Nunca mis ideas adoptaron forma definitiva en torno a una autoría, antes el camino de la verdad habría de ser trillado en la era de doscientos veintiséis tomos de expediente o algo así. Los folios, sellados por un juez, estructuraban la esperanza de un pueblo aturdido. La luz y el conocimiento habrían de taladrar el mundo opaco de los intereses entrecruzados en la niebla espesa del 11-M
Disipar sus brumas aún llevará tiempo a pesar de los días transcurridos y la interpretación cartesiana de un triunvirato judicial. Las conciencias libres reposan su interés único en la realidad atronadora de un suceso que no entiende de víctimas y victimarios. Los efectos de una decisión horrenda se pegarán a la piel de todos cuántos tropiezan, a cada paso, con la tierra reseca en nuestra patria.
Las pesquisas, policial y judicial, han discurrido ajenas al método científico, la generación de hipótesis y la validación de los hechos. Tal estrategia investigadora se halla incapacitada para la obtención de los resultados que ponderen los acontecimientos y engruesen el cuerpo del conocimiento: la verificación de la hipótesis o su rechazo ante el magma del conocimiento. La conjetura de los dirigentes ha buscado su soporte en los hechos, el trayecto inverso de un proceso estructurado. La visualización, en el criterio de algunos, de hasta ciento treinta mil folios armados en la construcción del

sumario asusta ante la complejidad del caso. Los recursos asignados, escasos en sus formas y determinación, han hecho imposible fragmentar los hilos apelmazados del contubernio. En su concepción cerca de dos centenares de víctimas desempeñaron un rol involuntario. La cordura perdió su referente en la decisión de achatarrar un tren. El magistrado instructor vio limitada su pericia cuando la asesoría restringió la buena praxis acometiendo la analítica de los explosivos en un laboratorio menor, a espaldas de la propia ENAC, la entidad nacional de acreditación. Tal vez los principios de imparcialidad, independencia y transparencia de la citada ENAC conforman la imagen invertida que interesó a ciertos decisores. Por ello las probetas, la espectrometría y complejas técnicas de los Tedax ocuparon el lugar que una decisión sensata habría de reservar a la policía científica o a la guardia civil.
La cadena de custodia y tutoría del proceso alimentó la diatriba que se esparció entre las victimas, los partidos políticos y hasta las asociaciones de inmigrantes. No han faltado profesores que, imbuidos en su toga academicista, han contribuido a extender sus doctos ropajes sobre la ventaja partidaria. Así, en el continente de sus palabras reposadas, rebosa la ideología que sirve a un interés acotado. La firmeza de sus oraciones se extendía más allá del servicio desinteresado al bien general. Pese a ello, al deseo incontenible de sellar los errores y las preguntas fluctuantes, los espíritus animosos se nutren de la luz eterna de los sucesos reales. ¡Cómo puede afirmarse la procedencia explosiva si despejar la duda de su composición! ¡Parece que ha perdido sentido la relación causal en la exploración probatoria a favor del principio de acausalidad, los paralelos simbólicos, sencillamente las coincidencias! ¡A un paso de la explicación esotérica! No es posible juzgar la ausencia de materia, la sentencia se hace imposible.
Parece que <<El Mago>> ha destilado sus brebajes en la ignorancia y el desinterés general de una ciudadanía embriagada y dispuesta a cerrar un capítulo de horrores. Sus encantamientos no cautivarán la voluntad decidida de quienes, queriendo saber, aspiran a reparar el honor de los poderes del Estado y la quebrada dignidad exterior de España. Se ha de cercenar la idea de que es posible repetir la tragedia cuando nuevas circunstancias precisen que <<El Mago>> despliegue su autoría intelectual. Sólo nos queda gritar con los ojos fijos en la tarea ¡Veritas Vincit!