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Colaboraciones - Asturias
Escrito por Pedro Martínez   
viernes, 14 de marzo de 2008

Ocurrió entre los años 76 y 78, porque hasta esa fecha casi nadie en Asturias era capaz de identificar la bandera de su región. Hasta entonces, entre los pocos que hubieran podido hacerlo, ninguno le daba la trascendencia que treinta años después se le otorga. Contrariamente a lo que a tantos les gustaría decir hoy, nunca estuvo prohibida; ondeaba, junto a la española y la de Oviedo, en la torre de la Caja de Asturias, en la céntrica plaza de la Escandalera. Y ese era todo su significado; similar al que pueda tener hoy la bandera de nuestro municipio y que casi nadie sabría dibujar de memoria si así se lo propusiese.

En 1975 murió Franco y su anticuada retórica, en la que ya nadie creía, ni siquiera él mismo, y que por desgracia se llevó aparejada el cariño a España de tantos españoles. En la Fiesta de las Piraguas, no sé bien si del año siguiente a la muerte del General, miles de banderas asturianas circulaban en manos de una juventud ebria que en un concierto de Raimon las agitaba con el mismo entusiasmo que el niño huérfano adopta a un padre. Perdida la primera identidad política, que es la de la nación, se sustituyó por otra, la regional, cuya transformación en entidad nacional quedaría en un futuro no muy lejano en manos de los 'ingenieros de almas'. Como ocurre con toda obra nueva, requiere antes del derribo de la construcción anterior, y como apenas existían neonacionalistas se dejó que la demolición siguiera su propio curso sin necesidad alguna de precisar del dibujo del nuevo edificio. Tan así era, que aquel nuevo anarquismo, formado no por obreros sino por aprendices de la drogodependencia –yo coqueteaba con el alcoholismo- blandían la bandera al grito tan proletario de "¡Queremos que Marco encuentre a su mamá, si no, mañana, huelga general!". Dos o tres años después se adueñó de la juventud española más ideologizada el famoso 'Desencanto' que, con la excepción de Manuel Vicent y Vázquez Montalbán, tan mala literatura produjo y tantos semanarios vendió.

Políticamente, esa juventud, la mía, la nacida desde finales de los cincuenta, quedó al margen de cualquier acción política. Maltratada por el paro y narcotizada por el consumo masivo de drogas generó, casi una década después, un desdén hacia todo aquello que se salía de su enajenada, melancólica y tribal forma de analizar el mundo. Fue a mediados de los ochenta cuando el significado de facha -procedente de los ambientes universitarios de los setenta y ahora ya extendido a todas las capas sociales- ya no hacía ninguna referencia a los nostálgicos del régimen anterior, sino a cualquier persona, de izquierda o derecha, que no rindiera culto al subjetivismo y al derribo. Si esa persona no comulgaba con el nuevo credo pero la apariencia externa era de que pudiera de algún modo oponerse al nuevo estilo de vida, entonces el calificativo concedido quedaba solo en 'pureta'.

Hoy, este desorden ético y político es mayoritario en España; política, cultural y socialmente, puesto que toda aquella subcultura, o contracultura -que hoy incluso se da de mamar en los colegios- una vez que alcanza la mayoría de edad, vota. Antes era abstencionista; ahora vota, puesto que los dirigentes políticos actuales no se permiten dejar escapar a esa masa de electores, tal y como nuestros mayores hicieron con nosotros en la Transición de los años setenta. En los ochenta, Felipe nos peloteó de diferente manera a como hoy lo hace Zapatero con la juventud actual. Los de entonces estábamos desencantados; los de hoy todo lo contrario, porque desde la más tierna infancia los labran de manera transversal para que después los Maritere siembren a gusto. En los ochenta y noventa fueron las clases medias y bajas provenientes del franquismo quienes mantuvieron el felipismo. Los mismos que en mi pueblo masivamente salían a la calle para aplaudir a la caravana oficial que transportaba a su caudillo, a su paternal líder católico, eran los que poco después devotamente votaban al camarada jefe socialista, hoy también paternal, según Carmennen Txakón.  

Por tanto, vi por primera vez al peronismo social –creado por Franco- transformarse en peronismo político eligiendo a González; y vi crecer, y casi nacer, la contracultura, cuyo nihilismo y melancolía derivó en dos caminos: en terrorismo o fanatismo separatista si le ponían una bandera en la mano; o en ideología del posmodernismo, del ocio y La Movida, hoy derivada en ideología Chiquilicuatre y cuyos jóvenes militantes votan masivamente a Zapatero.

El PSOE es, hoy por hoy, el mayor aglutinante de ideologías políticas, todas ellas 'alternativas', puesto que marxistas apenas quedan. Acapara el peronismo el sectarismo dogmático de la excursión izquierdista que empezó en IU, coalición de la que todavía puede tomar un millón de votos (comunistas sin comunión posible, feministas, homosexuales, ecologistas, pacifistas), absorbe también al cutrerío ideológico –versión menos belicosa - de la juventud LOGSE y, últimamente, el separatismo catalán y vasco. Y toda esa amalgama, justamente esa, conforma el peronismo español."

¿Qué es el peronismo originario? Perón lo cuenta. Es suficiente con el primer párrafo.

A principios de los años noventa conversé de este movimiento que acontecía en España y al que se daba el nombre de felipismo. A finales de esa década escribí una carta en un periódico regional en el que hablaba del asunto. Días después, en las calles de mi pequeño pueblo, me injuriaron varias veces, algunos de ellos muy amigos en la infancia y por los cuales guardaba mucho aprecio. Otros llegaron a tirar piedritas en la persiana de mi habitación mientras me insultaban desde la acera. Nada dije, aunque fue ahí cuando deduje que apelar a la propia dignidad personal es, sobre todo, defender el homicidio, puesto que no había otra solución. Me fui y no volví en cinco años. Después de ese tiempo un día pasé por un cercano puerto de montaña donde habían erigido un monumento a "todos los asesinados –cito de memoria- por defender la democracia y la libertad, que perdieron su vida víctimas del odio y el fanatismo". Por supuesto no me hizo falta averiguar quiénes lo habían levantado.

 
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