El barrio de Sabugo duerme su historia y añoranzas tras la iglesia primigenia de Santo Tomás de Canterbury. En su portada sur halló cobijo el gremio de mareantes a la búsqueda de la justicia social de un barrio marginado y a extramuros de Avilés. Los rezos medievales circulaban entre las calles de Adelante, de Atrás y la conciliadora calle de en Medio. Allí aún se espera algo más que su designación como Bien de Interés Cultural. Un BIC que nada rotula. Los marineros sembraban su heroísmo en el mar del Norte, a la caza de ballenas, en busca de una vida mejor y agrupados en torno a una cofradía. Una tarea de reminiscencias bíblicas.
La cofradía de la Virgen de las Mareas entierra sus raíces en el siglo XI, mil años de historia que se sonrojan ante el devenir escatológico de los días presentes. Sus hijos, los nuevos marineros, armadores, en fin, La Cofradía, se corrompe en un sinsentido vengativo. Sus miembros, enfrentados en la sinrazón y la enajenación, parecen decididos a agotar su existencia en un frenopático. Hacia allá les conducen sus actos. Las disputas encienden sus corazones chamuscando un cerebro cada día más escaso. Nadie sabe el origen cierto de la trifulca: el afán de poder, el dinero contante, un patrimonio subyacente o el barrio de pescadores. Intereses extraños atizan cada día el enfrentamiento a la espera de la victoria final. No genera buen olor la carne quemada. La división se hace fuerte en la expulsión de un grupo, veinticinco armadores, que constituye Lonja Avilés con el interés de intervenir en la venta y gestión de la actividad. Un número de personas, aparentemente escaso, pero que atesora en su cuenta de resultados un peso extraordinario en esta actividad mercantil. Dudas hay, y acusaciones se cruzan, sobre el sustento normativo de los órganos administrativos que adoptaron tal decisión. No es objeto de estas líneas dictar sentencias que competen a los tribunales. Pero queda dicho. En tanto la sangre de los peces podridos se extiende por la ría hasta el muelle de san Juan, los poderes bostezan tras la indolencia. La autoridad portuaria en su día, en manos del conspicuo sr Ponga, agotó sus fuerzas y dudosas entendederas en hallar luz al inconveniente. Sus convocatorias, un concurso fosforescente, no resolvieron el problema de un asunto oscuro redoblando las posiciones y el enfrentamiento.
Dicen, quienes conocen a los antagonistas, que la verdad no pertenece a ninguno, que la razón ha de mantener su fiel en un equilibrio complejo que atenúe la presión sanguínea de los contendientes. Poco ayuda la intromisión interesada de la clase política dispuesta a rebanar un voto al contrincante al precio de retorcer la verdad y engordar las insinuaciones. Cierto es que la Administración Regional, la Consejera del ramo, o quizás del ramillete, no acierte a vislumbrar los resortes necesarios para cerrar un absurdo que jamás debió de gestarse. Sus pronunciamientos a cerca de la legitimidad de ciertas decisiones funcionariales parecen ofrecer las dudas necesarias sobre las posibilidades reales de una paz integradora. ¡Mala  cuestión! Las sanciones insinuadas, la ilegalidad de la venta en otras rulas o el retiro de subvenciones, muestran la escasa flexibilidad del legislativo autonómico para resolver una circunstancia de gravedad extrema. El Ayuntamiento de Avilés, la señora alcaldesa, parece entretenida en el aprendizaje de la cosmografía, en el manejo del sextante, la búsqueda de una ruta alejada de algún pirata normando. Ensimismada en la náutica se ha alejado del puerto y la defensa de la ciudad. El impacto sociolaboral afecta apenas a tres mil trabajadores que sostienen sus familias del producto de la mar. Los dineros perdidos superan varias decenas de millones de euros. Tal vez, en una paradoja crepuscular, regrese la ballena bíblica que expulse de su vientre la solución, purgados los pecados por rechazar un viaje a nuestra Nínive, la romana Abiles. Alguien habrá de impartir cordura y solución a la barbarie. Parece que los nuevos aires, que se agitan en el puerto, traen consigo la frescura necesaria para refrescar las seseras calenturientas y alcanzar el armisticio necesario. Quizás, como Jonás, habremos de hallar respuesta a su última pregunta. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales? (Jonás 4:11)
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