complejo cuando, sin haber trabajado jamás, responden al refrán de no saber hacer <<ni una O con un canuto>>. Algunos ya han hecho su esfuerzo legislativo disponiendo sus inmerecidas pensiones aunque jamás hayan cotizado a la Seguridad Social. Otros, inefables presidentes de taifas, acolchan su senectud con pensiones imposibles para los españolitos. ¡Qué descaro y desvergüenza! Los resultados a la vista. No cabe, ni de lejos, hacer un estimatorio a cerca de la psicología política, aquello que alimenta a los aspirantes a regir nuestro destino. No hay materia para embarcarse en semejante desafío. ¡Una tarea ímproba de resultado previsto asociada a un cerebro liso, carente de circunvoluciones cerebrales! Las últimas semanas han mostrado la profundidad y las potencialidades de los nuestros. ¡Aún hay quien piensa que un buen futbolista hará un gran entrenador sanitario! Entre tanto, las listas se sostienen de cerradas a tontunas, un hermetismo cabalístico que impide la transparencia y aleja el mérito personal. Es preciso abrirlas, que el aire de la libertad insufle los pulmones de los ástures. Se pide un simple <<ratio decidendi>>, una razón para decir. |