El precio de la grandeza es la responsabilidad, dijo Churchill, dejando así una de sus famosas citas que han quedado para la posteridad. He comenzado este artículo citando a uno de los políticos más importantes del Siglo XX, para destacar el valor que tenía la responsabilidad para alguien que la ostentó en los momentos más difíciles para su país, como fue el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. La responsabilidad entendida como el precio a pagar por obtener la grandeza, está presente en cualquier ámbito de la vida en una sociedad como la actual; recuerdo las palabras de un buen amigo, capitán del Ejército de Tierra, que al volver de su misión en Líbano me confesaba que, a pesar de mandar una compañía entera, lo había pasado peor que cuando era un simple cadete al que todos daban órdenes. ¿El motivo?, la responsabilidad que tenía sobre todo cuanto concerniese a la compañía de la que él era la cabeza visible.
Lamentablemente, y salvo honrosas excepciones, defrauda comprobar como en la denominada clase política española la asunción de la responsabilidad brilla por su ausencia cuando los que están al frente de los servicios públicos deben dar cuenta de los problemas que se originan a diario. Escurrir el bulto definiría a la perfección lo que se hace en nuestro país cuando toca dar explicaciones de lo que ha sucedido, pues la pluralidad de administraciones coadyuva en buena medida a que los distintos responsables políticos puedan lanzarse acusaciones bien cuando estos fallan, bien cuando se ha producido alguno de los tristemente habituales casos de corrupción. A la mente me viene el temporal de nieve que en enero de 2009 colapsó la capital de España y durante el cual, en un espectáculo dantesco, las autoridades autonómicas y estatales se enzarzaron en una batalla dialéctica para echarse la culpa de la falta de previsión producida, a la vez que cientos de ciudadanos se encontraban hacinados en el aeropuerto de Barajas o atrapados en cualquiera de las vías que circundan la capital. Tampoco resulta difícil de recordar lo que le costó dimitir al hoy ex ministro de Justicia Mariano Fernández Bermejo, el cual, tras participar en una cacería sin tener licencia junto al juez Garzón, tuvo que ser casi empujado por el propio Gobierno para que dejase el cargo tras el escándalo. Recientemente, nos ha llegado de Estados Unidos una lección que no conviene pasar por alto. Se trata de la que dio el presidente Barack Obama tras el atentado fallido que se produjo el día de navidad en el vuelo que cubría el trayecto Ámsterdam-Detroit. Tras corroborarse que los servicios de inteligencia no supieron detectar la amenaza que suponía el ciudadano que intentó explosionar un artefacto en pleno vuelo, el presidente Obama, tras reunirse con los responsables de inteligencia, compareció públicamente para hacerse responsable de lo sucedido, dejando frases del tipo estoy menos interesado en eludir la culpa que en aprender de estos errores y corregirlos para que estemos más seguros, o como presidente, tengo la solemne responsabilidad de proteger a nuestra nación y a nuestro pueblo, y cuando falla el sistema es mi responsabilidad. Desde luego que la diferencia entre la forma de asumir la responsabilidad de nuestros políticos y la de otros líderes es claramente ostensible, echándose a menudo en falta declaraciones como las de Obama en los responsables españoles. Diferencias culturales aparte, así como de sistemas políticos, lo cierto es que tanto al otro lado del atlántico como de los Pirineos la responsabilidad se entiende de manera muy diferente a la de nuestro país, donde a un político hay que echarle casi con agua caliente para que dimita de un cargo, aunque su error haya sido de bulto. Buena lección es la que los yankees nos han dado tras el atentado fallido de Detroit, pero no hay que irse demasiado lejos para observar como en buena parte de Europa, la responsabilidad si constituye un verdadero precio a pagar por la grandeza de la que hablaba Churchill.
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