Comenzaré con una súplica sentida al presidente VAAA (Vicente Alberto Álvarez Areces): mantenga en su cargo al consejero Quirós. La tristeza regional se alivia con el divertimento periódico que acontece con las iniciativas singulares de tal responsable.
Los antecedentes de estas líneas se entroncan con mi amigo el funcionario, ya mentado en este medio, quien me ha puesto al día de rumores y chascarrillos alimentados por un cónclave de agentes que pretenden despojarse de sus vergüenzas. Nuestra conversación se inició con un ¡ya te advertí que daría mucho juego! El escenario, con sus limitaciones evidentes, puede pergeñarse como sigue. Si un problema desborda en general Elorza, ha de buscarse una solución imaginativa a la altura de la singularidad del departamento. Aconteció con el gasto sanitario, y se pretende con el incontrolable mundo de las urgencias. No pondré en cuestión la conveniencia de la apertura de los centros de salud en jornada de tarde, ni dudaré de un sistema de guardias en la atención primaria. No es éste el objeto de los desvaríos administrativos, sino la percepción social de improvisación, a golpe de ocurrencia, que parece dibujarse en ausencia de una planificación objetiva. La deriva declarativa empuja, necesariamente, a cualquier observador sensato, a extraer tal conclusión. ¡Es imposible que las formas y la actitud empleadas garanticen acuerdo alguno! Da la sensación, que una epidemia infecta a quienes han de hallar salida a una situación tan grave y no topan con la vacuna necesaria. El sr Juan Luis Rodríguez-Vigil, sensato tras su prolongada dedicación política, extrae, en su libro, conclusiones preocupantes acerca de la ausencia de una gestión profesional del sistema sanitario. No es de extrañar cuando las propuestas gerenciales hallaron siempre acomodo en el dedo interesado de la política.
La flojera mental, y el despropósito, aconsejan que algunos ocupen transitoriamente el sofá de Sigmund Freud. Desde la Samfyc (la sociedad asturiana de medicina familiar y comunitaria), o en su nombre, se lanzan sapos y culebras contra la administración en un quiebro a las esquinas de la memoria. Parece que, instalado en el sillón de la Samfyc, los pecados de juventud de algún pretérito gestor pudieran lavarse como un mendicante en las calles de cualquier ciudad a la salvación de almas impías. Las vivencias, en la administración del área sanitaria de Oviedo, proporcionaron el conocimiento y las complejidades de la atención primaria y de las urgencias del Hospital Universitario Central de Asturias. Aquí, se incluye el veto a la designación de ciertos coordinadores de algún centro de salud, sencillamente por hallarse alejado el candidato de la órbita del partido. El rechazo agrio, y descompuesto, flotó en su día en las reuniones destinadas a atender tales propuestas. Ahora, parece que alguno, como Saulo de Tarso, ha caído del caballo en su camino de Damasco. ¡Bien está, arrepentidos los quiere Dios!
No se entiende el ataque de dignidad que se vislumbra en la coordinación de los centros de salud. La designación siempre respondió a la cercanía política o la instrumentación dócil del candidato ascendido a la gloria de la intermediación entre sus iguales y las gerencias correspondientes. Su capacidad de maniobra, de los mentados coordinadores, siempre escasa, se olvidó en favor de la ausencia de problemas, hacia arriba y hacia abajo. ¿A qué vienen las quejas? ¿Habrá que enfrentarse con los compañeros o con los responsables sanitarios? Múltiples preguntas podrían formularse aunque la inteligencia del lector no precisa ser espoleada.
Aquí, en medio de la componenda, el perfil del jefe no ayuda a tamponar, incomprensiblemente, los problemas generados al introducir el palo de la insensatez en un avispero profesional que percibe el desprecio permanente de los administradores. Se dice, que la visión superior del consejero rechaza debatir sobre el dogma de su verdad absoluta. Sólo cabe la aquiescencia que nutre cualquier secta, a pesar de la proximidad sofocante con IU. Cercanía compartida con algún otro alto cargo del departamento, refrendado por las listas electorales municipales recogidas en su día en el boletín oficial de la provincia. Un dislate que se impregna de la ausencia de formas, prepotencia injustificada y el insulto embadurnado de retórica. El sentido de la realidad se evaporó hace tiempo al clasificar a los profesionales como buenos (adictos al régimen o en terminología adecuada, los comprometidos con el sistema) y los malos, que sólo buscan la destrucción, la privatización que alimente a los cuervos negros.
¿Cómo es posible trabajar con estos parámetros? ¿Acaso las dificultades se resuelven arrojando la culpa sobre los demás? Dos grandes principios deben de regir cualquier organización eficaz y competente. De un lado, el reconocimiento profesional y la existencia de medios, del otro, la dedicación laboral; ambos han de formularse en un marco definido. Los médicos, la obsesión torcida de algunos administradores, no han de alinearse más que con sus pacientes, y es lo que cabe exigirles. La cuestión es la incapacidad de proponer las reglas que permitan acometer las modificaciones necesarias para optimizar los servicios sanitarios. Es posible, que el consejero Quirós tenga razón en lo que dice, aunque su actitud se divorcia de lo que se espera de él. Llevar las cosas al extremo actual, hace décadas que se hallan plasmadas en los libros de psicología, evidencia la existencia de prejuicios que sólo llevan a la intolerancia. Así, se refuerza la urgencia personal de una alta valoración que ha de nutrir la necesidad imperiosa de superioridad, hasta convertirse en un demiurgo. Un dios creador del mundo en el sentido filosófico de Platón.
Habría de saber, quien así piensa, que tal actitud se adopta a expensas de obsesionarse con el éxito personal. El precio de tal disposición es la pérdida, en el horizonte, de los objetivos, fundiéndose en la contradicción y el pensamiento mágico. Por ello, el sofá, que Freud llevó a Inglaterra en su huida de la nazi Viena, bien podría hallar rendimiento en Asturias, además de adornar estas letras. Quizá, acomodado en él, las piernas extendidas y los párpados caídos, alguien sensato podría susurrar en sus oídos la expresión hipocrática: Primun non nocere, lo primero es no dañar. |