Bullen las consultas, un trajín de gente y sanitarios entregados a la salud. Las rúbricas de los galenos emplastan un recetario de dolencias sobre los colores verde y rojo de los formularios oficiales que abren las puertas de las boticas. Los contables financieros arrugan el gesto, los números saltan, y la cifra de ceros desborda por la derecha los límites del papel
Los controladores oficiales atisban estadísticas inextricables que semejan el interés procaz de un contubernio aniquilador de las conquistas sociales. ¡Un avance irrenunciable, que la ausencia de previsión agotará a corto plazo! Cuando las batas blancas ocupan los centros de salud con su color inmaculado, el gris de la impotencia asume la inevitable exigencia de una demanda ilimitada. Los impacientes acechan la flojera de la authoritas más allá del derecho sanitario a la reparación de la salud, tras la insistencia, el insulto o la amenaza. Todos piden ante un bien que dicen merecer. Una jornada más, los murmullos y las protestas reproducen otro día de consulta insatisfecha y el resquemor interno de un problema a resolver. ¡La próxima me veréis en urgencias! Los hospitales adoptan la función de una kasba, o un mercado persa, agotándose en funciones inútiles distanciadas de su verdadera tarea Las listas desesperan a quien han de pasar varias hojas del calendario para anotar una cita ¡Ya se sabe que la organización es flexible si alguien de dentro reposa su interés en la súplica de un favor a devolver! ¿Una resonancia? Humm, ocho meses. ¿Una consulta por un bulto sospechoso en un pecho? Humm, tres meses. Las mandíbulas se contraen de impotencia y las manos rebuscan en los bolsillos un dinero a trasvasar en una consulta privada

¿Una consulta por un bulto sospechoso en un pecho? Humm, tres meses. Las mandíbulas se contraen de impotencia y las manos rebuscan en los bolsillos un dinero a trasvasar en una consulta privada
El contable desgasta las teclas de la calculadora tratando de ajustar un presupuesto imposible, una gestión en rebeldía, cuadrar un círculo de utopía exigida por el responsable político. La gestión no existe, los hospitales perciben los sonidos de las ambulancias que acceden a los centros vecinos, ante una ubicación sin criterio que buscó en su día el voto mortecino que amortiza la hacienda pública. El dislate persiste a lomos de una flecha imaginaria que atraviesa los cielos astures. ¡Más dinero, se requiere más dinero! Es el clamor exigente del administrador sanitario incapaz de afrontar la auténtica cuestión. ¿No habría antes que auditar? ¿No sería sensato afrontar los problemas antes de clamar una solución para la salud de los asturianos? ¿Qué es eso de los planes de viabilidad o cuanto menos de supervivencia? La parálisis de las decisiones consume cada día nuestra riqueza moral, los principios, nuestros gestores ya han probado su brillantez en las listas de los partidos políticos. La carcoma de la astenia obvia el estado, el ajuste financiero imposible de acometer por quienes acuñan en sus entrañas el interés partidario. ¡Esto se acaba, pero no importa el céntimo sanitario ha de trasformarse en euro! |