No han faltado en nuestra Historia crímenes que han pretendido —y en ocasiones conseguido— desviar el curso de la Historia. Asesinaron a Prim, a Cánovas, a Dato y a Canalejas. Escaparon vivos de sendas intentonas Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII, Antonio Maura y José María Aznar y, que sepamos, hubo al menos tres atentados programados y frustrados sobre la persona de don Juan Carlos. Tampoco nos han faltado golpes de Estado exitosos o fallidos. Si algunos sucesos de nuestra historia reciente han quedado razonablemente aclarados, otros descansan bajo la plúmbea losa de la verdad oficial, a pesar del tiempo transcurrido, entre otras cosas porque ni la opinión pública tiene más voz que su voto, ni la opinión publicada exige saber la verdad —con alguna honrosa excepción— ni a nadie parece interesarle.
Entre las excepciones, contamos con Ian Gibson, que ha dedicado décadas de su vida a dilucidar qué pasó en Paracuellos, quién mató a García Lorca, quién a Calvo Sotelo o quién al teniente Castillo. Gibson es un modelo de tesón y de honestidad. Pero ¿con cuántos Gibson podemos contar? Averiguar la verdad es difícil: ¿cuántos años ha tardado don Ian en poder proporcionar su última versión del asesinato del poeta? La verdad es esquiva, los testigos mienten o se confunden, y en los archivos no vas a encontrar ninguna confesión. Aún peor, muchas personas escriben de Historia con dolosa desgana, limitándose a refreír trabajos ajenos y utilizando fuentes que el tiempo se ha encargado de desacreditar. Son muchos los ejemplos de flecos de nuestra Historia, y el asesinato de Prim es particularmente enojoso: Pedrol Ríus y Juan Pando han dado nuevas perspectivas a ese asunto, pero seguimos sin saber quién comanditó aquel crimen. Ya en el siglo XX, hay puntos muy obscuros en algunas muertes providenciales —la expresión es de Bravo Morata— que le vinieron bien a Franco. Quizá la muerte de Sanjurjo fue de verdad accidental; quizá la de Mola también —y ya son muchas casualidades, ¿eh?— pero ¿qué pensar del súbito fallecimiento, en 1957, del Capitán General de Cataluña, Juan Bautista Sánchez? El propio Franco fue objeto de distintas conjuras e intentonas, todas fracasadas, y dicen que no quiso que sus servicios investigaran el extraño estallido de su escopeta Purdey, pensando sin duda sabiamente que algunas investigaciones generan más problemas que soluciones. El 20 de diciembre de 1973 ETA asesinó al presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, alter ego del Caudillo. Cuenta Bardavío que existía entre los dos tal confianza y compenetración, que cuando Franco empezaba un párrafo, Carrero sabía cómo acabarlo. La versión oficiosa del asesinato se debe a la proetarra Eva (Genoveva) Forest, que publicó el libro Operación Ogro. La versión oficial sencillamente no existe. De ese asesinato algunos aspectos han permanecido en la sombra, y otros son tan sombríos, que la reacción habitual de los que saben algo del tema es dar la callada por respuesta: mejor no meneallo. Consideremos que el responsable último de la seguridad del almirante era el ministro de Gobernación, Carlos Arias Navarro, el carnicerito de Málaga, al que Franco recompensó por su eficacia nombrándole acto seguido Presidente del Gobierno, tras pronunciar aquella jeroglífica sentencia: “No hay mal que por bien no venga”. El incendio del hotel Corona de Aragón, el 12 de julio de 1979, tuvo un trágico balance: 78 muertos y cientos de heridos. Nada menos que veinte años tardaron los afectados y sus familiares en que reconocieran sus derechos, en virtud de un informe del Consejo de Estado y una resolución de la Administración. Han cobrado indemnizaciones como víctimas del terrorismo, pero el culpable permanece en el limbo: nada se sabe. Lo que sí sabemos es que a lo largo de cuatro lustros el Estado negó que aquel incendio fuera un atentado, para, al final, admitirlo. Edificante... Otro asunto siniestro de nuestra historia reciente fue el 23-F. Muchos aspectos han sido esclarecidos. Otros no. En el 23-F la actuación de nuestro CSID fue tan sospechosa que algún autor lo define como “El Golpe del CSID”. Sin llegar a tanto hay que confesar que no se lucieron los servicios que se suponía que tenían que proteger el Estado y que algún elefante blanco se libró de dar con sus huesos en la cárcel. El 11 de marzo de 2004 fueron asesinadas 192 personas —incluyo a quienes murieron más tarde a consecuencia de las heridas— y malheridas dos mil; si a la propia sentencia nos remitimos, todos los condenados eran confidentes de las fuerzas policiales o estaban siendo vigilados por la policía

si a la propia sentencia nos remitimos, todos los condenados eran confidentes de las fuerzas policiales o estaban siendo vigilados por la policía
. No parece que sus confidencias resultaran de gran utilidad, ni que la vigilancia fuera un éxito, y si debemos aceptar la sentencia como expresión de la verdad judicial, habrá que deducir que la matanza de Atocha la urdieron unos delincuentes fichados y de baja estofa que decidieron juntarse y tras tomarse un cuscús y fumarse una pipa se empeñaron en organizar el mayor atentado de Europa. Si serían listos, esos miserables, que aprendieron a manipular tarjetas telefónicas, detonadores y explosivos… ¡Cuánto talento! Qué pena que esa inteligencia sólo sirviera para destrozar vidas.Tenemos por tanto los españoles una larga experiencia en lo que refiere a la ocultación de la verdad, y que no sepamos todavía a estas alturas quién encargó, organizó y coordinó la matanza del 11-M, no es más que un nuevo eslabón en la vieja cadena de nuestra mentira nacional. |