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Verdades oficiales y verdades paralelas Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Español Bouché   
domingo, 03 de febrero de 2008

ImageAntonio Machado compuso unos versos singulares que incluyó entre sus Proverbios y Cantares: ¿Tu verdad? No. ¡La verdad! Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela. Buscar la verdad… ¡eso sí que es un programa, para una vida! El mismo programa, por cierto, para científicos, historiadores, periodistas, policías, juristas y teólogos.

Algunos machadistas impenitentes llevan años empeñados en dilucidar el 11-M y averiguar la verdad. Han sacrificado a ese empeño su trayectoria profesional, sus ambiciones, sus ilusiones, su matrimonio, la custodia de sus hijos. Todo. Su lema sería el clásico latino hágase justicia aunque perezca el mundo, y, de entrada, lo que está muriendo es su propio mundo intramuros, su pequeño y frágil universo personal. Yo no comparto su entusiasmo, carezco de la fe de los mártires y no me apetece inmolarme a una causa perdida de antemano; además, dudo que los particulares podamos obtener resultados allí donde han fracasado los poderosos recursos del Estado. Por recursos, no me refiero sólo a la logística, al personal, a los laboratorios científicos, a la colaboración de otros Estados o a la experiencia de grandes equipos de investigación; me refiero sobre todo a la capacidad de negociación que la ley y la fuerza de las cosas otorgan a jueces, policías y funcionarios de prisiones. No todos los delitos llegan a los tribunales; no todas las sentencias son severas, y hay celdas más cómodas que otras: es el margen de negociación que tienen esas tres categorías de servidores del orden para conseguir la espontánea colaboración del reo, del confidente: Mi chivato está triste, ¿qué tendrá mi chivato? Mi chivato no canta por su boca de fresa, ha perdido la risa, se le muda el color. Mi chivato está triste pensando en el trullo; le pesa la carga de la información, de sus confidencias ya nace el murmullo, y alivia su alma con la confesión.

 

Donde no lleguen los magistrados revestidos con toda su autoridad, ¿cómo vamos a llegar los ciudadanos de a  pie? Además, cuando un asunto se politiza resulta imposible abordarlo con objetividad.

 

Con los años he aprendido a doblegarme ante las verdades oficiales, cuyo objeto no consiste en determinar la realidad de unos hechos sino en tranquilizar al rebaño. Esas verdades vienen a decirnos, “dormid tranquilas ovejitas, que ya sabemos quién es el lobo”, y son las herederas directas de aquel fatalismo tan práctico de nuestros tatarabuelos que vivían en felicísima ignorancia. ¿Que moría súbitamente un monarca, después de tomarse una tilita? Los cortesanos se persignaban: “Es la voluntad de Dios”. Sólo algún díscolo émulo de Hamlet pronunciaba en voz baja la palabra “veneno”, muy a escondidas… Eran tiempos sin televisión ni CSI, nadie sabía qué eran las epiteliales ni los perfiles psicológicos, ni el ADN. Si no quedaba más remedio, buscaban algún culpable y, tras un hábil interrogatorio, el sospechoso confesaba lo que hubiera que confesar, lo ajusticiaban y punto. Que fuera culpable o inocente, eso era lo de menos. Y es que a lo largo de los siglos viene subsistiendo una estructura fosilizada del Poder absolutamente incapaz de dejar el menor resquicio a la verdad, ni la menor oportunidad a la transparencia. La mejor forma de ocultar la verdad consiste en fabricar otra distinta para consumo propio y ajeno, lo que llamamos verdad oficial, algo así como la Madre de Todos los Cuentos.

 

Junto a la verdad oficial surgen las verdades paralelas —no me atrevo a decir oficiosas— que se nutren de las incongruencias de la primera y responden a otros intereses. La verdad paralela tiene su público, sus fans y, admitámoslo, puede incluso resultar acertada. El secretismo oficial que permite encubrir la falta de aptitud o de voluntad para hallar la verdad —no digamos ya para contarla— alienta la floración exuberante de verdades paralelas. Recordemos cómo a lo largo de décadas, las autoridades dificultaron el acceso a los expedientes de avistamientos de ovnis. El resultado fue que miles de aficionados al sensacionalismo se entretuvieron forjando verdades paralelas y para lelos, teorías maravillosas acerca de la amplia variedad de extraterrestres que por lo visto se deleitan observándonos.

 

Lo peor de todo, es que sabiendo como sabemos que lo oficial y lo veraz son rectas paralelas que ni en el infinito llegan a encontrarse, tenemos tendencia a desconfiar de las versiones oficiales, incluso cuando son ciertas: Pedrito nos ha mentido tantas veces que cuando viene por fin el lobo ya no le creemos. Y eso es gravísimo, porque nuestra moderna sociedad se basa en la confianza y en la especialización. La policía y los jueces son del todo insustituibles como referente, tenemos que creer en ellos, presumir que hacen bien su trabajo, porque, ¿cuál es, si no, la alternativa? ¿Dónde vamos a acudir buscando la verdad y la justicia? No será, desde luego, en el pandemonio bloguero, en las fuentes anónimas de Internet donde todo loco y toda mentira tienen su asiento; no será en pasillos obscuros, ni entre cuchicheos de supuestos enterados…

 

Además, negar una verdad oficial tiene implicaciones de tipo personal; el Estado no es ningún espejismo de una caverna platónica; policías, peritos, jueces y fiscales tienen nombres y apellidos, así que sostener la falsedad de una versión oficial implica poner en duda la palabra, y por lo tanto el derecho al honor de quienes sostienen esa verdad. A nadie se le escapan las consecuencias, así que aunque tengas tus dudas, tienes dos alternativas: o te callas bien callado, o asumes el resultado de tus actos. Los únicos que pueden poner en duda la verdad oficial sin arrostrar consecuencias desagradables son los abogados en el ejercicio de su labor ante el tribunal, en virtud de un milenario privilegio. Los demás no podemos.

 

Las verdades paralelas y las verdades oficiales podrían ser divertidas, como juego de la mente, cuando abordan temas esotéricos como la Atlántida, los secretos de las pirámides o el Código da Vinci. Tratándose del 11-M, y habiendo tantos muertos de por medio, no tienen maldita la gracia. Más allá de cualquier investigación más o menos teórica, quedan las víctimas, unos cadáveres, unas vidas rotas, unas trayectorias truncadas.

 

Cuando ya no cumples los cuarenta, acoges con escepticismo toda clase de verdades, oficiales, oficiosas, simétricas y paralelas sobre prácticamente cualquier tema. Confieso que tenía las mejores disposiciones hacia la tan esperada versión oficial sobre el 11-M; sí, estaba dispuesto a comulgar con ruedas de molino y a tragarme carpas de circo, porque en mi corazón quiero cerrar esa herida que lleva casi cuatro años supurando, y mientras no me convenza una explicación, nadie la va a cicatrizar. Pero hay algo que me alarma y que me corta las tragaderas de avestruz, algo que me impide aceptar con alborozo una verdad que aplaque mis temores y narcotice mis dudas, y es que otros, más valientes, que se atreven a localizar puntos dudosos en esa verdad oficial, están siendo amenazados. Y me digo: si quienes pretenden tomarse tantas molestias en buscar alternativas a la verdad oficial reciben tal cúmulo de insultos y querellas, quizá es que no anden tan descaminados, ¿no? Si sus teorías fueran ridículas o sencillamente fallidas, ¿a qué vienen los mordiscos de los doberman mediáticos? Al final, el viejo Quevedo acertó con su perenne desafío a la cobardía de los siglos: ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?


Luis Español Bouché
Acerca del Autor:
Luis Español Bouché, (Madrid, 1964) es escritor y traductor. La mayor parte de su obra versa sobre temas históricos pero también es autor de ensayos sobre cuestiones de actualidad.
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