 Resulta que Camps quiere tener su propia policía autonómica, una de verdad, no como la que hay ahora, que en realidad es una unidad de la policía nacional adscrita a la Generalidad, es decir, un quiero y no puedo. Eso estaba bien para los tiempos de Lerma o de Zaplana, pero a estas alturas del desarrollo autonómico es ineludible que la región levantina tenga su propia Ertzaintza o sus propios Mossos, para seguir con la noble tarea de “profundizar en el autogobierno”, y es que estatuto obliga.
A los sufridos contribuyentes que no vean clara la imperiosa necesidad de inventarse otra policía autonómica, y menos aún en tiempos de crisis, se les puede decir que el gobierno central no manda a la taifa suficientes efectivos de las fuerzas de seguridad del estado, y por eso, éstas deben ser sustituidas por un nuevo instituto armado de indudable valencianidad, pues es de suponer que, a imitación de la Ertzaintza, todos los integrantes del nuevo cuerpo policial deberán pasar el mismo examen que Leire Pajín y obtener el correspondiente carnet de valencianidad. Y si aún así, sigue sin colar, siempre cabe recordar el agravio comparativo: “si los catalanes, los vascos y los navarros tienen su propia policía, ¿por qué nosotros no?” Ese es el tipo de argumentos inevitables e irrebatibles que conforman la perversa lógica del Estado de las Autonomías, que se sintetiza en el aforismo “culo veo, culo quiero”, convertido en ley orgánica por Camps y su cláusula homónima, expresión superlativa del neopatriotismo pepero. ¿Qué mejor forma de “ofrenar noves glòries a Espanya” que despojar al estado de las pocas competencias que le quedan? Aunque en el PP nacional dieron su aprobación al estatuto valenciano de 2006, cláusula incluida, parece que ya no están por la labor de que Francisco Camps se monte su propia guardia pretoriana, así que, con suerte no veremos patrullar a los que seguramente habrían tenido que sufrir el sobrenombre de “los hombres de Paco”. Algunos dirán que la dirección nacional del PP no va a poder controlar a su barón valenciano, ya sea por la evidente falta de autoridad de Rajoy o por el caudal de votos que aporta al partido un hombre de la talla de Camps. Ambas cosas son ciertas, sobre todo ésta última: en Génova todos reconocen la talla política de Camps, en el sentido de que le tienen tomadas las medidas del traje, no del de Milano, sino del de madera, y es que Camps es un cadáver político desde hace semanas o quizá meses. Por si quedaba alguna duda, él mismo escribió su epitafio político cuando le espetó lo siguiente al portavoz socialista en las Cortes Valencianas, Ángel Luna: “A usted le encantaría coger una camioneta, venirse de madrugada a mi casa y por la mañana aparecer yo boca abajo en una cuneta. Muchas gracias.” Los treinta años que llevamos de monarquía de partidos nos han dejado una plétora de frases de los políticos, a cada cual más demencial, que reflejan el nulo respeto que tienen a sus electores y al Estado de Derecho, además de su desinterés por guardar las formas. Pero de todas ellas, ninguna tan macabra como ésta. Cierto es que el sr. Luna empezó diciendo que a Camps le gustaban las dictaduras, pero eso no justifica una respuesta de ese calibre, con la que no es que acuse a Luna de desear su muerte física, es que sencillamente le está llamando asesino en potencia, y encima, comparándose con Calvo Sotelo. Quizá este suceso, siendo grave, podría no haber pasado de una anécdota, sin embargo, el aplauso que la intervención del sr. Camps desencadenó en la bancada popular es una instantánea que condensa el penoso panorama político nacional y evidencia que la vida política española ha alcanzado un nivel de degradación tal, que cuesta creer que aún seamos un país del primer mundo a salvo de una guerra civil. Pero la degradación no es solo política, es también social, prueba de ello es la escasa repercusión que este episodio ha tenido entre los medios liberal-conservadores y las disculpas y hasta justificaciones que se han podido escuchar y leer al respecto: que si Camps hace bien en recordar en sede parlamentaria el negro pasado del PSOE, que si ya va siendo hora de que se responda a la izquierda con sus mismas armas, que si cierto socialista dijo que el PP era el partido heredero de los asesinos de Lorca, que si otra socialista dijo que el PP si pudiera nos fusilaba a todos, que si un difunto magnate de la comunicación dijo que en el PP hay gente que quiere volver a la guerra civil... Utilizar esas desgraciadas soflamas en descargo de Camps recuerda a aquel eslogan del felipismo que rezaba “ahora nos toca robar a nosotros”. Quizá no sean conscientes, pero están aplicando la misma lógica perversa del estado autonómico a la degeneración de la vida pública: “si la izquierda puede insultar y convertir la política en una charca putrefacta, ¿por qué nosotros no?” La diferencia es que aquí lo que rige no es el “culo veo, culo quiero”, sino el “y tú más”. Cuando se justifica lo injustificable, porque “es de los nuestros” y porque “los otros son peores”, y se acepta entrar en el sórdido juego del “y tú más”, se pierde el derecho a protestar por los comportamientos impropios del adversario y el derecho a exigir fair play. Podríamos hacer leña del árbol caído, pero no se trata de ensañarse con el cadáver político de quien muy probablemente será sustituido en 2011 por la cinco veces alcaldesa de Valencia, sobre todo, cuando las palabras gruesas y las salidas de tono no son una excepción en la vida política española. Que cada cual juzgue si Camps está a la luna de Valencia o si es un lunático. |