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Contra la nostalgia Imprimir E-Mail
Colaboraciones - España
Escrito por Luis Español Bouché   
domingo, 30 de diciembre de 2007

ImageSe nos va un año demacrado, cojitranco y arrugado con sus 365 días a cuestas y viene otro jovencísimo y algo más gordo, con 366, o sea, un día más por el mismo precio. ¡Buen negocio! A mí me gustan los años bisiestos porque tardo 24 horas más en cumplir años, en celebrar oficialmente mi envejecimiento. Cada uno de esos días es una oportunidad que nos regala Dios. Me dijo al respecto un amigo sapientísimo: "Luis, no olvides que el día siempre amanece a tu favor; lo importante es no fastidiarlo".

La agonía del año viejo se acompaña de una retahíla de resúmenes, compendios y sinopsis; nos sirven recalentadas en microondas y reducidas a su mínima expresión las mismas noticias del año. No sé quién ni con qué criterios elije lo más impactante. Como la cosa internacional anda más bien chunga y nuestra actualidad política es lamentable, paso de las noticias y me refugio en la música. Para mí, uno de los acontecimientos del año ha consistido en ver a Miguel Bosé y Alaska marcándose unos bailes y cantando juntos en escena Amante Bandido, una de las mejores composiciones del pop español. Verles y oírles actuar gracias a Internet me puso de excelente humor, me quité unos años de encima… Al final va resultar que es cierto eso de que los viejos rokeros nunca mueren, y si no que se lo pregunten a los Rolling Stones. Otra de las noticias gratas del año es que los hermanos Cano se han reunido con Ana Torroja para grabar: ¡Mecano cabalga de nuevo!
De repente me doy cuenta de que soy víctima de la nostalgia, una epidemia tan española como extranjera: ¡una pandemia! Como nuestras televisiones son el alfa y el omega de lo hortera y no aguanto las ordinarieces, los fines de semana me recreo con la TV5 Monde internacional francesa, donde pueden verse los programas de variedades que dirigen respectivamente Michel Drucker y Patrick Sébastien. Son programas en que los invitados van bien vestidos, en que nadie insulta a nadie, en que se alternan los humoristas con números de circo, o de magia, en fin, lo mejor para acabar una velada tranquila: jijí, jajá, champán y lentejuelas. Llama la atención que en esos programas los cantantes nuevos sean insignificantes; chicas y chicos de una mediocridad pasmosa, del tipo Operación Triunfo, con voz de gato capón, interpretando canciones tan insulsas que te preguntas, con pena, quién les habrá engañado… En cambio, el público aplaude con entusiasmo el enésimo retorno de quienes fueran astros de la música pop francesa de hace ni se sabe cuánto tiempo. Es impresionante ver en escena a Hugues Aufray (1929), con medio siglo de discografía a cuestas, o a Henri Salvador (1917). Bueno, Salvador, cumplidos ya noventa añitos, se acaba de despedir de su público en el Palais des Congrès, el pasado 21 de diciembre. Les sobran tablas y talento a esos veteranos de la canción, lo que les falta es voz, pero el público les perdona, el público es su cómplice y se sabe todas sus canciones de memoria. Los adoran, porque a través suyo reviven su propia juventud.
Ser un cantante viejo no implica que te recuerden con nostalgia. Compay Segundo, fallecido a los 95 años, o los integrantes de Triana Pura que alcanzaron el éxito durante los noventa, no dieron pie a la formación de un público estable de seguidores. Su carrera arrancó tarde, demasiado tarde, tras décadas de virtual anonimato.
Los productores de televisión saben que la nostalgia vende y que  los televidentes un sábado por la noche no serán jovencitos, que suelen salir, sino gente mayor. Nunca ha habido tantos viejos, y hace mucho tiempo que su entretenimiento habitual es la televisión, porque los perversos inquisidores de bata blanca les han quitado el tabaco y la coñá —los otros vicios se los quitó Dios— así que nuestros jubilados están sanos como manzanas pero, salvo que lean algo o tengan nietos para entretenerse, se aburren como amebas.
La nostalgia siempre ha tenido su mercado porque los viejos siempre añoran sus años mozos, pero el fenómeno actual, esa nostalgitis aguda que nos aqueja, no se había visto nunca.
Una explicación de tipo demográfico es que los programas de televisión de los setenta estaban dirigidos a gente joven, porque había muchos jóvenes. Los de la primera década de este siglo están dirigidos a los viejos, porque hay muchos viejos. Curiosamente, esos carcamales de hoy son los pimpollos de ayer, son el mismo público, con cuarenta o cincuenta vueltas más en el tacómetro de la vida.
La otra interpretación es que lo actual es poco atractivo. La excesiva valoración del pasado lejano ¿acaso no implica desvalorar el presente o el pasado inmediato? ¿Realmente fueron tan interesantes los años ochenta o lo setenta? Sin embargo la familia Alcántara sigue teniendo sus seguidores que se tragan uno tras otro los episodios de Cuéntame; Jiménez Losantos está vendiendo como rosquillas su Barcelona de los años setenta y Luis Herrero su retrato de Suárez; la gente quiere recordar unos años de ilusión, quizá porque treinta años después el globo se ha desinflado…
Ahora bien, la nostalgia no es un fenómeno objetivo.
Por mucho que valoremos los logros de la Transición y las virtudes de la Democracia, no podemos permitirnos olvidar los años de la droga, cuando el caballo se llevó por delante a miles de españolitos, ni olvidar el gran fracaso del sistema autonómico que ha potenciado el separatismo, financiándolo en lugar de anularlo, ni olvidar las décadas del paro perenne, ni olvidar tampoco que ETA mató mucho en los setenta, mató mucho en los ochenta, y siguió matando en los noventa y en el tercer milenio. Muchas cosas han mejorado pero otras no han cambiado y los problemas, lejos de solucionarse, se van anquilosando y pudriendo. Hace unos meses se intentó dar un toque nostálgico a la celebración —con la boca pequeña— de los treinta años de Constitución, pero no cuajó. Ni José María Aznar ni Felipe González se dignaron asistir al acto de la Carrera de San Jerónimo… Ni las cosas van bien ni parece que vayan a mejorar: el enfrentamiento PP-PSOE impide a dos partidos que representan al 90% de los españoles tomar medidas drásticas sobre la estructura nacional, recuperar la educación, dejar de perseguir la lengua española y acabar con unas autonomías en las que sólo creen ya los que viven de ese sistema. La desilusión también viene de que treinta años de partitocracia han impedido implicar al ciudadano en la vida política.
La nostalgia por lo muerto implica la negación de lo vivo y que las nuevas generaciones no cuentan para nada. No percibo que haya una gran masa de jóvenes realizando cosas nuevas, sólo algunos poquitos agitadores de ultraizquierda o ultraderecha, financiados vaya Vd. a saber por quién. ¿Qué hay de aquello de matar al padre que enseñaban los sicólogos? ¿Qué se fue de la teoría de las generaciones de Ortega y de Marías?
Tenemos el deber de reaccionar. Así que, ¡al cuerno con la nostalgia, al cuerno con la melancolía! Tengo ganas de ver y oír cosas nuevas, y que cada uno de los 366 días de este año sea un oportunidad para aprender, amar y disfrutar. Eso es lo que os deseo a todos.


Luis Español Bouché
Acerca del Autor:
Luis Español Bouché, (Madrid, 1964) es escritor y traductor. La mayor parte de su obra versa sobre temas históricos pero también es autor de ensayos sobre cuestiones de actualidad.
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