Siempre me han atraído las piedras, las que dibujan caminos, trazan acueductos o sostienen catedrales. Puede que la condición de maestro cantero de mi bisabuelo haya tejido en mí cierta querencia constructiva. Algunas de sus obras fueron puentes que transitan peregrinos o la escollera de un puerto que aún resiste la visita ofendida del mar cantábrico. Estas circunstancias no dan más que espacio para una añoranza alejada del noble arte de la arquitectura. La perplejidad, y el debate alostérico, se reserva para nuestros diligentes políticos. El asunto brota de la intención carbayona de apilar piedras, como torres, a la entrada de la ciudad. Un proyecto del arquitecto Santiago Calatrava. Los replicones cuchichean con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.
Muchos han sido los avatares de la UNESCO desde su trifulca constitutiva en el Instituto de Ingenieros Civiles de Londres allá por 1945. La burocracia, y el contrapoder de los países pobres, arrinconan a los que aportan sus dineros a cambio de exabruptos y crítica permanente, el lavado cosmético de una culpa indefinida. El grupo inicial de promotores, cuarenta y cuatro países, ha visto incrementar sus socios hasta los 193 actuales. Las becas, y poco más, ofrecen una parafernalia burocrática enseñoreada en la ciudad de Paris. Aquí, escaso rédito se puede obtener más allá de un bonito rótulo dibujando como patrimonio de la humanidad, un espacio levantado y sostenido a través de los siglos por nuestros ancestros. Sus herederos los conservan con sus impuestos. Aquella organización extiende su certificación sobre el trabajo local. Un instituto de nombre fonéticamente improcedente, ICOMOS, pretenden defendernos de no se sabe qué. Su éxito internacional se ha demostrado con la iniciativa reconstructiva de los budas de Bamiyán. Ahora se presentan dispuestos a derrotar al mulá Omar astur, con idéntico resultado al obtenido en Afganistán. Un geógrafo andaluz, don Víctor Fernández Salinas, nos ha deleitado con su verbo fluido y contundente sobre los peligros de nuestro patrimonio capitalino. Le ruego disculpas por mis limitados alcances ante su prolija exposición. Le preocupa, al experto, el impacto del proyecto sobre la torre gótica de la catedral, la iglesia de San Julián de los Prados o la fuente de Foncalada. Desconozco, si en los días de viento, las tejas de tales edificios se desprenderán sobre la Cámara Santa o la dicha fuente oculta en la calle del mismo nombre. Las aseveraciones anteriores forman parte del documentadísimo hilo argumental de su propuesta. Se ignora cual es el protocolo que se viola, las reglas que se mancillan, el compromiso con la cultura vulnerado. Parece que el eventual desaguisado consistorial ha de remitirse, para su detenido estudio, a la ciudad de la luz. Esto es todo el criterio de un perito requerido por las fuerzas ocultas de la ciudad. No se sabe quien mueve al ICOMOS en este invento, al menos quien esto escribe no lo alcanza. Al señor Fernández Salinas, extrayendo réditos a su viaje, le preocupa <<el cambio de concepto de ciudad>> y la transformación evidente del prerrománico del monte Naranco, Santa María y San Miguel de Lillo. Don Víctor ha pasado, en un plis-plas, de experto a planificador urbanístico de Oviedo. No pretendo articular una defensa menor de la ciudad en cualquiera de sus formas, pero aún me sublevan las manifestaciones sin sustrato razonado más allá de una utilidad particular vestida tras la cultura. Mejor dicho, cierta política cultural de interés ajustado. Bien harían en sumar apoyos tras el 1% cultural que demanda la losa destinada a proteger a San Julián de los Prados. No se entiende las negativas de Madrid cuando tal posibilidad se escritura en la Opción B destinada al programa 2005-2008 para el Ministerio de Fomento planteada por su homólogo de Cultura. Aunque, el interés nocivo por el Plan de Catedrales, Basílicas y Colegiatas ya conoce la opinión contraria de la escuadra socialista. Por eso, mejor se hace en pintar piedras promocionadas por el Sr. Antonio Trevín Lombán, que restaurar el monasterio de San Salvador de Cornellana del año 1024. Aunque la idea trevinesca, tenida por original, ya ocupaba algunos muelles de Holanda en la década de los años 70 del pasado siglo. Libros hay que muestran gráficamente mi última afirmación, para ello basta consultar el ISBN correspondiente. El apoyo al proyecto <<Oviedo doce siglos>>, donde se encierra la historia de Asturias y España, recibe el abrazo del oso de Favila, puestos a evocar nuestras remembranzas. Así, es posible que este nuevo arquitecto Tioda haya de esperar el resultado de la lucha de la corte astur entre Nepociano y Ramiro I. El triunfo, de quien se dice arrancaba los ojos a sus enemigos, permitió levantar las piedras prerrománicas del Naranco. La guisa actual, que no alcanzará tal dimensión, sustraería la lectura dispuesta bajo la cruz de la fuente de Foncalada: <<Este signo protege al piadoso. Este signo vence al enemigo>>. |